Aficiones ocultas

Juan Carlos de Borbón durante el partido de balonmano de su nieto Pablo Urdangarin en Pontevedra en mayo de 2022.

"Es leviosa, ¡no leviosá!". Don Juan Carlos correteaba por el primer piso varita en ristre, agitando una capa. El servicio no daba crédito: el monarca, con unas gafas redondas y un rayito en la frente, les lanzaba conjuros impronunciables. ¡Expelliarmus! ¡Alohomora! ¡Simsalabim!

Los servicios de inteligencia han gastado cientos de millones y la vida de algunos de sus mejores agentes en ocultar esta extravagante afición real. A mediados de los setenta, Torcuato Fernández Miranda reunió en el Pardo a los padres de la Constitución: tenían que tratar las querencias de don Juan Carlos. La Institución de Opinión Pública había hecho sus investigaciones: el pueblo soportaría el latrocinio o el adulterio, pero no tragaría a un rey que se disfraza de elfo. Desde entonces, los escarceos reales con los enanos de la Tierra Media han sido secreto de Estado.

Don Juan Carlos posee una de las mejores colecciones de cosplays (que es como la gente que se disfraza llama a sus disfraces para darse importancia) del occidente cristiano. Compró, usando fondos reservados, todo el vestuario de las películas del Señor de los Anillos y consiguió que los mismos sastres que trabajaron en las adaptaciones cinematográficas de Harry Potter le hiciesen trajecitos a su medida. Para satisfacer este hobby, la Casa Real tuvo que forjar una trama de testaferros, abogados sin escrúpulo y hombres de paja que hiciesen las compras desviando la atención del usuario final. Desde finales de los ochenta, la mitad del ala privada de Zarzuela estuvo destinada a albergar la colección real de Warhammer y los escenarios en los que su majestad jugaba con sus amigotes (calvos con coleta, en su mayoría). Los españoles creen que las infidelidades distanciaron el matrimonio real, pero si doña Sofía se instaló en una planta separada de palacio fue porque no soportaba ver a su marido haciendo como que luchaba contra los orcos de Mordor. Luego, a finales de los noventa, la colección de funkos dio la puntilla a la relación.

En fin, que allí estaba él, lanzando encantamientos a diestro y siniestro y enfadándose porque el mayordomo no se hacía el petrificado. Decidí intervenir para que la cosa no fuera a mayores. Me embutí en un hábito de la orden de Malta que estaba colgado en el zaguán y me petreché con un palillo chino que había sobrado de la cena. Subí ominosamente las escaleras y encaré al joven mago senil. Dijo algo y agitó su varita contra mí. Yo, haciendo un aspaviento y sin decir una palabra, fingí desviar su conjuro. Volvió a intentarlo y repetí la treta. Entonces, abriendo muchísimo los ojos, don Juan Carlos dijo: "Oh, no, eres Merlín, el más grande de todos los hechiceros. ¡Frenas mis encantamiento sin ningún esfuerzo!". Engolé la voz y asentí solemnemente. El emérito huyó como alma que lleva el diablo. Yo le seguía caminando con gravedad, que es como imagino se mueve un nigromante poderosísimo. "¡Plus ultra!", vociferaba agitando el palito. "In dubio pro reo, totum revolutum, ecce homo, ¡carpe diem!".

Su majestad se había encerrado en su dormitorio y, desde el otro lado de la puerta, se le oía decir: "No puedes atravesar los mágicos dinteles de esta alcoba, un poderoso maleficio los defiende". Dije otro porrón de latinajos hasta darme por vencido.

Uno de los funcionarios de palacio me miraba maravillado. Me quité el sayo y se lo puse sobre los brazos. "Hágame el favor de colgarlo o lo convierto en sapo".

Católica, pija y sentimental

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