Las enseñanzas del fútbol

Luis García Montero

Soy del Real Madrid porque mi padre era del Real Madrid. Bueno, del Real Madrid y del Granada Club de Fútbol. Los niños de provincias estamos acostumbrados a la doble militancia futbolera. Somos del equipo de nuestra ciudad, pero nos identificamos también con uno de los grandes equipos acostumbrados a ganar. Nos vinculamos al mismo tiempo con las alturas y con la tierra firme, la posibilidad de ganar títulos o el miedo al descenso. Los dos extremos producen un inevitable sentido de pertenencia, igual que el deseo y el miedo.

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Mi padre nació en Burgos, se hizo militar, se especializó en la alta montaña, aprendió el oficio en Jaca y después fue destinado a Granada para poner en marcha la compañía de escaladores y esquiadores de Sierra Nevada. En la nueva ciudad se enamoró, se casó, tuvo hijos, yo el primogénito, y acabó por sentirse unido al futuro de su descendencia y a un equipo de fútbol que luchaba por mantenerse en Primera División. Mi padre me hizo socio del Granada, empezó a llevarme los domingos después de comer al viejo Estadio de Los Cármenes. También me aficioné a su otro equipo, el Real Madrid, y con mi padre he disfrutado muchas horas delante del televisor, con una Fanta de limón primero, y después con una cerveza, y más tarde con un whisky. La celebración de las ligas y las copas de Europa creció de la sidra al champán en una alegría llena de burbujas.

Me gusta el fútbol. Reconozco que le agradezco una manera de vivir el sentido de pertenencia. Por ejemplo, me ha enseñado algunas dinámicas éticas para habitar mis realidades (que suelen ser conflictivas). Empiezo por explicar que mi padre era un hombre conservador y que sus ideas tuvieron mucho que ver a lo largo de los años con su oficio, teniente, capitán, comandante, teniente coronel, coronel y general de infantería, en un ejército de origen franquista. No fue para él una alegría que su hijo se identificara con los curas obreros en el bachillerato y empezara a militar como estudiante universitario en el Partido Comunista y en el compromiso de que su patria encontrara, frente a los equipos de la vieja historia, el contraataque de una democracia con marcadas dimensiones sociales. Nos conocíamos, nos reconocíamos y nos sentábamos juntos para celebrar un gol o compartir una derrota. El fútbol me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas. Me gusta el trato familiar con las personas que quiero y con los libros que me han hecho como soy. Me parezco a mi padre y a los libros que he leído.

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A esta confesión debo añadir la idea de la doble militancia. El verbo ser invita frecuentemente a una pertenencia rotunda, sin matices, sin posibilidad de entendimiento o diálogo. Pero ser de dos equipos a la vez ayuda a comprender y negociar con los matices, salvándonos del fanatismo, los dogmas y la verdad totalitaria. Los partidos entre el Madrid y el Granada se han sometido en mi estado de ánimo a muchos contextos diferentes. La necesidad de los puntos para ganar el título o para no descender definía los latidos del corazón y las razones del entendimiento a la hora de esperar un resultado convincente. Primero, que el Granada no descienda; después, que el Madrid gane la Liga, y luego el resto de los mortales con sus equipos, sus defensas y sus delanteras. Saber que la vida requiere acuerdos con uno mismo ayuda mucho a entender las relaciones con los demás y la valoración de las diversas realidades históricas.

Suele hablarse del fútbol, y a veces son buenos los argumentos, como un generador de pasiones incontenibles. Y es verdad. Pero mi experiencia me ha llevado a ser futbolero y pacificador, una camiseta risueña y unas botas irónicas, pero con sentimientos. Suele hablarse también de que el fútbol es un enemigo de la cultura. Y puede ser. Pero yo he tenido la suerte de ir al campo con uno de mis maestros en la Universidad, el profesor Juan Carlos Rodríguez, y con muchos compañeros en la poesía, en especial con Antonio Jiménez Millán y Benjamín Prado, aliados de mi doble militancia. He hablado de fútbol y literatura con Manolo Vázquez Montalbán y Juan Villoro. Y me he reído mucho, cuando nos llamaban fachas por ser del Madrid, con Marcos Ana, el poeta comunista que pasó más años en las cárceles de Franco. Muchas veces expliqué en clase la Oda a Platko de Rafael Alberti, poema que celebró una victoria del Barça en 1928, y la Contraoda con la que respondió Gabriel Celaya en nombre de la Real Sociedad.

