Católica, pija y sentimental

El rey emérito Juan Carlos I a bordo del 'Bribón', en Sanxenxo.

Cuando don Juan Carlos aceptó pasar la tarde con una joven rica y soltera, no esperaba encontrarse con Tamara Falcó. El monarca se había engalanado con el seductor modelito que conquistó a Corinna: gorra beige, camisa celeste a cuadros, bañador amarillo fosforito y mocasines marrones de ante. Con una barbacoa por delante hubiese estado arrebatador. La marquesa de Griñón se había vestido con el salario semestral de tres familias de inmigrantes. Se reunieron en una de las fincas recién heredadas por la muchacha: un paraje bucólico entre olivares y viñedos donde nadie puede oír tus gritos.

Al ver las peludas piernas del venerable monarca asomar por la puerta del coche, Falcó se acercó corriendo a hacer la reverencia preceptiva. No encuentro palabras para describir la cara de pasmo que pusieron ambos, pero, como nobleza obliga, la intrépida influencer agasajó al rey con esa verborrea nasal tan propia de los pijos; Don Juan Carlos boqueaba como una sardina recién pescada.

Cuando volvió en sí, Tamara le ofrecía un pareo para taparse las rodillas y un cuenquito con agua bendita. Pretendía meterlo en una capilla: el emérito no daba crédito. "Señoooor, en casaaa rezamos muuuchooo por sus majestadeees". Aham. "Así que he pensadooo que le gustaríaaa participar en la macrofiestaaa (¡un brillo de ilusión cruzó las pupilas del monarca!) del rosario" (y se estrelló contra el muro de la beatería).

Los dos han conseguido todo lo que tienen por su esfuerzo personal. Una sonora carcajada estalló entre el servicio. La reunión de fósiles se miró espantada

El rey se había sentado en uno de esos mortificantes bancos de iglesia y recordó con espanto que había dejado la muleta apoyada junto a la puerta. ¡Estaba perdido! Después de tropecientos avemarías y sus respectivos padrenuestros, la joven ayudó al soberano a ponerse en pie. Sonó como una armadura oxidada cayéndose por las escaleras. Había organizado una cena con mamá, Mario y unos amigos súper ideales de la muerte. Bajaron al comedor principal y un ejército de mojamas esperaba alrededor de una gran mesa. Contando rápido, me pareció sumar al menos setecientos años entre la concurrencia. Era como estar dentro de una vanitas, uno de esos cuadros barrocos con flores marchitas y calaveras.

Tan pronto sacaron el vino, don Juan Carlos abrevó como si lo fuesen a prohibir. Aún llevaba el pareo atado a la cintura, así que no había dignidad que mantener. Vargas Llosa agasajaba insistentemente al invitado con uno de sus famosos discursos de los riesgos de la democracia. "El pueblo, como sabe su majestad, no sabe lo que el conviene". No sé si don Juan Carlos asentía o simplemente cabeceaba. Hacia los postres, Isabel relató las innumerables similitudes entre su hija y el Borbón jubilado. "Los dos han conseguido todo lo que tienen por su esfuerzo personal". Una sonora carcajada estalló entre el servicio. La reunión de fósiles se miró espantada. Fue un momento hermoso.

Tiro al blanco

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