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Galeano, cazador de historias

El escritor Eduardo Galeano, durante un viaje a Barcelona en 2012

Loreto Mármol

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De niño quiso ser santo, pero le fue mal porque tenía una clara inclinación al pecado. El hombre de los mil oficios intentó varios en un mundo que prohibía lo que no es rentable, y contra ese suicidio universal se decantó por el peligroso ejercicio de entregar la palabra a los condenados a la espera perpetua. El cazador de historias de oídos atentos —el cacique Oreja Abierta, como él se definía— miraba con la astucia de un adivino. Un sentipensante incapaz de ser objetivo, porque se negaba a convertirse en un objeto indiferente a las pasiones humanas, que rehuía de la literatura militante, de parroquia y panfletaria, que de tanto repetirse se queda vacía.

En 1971, en vísperas de la agonía de las dictaduras latinoamericanas, aquellas que lo elogiaron prohibiéndolo, Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015) puso frente al espejo el rostro enmascarado y mutilado de toda Sudamérica, un territorio sometido durante cinco siglos. Publicó Las venas abiertas de América Latina (editorial Siglo XXI), un retrato estremecedor que cumple cinco décadas y refleja la maldición de su propia riqueza (usurpada): “Los latinoamericanos somos pobres porque es rico el suelo que pisamos”.

Su libro más emblemático se convertiría en la biblia de la explotación. Le salió de un tirón en 90 noches cargadas de cafeína después de varios años documentándose. Tuvo con él una relación de amor-odio. Incluso llegó a admitir que “no sería capaz de leerlo de nuevo”, pues “caería desmayado”. Tal vez porque después emprendió un viaje hacia la sencillez con textos concisos y afilados. Desnuditos, como él decía. Con la pluma en una mano y el hacha en la otra, con la magia del cuentacuentos. Lo hizo, confesaba, para “divulgar ciertos hechos que la historia oficial, historia contada por los vencedores, esconde o miente”. Sobre todo “para conversar con la gente”, y con el tiempo comprobó que no había sido un libro mudo. Sus ecos aún resuenan.

Medio siglo después la editorial ha lanzado una edición especial al más puro estilo del autor que diagramaba sus libros trazando un triángulo de palabras, dibujos y silencios. Con amplios márgenes para anotar en los costados de la historia, donde solía estar lo que a él le interesaba, y con láminas e ilustraciones que evocan una Latinoamérica convertida en un suculento trozo de pastel o en un mapa atravesado por la espada con el signo de la cruz en su empuñadura.

Esa sangre derramada salpica unas páginas que indagan en el expolio sistemático. Decía Galeano que en este manual de divulgación hablaba de economía política con el estilo de una novela de piratas. Los filibusteros al abordaje de una región que “se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”. La yugular era Potosí (Bolivia), cuando el espejismo de la colina que manaba plata se hizo realidad en el siglo XVI. Aquel Cerro Rico era “el ejemplo más claro de la caída hacia el vacío”, decía el autor que siempre estuvo lejos de las proezas de los héroes de bronce y del lado de los hombres de barro.

En la primera viñeta de la nueva edición, América Latina es un abismo, ese que se abre entre el bienestar de pocos y la desgracia de muchos y engulle a “los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los ningunos, los ninguneados. Que no tienen nombre, sino número. Que no son seres humanos, sino recursos humanos”, como solía decir el autor.

Estos nadies son las multitudes condenadas a una vida de bestias de carga en la región que cuenta con inmensas legiones de brazos baratos que se multiplican sin descanso. Son también los que padecen la letra muerta de las leyes, rehenes de la prosperidad ajena. Sangre humana ofrecida a los altares de la productividad en un régimen de esclavitud asalariada, porque los traficantes de esclavos operan desde el Ministerio de Trabajo, ironizaba.

Codicia y delirio

El Dorado en su versión 2.0 continúa siendo una empresa de codicia y delirio, destrucción y extenuación: “La fiebre del oro del siglo XXI sigue el mismo camino que aquel primer frenesí de extracción y muerte, quinientos años atrás, en tiempos de Cortés y Pizarro”, describe el periodista Andy Robinson en su libro Oro, petróleo y aguacates (editado por el sello Arpa). En sus páginas, el autor hace un viaje a los lugares más emblemáticos y describe cómo los minerales, las energías y los alimentos terminan en el buche de los buitres actuales.

En ese encuentro con los saqueadores de una nueva época de venas abiertas que desangran el continente más desigual del mundo, montañas enteras se convierten en cráteres en Colombia, Centroamérica y Brasil, donde los mineros artesanales extraen el metal en un infierno de barro y violencia. Estos desesperados buscadores de fortuna, que “venden su mano de obra en estos tiempos de miseria salarial y sumisión obrera”, recalca, se debaten entre aceptar salarios de hambre o ser detenidos por trabajar ilegalmente.