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Antonio Jiménez Millán fue desde joven profesor de Filología Románica en la Universidad de Málaga. El sabor de los boquerones malagueños, tan grato en los chiringuitos de Pedregalejo, no le hizo renunciar a su afición por el Granada Club de Fútbol. Durante muchos años tomaba el coche los domingos para animar, con mi padre y conmigo, a nuestro equipo en Los Cármenes. Ha sido el aficionado más sensato y comedido que pueda uno imaginarse en medio de las tensiones provocadas por un terreno de juego a rayas, cargado de sorpresas, jugadores y árbitros imprevisibles. Tenía que suceder algo muy grave para que llegase a murmurar un insulto. Y nuestra complicidad era una muestra más del respeto a las diversidades, porque su doble militancia lo hizo del Barcelona de manera rotunda, igual que nuestro amigo pintor Juan Vida. Como yo era madridista de manera rotunda, me hice también socio del Real Madrid cuando en 1994 empecé a compartir la vida con una atlética rotunda, Almudena Grandes. El fútbol es lo más importante de las cosas que no tienen importancia, y por eso es posible la complicidad, la amistad y el amor, entre seguidores de distintos equipos. Al fin y al cabo, se trata de una lección ética a la hora de discutir y acordar las cosas que sí tienen importancia. También es verdad que ayuda el hecho de que tu equipo sea el que tenga mejores resultados.

Ahora utiliza mi carné del Granada un sobrino. Los domingos por la tarde, con Benjamín Prado, voy al Santiago Bernabéu, cuando la vida me lo permite, y comparto comentarios con él, casi tan comedido y discreto como Antonio Jiménez Millán. Cada cual tenemos nuestro carácter. Pero los dos somos muy prudentes con los delirios antimadridistas de Chus Visor, que es muy objetivo al hablar de poesía, aunque muy surrealista al opinar sobre un penalti, un fuera de juego o una actuación arbitral. Atlético puro, se defiende de sus manías recordando que Juan García Hortelano era peor que él.

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Están apareciendo en este artículo muchos nombres relacionados con la literatura. Y es que el fútbol, con su doble militancia, me ha permitido a veces meditar sobre algunas dimensiones éticas de la literatura. Pudiera parecer lógico que mi defensa de una poesía cercana a los hechos se adapte bien a mis costumbres futboleras y que por eso no me afecten los desprecios elitistas a un deporte de masas. La verdad es que he aprendido a desconfiar tanto del culturalismo elitista como del populismo barato de los que escriben sin rigor, como suelen pitar los árbitros comprados o como disparan a puerta los malos fichajes. Ni me identifico con los que desprecian al fútbol, ni desprecio a los que viven sin interesarse por un deporte que me ha dado a mí muy buenos momentos y me ha hecho naufragar en muchas ocasiones. Soy un madridista de la experiencia.

Hay quien piensa que ser de izquierdas es incompatible con ser del Madrid, un equipo poderoso, millonario e identificado con el pensamiento conservador. Más que recordar los orígenes republicanos del Madrid, por ejemplo, frente a un Atlético de Aviación, quiero sostener que mi afición y mi doble militancia no me empujan a desconocer las dinámicas que buscaban en el deporte un opio para el pueblo o las estrategias que ahora animan unas influencias populistas muy reaccionarias. El poder del fútbol facilita que los negocios oscuros y las manipulaciones afecten a sus seguidores, a los resultados, la calidad de cada equipo y la utilización demagógica del deporte rey. Todo lo malo de la sociedad en la que vivimos anida en el fútbol, como anida en cualquier espacio significativo. Ya lo sé.

Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo

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Y también sé que las dinámicas colectivas pueden seguirse con fanatismos individualistas o grupales, incluso con un individualismo grupal o un colectivismo individualista. Pero pueden sostenerse también en una conciencia ética de la realidad. Y yo debo confesar que no soy crédulo con la decencia de los dirigentes y responsables del mundo futbolístico, pero que me gusta el fútbol porque me ha permitido convivir en mis alegrías y mis tragedias con una ética del acuerdo, la doble militancia, la convivencia y el no dogmatismo. Como el Ángel de la Historia de Walter Benjamin, camino por los campos de juego vuelto de espaldas, miro al niño que fui, siento la mano de mi padre.

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Los balones envenenados son peligrosos. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed.

*Luis García Montero es director del Instituto Cervantes y su último libro es la novela ‘La mejor edad’ (Tusquets, 2026).

Soy del Real Madrid porque mi padre era del Real Madrid. Bueno, del Real Madrid y del Granada Club de Fútbol. Los niños de provincias estamos acostumbrados a la doble militancia futbolera. Somos del equipo de nuestra ciudad, pero nos identificamos también con uno de los grandes equipos acostumbrados a ganar. Nos vinculamos al mismo tiempo con las alturas y con la tierra firme, la posibilidad de ganar títulos o el miedo al descenso. Los dos extremos producen un inevitable sentido de pertenencia, igual que el deseo y el miedo.

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