También comprueba que la Constitución de los países se convierte en un bochornoso convenio de garantías a las inversiones. Así como Galeano explicaba que el Estado hondureño acabó siendo una jurisdicción de dos grandes compañías estadounidenses del plátano, el prototipo de lo que se llamaría una república bananera, Andy Robinson lo actualiza poniendo el foco sobre uno de los experimentos más radicales de cesión de soberanía nacional a las empresas extranjeras: pequeños oasis de legitimidad made in USA sin impuestos ni regulación en una carrera hacia el fondo de salarios bajos.

Y el frenesí de sobreproducción que relataba Galeano se sigue materializando en el eterno ciclo de los precios, sometidos a una dinámica de bonanzas y desplomes. “Dictados, como siempre, por un mercado internacional amañado en contra de los países productores”, advierte Robinson, como esa premonición del escritor uruguayo: “Reciben apenas la propina. La región sigue trabajando de sirvienta al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva de las materias primas con destino a los países ricos que ganan, consumiéndolas, mucho más que lo que América Latina gana produciéndolas”.

En esa alquimia con la que “convierten todo lo que tocan en oro para sí y en lata para los demás”, describía el autor de Memoria del fuego, también son activos financieros los productos básicos, “en una orgía de especulación diaria con los alimentos de primera necesidad de millones de pobres que lidian con el hambre”, determina Robinson. En Puno (Perú), la patata, principal sustento de los campesinos quechuas y aimaras del altiplano andino, representa “la transformación más aterradora de la cultura milenaria de las grandes civilizaciones precolombinas en el adictivo potato chip que contribuye a una epidemia de obesidad”, prosigue el periodista. Mientras, los indígenas de Michoacán se preparan para el desembarco del aguacate, el testículo de los dioses para los aztecas. Cinco siglos después el oro verde sí se devora.

Soja y aguacate

La moda del guacamole aniquila la diversidad en esta región mexicana con cada nueva plantación hecha a la medida de los supermercados de todo el mundo. Además del impacto ambiental —se están secando los acuíferos y contaminando los ríos y lagos—, las mafias del crimen organizado gestionan el negocio a base de extorsiones y secuestros. Pese a su auge imparable, en México este fruto ya tiene un precio prohibitivo. “Como de costumbre, la expansión expandió el hambre”, afirmaba Galeano. “Se puede morir de indigestión”, insistía, “tanto como de hambre”. Porque “allí donde más opulenta es la opulencia, más miserable resulta, tierra de contradicciones, la miseria: la región elegida por la naturaleza para producir todos los alimentos, los niega a todos”.

La historia se repite en otros territorios: “El pueblo del Perú produce harina de pescado, muy rica en proteínas, para las vacas de Estados Unidos y Europa, pero las proteínas brillan por su ausencia en la dieta de la mayoría de los peruanos”. Y continúa: “Cada vez vende más carne al extranjero el pueblo brasileño, que rara vez come carne”.

Ahora Brasil se ha convertido en el mayor productor de soja y carne. La soja del Cerrado brasileño, “un triste monocultivo donde antes bullía la mayor biodiversidad del planeta”, subraya Robinson, alimenta a los pollos y cerdos de las granjas intensivas europeas, mientras que los bueyes que pastan en la Amazonia son el sustento de las cadenas de establecimientos de comida rápida.

Tampoco cesó la sangría cuando una generación de izquierdas, para la que el libro de Galeano era guía y referente, tocó el poder a principios de este siglo. Practicaron una “esquizofrénica política de desarrollo” y terminaron siendo continuadores del saqueo al compensar un extractivismo con otros, incide Robinson. Al menos, reconoce, “la diferencia era que redistribuían los beneficios del crecimiento, logrando sacar a millones de personas de la pobreza”.

Hombres de paja

Estos gobiernos progresistas fueron cayendo sucesivamente en Ecuador, Brasil, Chile, Argentina y Bolivia. A veces con la ayuda de golpes de Estado —“el subsuelo también produce golpes de Estado”, sentenciaba Galeano— para imponer hombres de paja, títeres, que con una mano reciben dólares y con la otra entregan soberanía. La bota militar aún aplasta cada intento por erguirse sobre sus pies (de barro), como sucedió con el plan más ambicioso de Evo Morales para abandonar el modelo Potosí y sustituirlo por la industrialización del litio en el salar de Uyuni, el mayor depósito del oro blanco del futuro.

Bajo la tierra venezolana yace El Dorado negro, la reserva de crudo más grande del mundo. “Los intentos de golpe contra Nicolás Maduro tenían que ver con la batalla entre Washington, Moscú y Pekín por el control del petróleo”, explica Robinson en las páginas de su ensayo. Sin olvidar que la cuenca del río Orinoco alberga oro, diamantes, plata, cobre y torio, además de un millonario depósito de coltán (el cotizado oro azul).

Todos estos recursos adquieren un valor estratégico en tiempos de crecientes tensiones geopolíticas en la versión 2.0 de la Guerra Fría. Donald Trump empezó a hablar sin tapujos de una nueva doctrina Monroe para advertir a sus rivales (China y Rusia) de que América Latina seguía siendo su área natural de influencia, “su patio trasero en el sentido más brutal”, matiza Robinson.

“¿Qué son los golpes de Estado si no sucesivos episodios de una guerra de rapiña?”, se preguntaba Eduardo Galeano. En Brasil, remarca Robinson, la destitución de Dilma Rousseff podría estar relacionada con el objetivo de dar vía libre al destripamiento de los activos petroleros. Ahora el Gobierno de Jair Bolsonaro está abriendo grandes áreas de la selva amazónica para el negocio. El campeón de la motosierra pasó a ser Nerón cuando se produjo una subida del 200% de los incendios forestales registrados en los siete meses transcurridos desde que llegara a la presidencia. En su Ministerio de Agricultura los grupos de presión de la agroindustria tienen la primera y la última palabra, puntualiza Robinson. También dispara la deforestación la extracción del niobio, el mineral de los milagros, adoración y fetiche de la ultraderecha brasileña, que convierte en diana el territorio indígena de Roraima, la montaña más alta del país. Como una metáfora, en la mitología de los macuxis es el tronco cortado del árbol de la vida, del cual mana el agua esencial de la existencia.

El clientelismo y la corrupción son otros eslabones decisivos de una larga cadena de agresiones. Robinson habla de la nueva plutocracia, la clase cleptócrata. Se trata de aquellas burguesías de comisionistas, las clases dominantes —dominantes hacia dentro, pero dominadas desde fuera—, al servicio de las mercancías, según el autor uruguayo.

Quien presta manda. “El bombardeo del Fondo Monetario Internacional facilita el desembarco de los conquistadores y la invasión de los bancos”, sentenciaba el autor uruguayo, que describía el círculo vicioso de la estrangulación por el que las ganancias de la explotación se fugan para luego volver convertidas en préstamos. “Para cumplir con esos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero, que generan compromisos mayores”. Y así, sucesivamente, se va trasvasando la sangre, en un sistema organizado para el drenaje de ganancias al exterior, y se establece “el orden de la cotidiana humillación de las mayorías”, puesto que “son los estratos más altos de la pirámide social los que recogen los frutos, amargos para muchos, de los aumentos de la productividad”, concluía Galeano.

Robinson recoge en su libro ejemplos en Perú, donde los beneficios multimillonarios del cobre y otros minerales no han llegado a la mayor parte de la población. Igual que ha sucedido en Chile, donde también tienen la sensación de que el milagro había pasado de largo de todo el país. Indignados por los bajos salarios, la desigualdad, los regalos a las multinacionales, los monopolios y los servicios públicos en vías de privatización, los chilenos protagonizaron en 2019 una reivindicación que ha dado paso a una nueva redacción de su Constitución.

Sigue la estela de protestas Colombia, “un país estratégico en el que es difícil hacer algo sin el beneplácito de Estados Unidos”, opina Robinson, que sospecha que Joe Biden mantendrá la política intervencionista. “Será una prueba de fuego para él, ya que si se mostrara partidario de aplastar las manifestaciones podría encontrar la oposición del ala más progresista de su partido y desestabilizar su propio Gobierno”, añade.

Como un profeta con la mirada vuelta hacia atrás, Eduardo Galeano anunciaba lo que vendrá, siguiendo la huella de los pasos multitudinarios que presienten nuestros andares: “Con el paso del tiempo, se van perfeccionando los métodos de exportación de las crisis”. Robinson, por su parte, cree que el ciudadano europeo tiene la sensación de que le duele algo, pero no sabe qué le está haciendo daño porque no ha identificado con la misma perspicacia que los chilenos y los colombianos a los verdaderos culpables de la estafa de la democracia neoliberal.

Un puño sale de entre las grietas de la tierra en la última ilustración de la reedición conmemorativa de la obra de Galeano. Las líneas que la acompañan son una cuenta pendiente: “Los despojados, los humillados, los malditos tienen, en sus manos, la tarea de derribar a sus dueños. Se abren tiempos de rebelión y de cambio”. Porque la utopía sirve para caminar, defendía aquel Vagamundo, patriota de varias patrias.

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