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'El columpio' de Fragonard, un triángulo amoroso versión rococó: infidelidad, desmadre y salseo

Un zapato sale despedido. Se trata de un zapato abierto, una sandalia. ¿Es el zarandeo brusco del columpio el que lo hace saltar por los aires, o hay una intención detrás del gesto? "Lo que está claro", explica la historiadora del arte Sara Rubayo, "es que estamos delante de una escena que entendemos mejor nosotros que alguno de los personajes que la integran". Se refiere, en concreto, al hombre que impulsa el columpio con unas cuerdas. Es el marido de la protagonista de la pintura, una mujer coqueta y lozana que tiene a su amante recostado en la maleza, a sus pies, deseándola. El Columpio El Columpioes la historia de algo tan antiguo como una relación a dos bandas. Lo vemos hoy en La isla de las tentaciones y lo pintó Fragonard en 1767. Sabiendo todo lo que sabemos, no parece extraño que el zapato saliera volando intencionadamente, "que fuera un mensaje de la mujer". Algo así como: "Empezamos por el zapato… y ya sabes cómo vamos a acabar". Hoy, el lienzo más paradigmático del rococó se puede visitar en la Colección Wallace (Reino Unido) y es famoso, además, por la gran cantidad de intertextualidad, secretos y detalles que contiene.

Ese es el resumen. Una infidelidad. Un amor con tres protagonistas que, al parecer, solo conocen la mujer y el amante. "El marido, con cara de bonachón, no parece que tenga ni idea", apunta Rubayo. Pero, ¿cómo lo sabemos? En el margen izquierdo del lienzo, un amorcillo mira directamente a la señora, ataviada con un pomposo vestido rosa pastel, y, cómplice, se lleva el dedo índice a los labios. No solo la relación entre los amantes es un secreto, sino que la presencia del propio barón en ella también lo es. Hacia ahí apunta, aparte del gesto de Cupido, alguna que otra pista más. "Vemos una verja de hierro que el amante ha tenido que sortear para entrar en el recinto", señala la historiadora. "Además", continúa, "también hay ramas rotas por el suelo, señal de que probablemente haya tenido algunas dificultades para acceder al lugar y recostarse". En el lado opuesto, un perro –habitual símbolo de la fidelidad– ladra para tratar de avisar a su dueño de lo que está sucediendo, pero sin suerte.

"El cuadro resume perfectamente los gustos de la época del rococó francés: la alegría de vivir, la despreocupación y una moral un tanto laxa", reflexiona. Ahora bien, si el tema del cuadro podría ruborizar a un ciudadano de nuestro tiempo, la escena que, en un principio, quiso encargar el barón Saint-Julien, quien pagó la fiesta, doblaba la apuesta. Lo que el alto cargo de la Iglesia proponía era un retrato de su amante en el que él mismo apareciera recostado en los matorrales, mientras que un obispo balanceara a la querida. ¡Un obispo! Se trataba de una provocación en toda regla que el primer candidato para pintarla, Gabriel François Doyen, rechazó de todas, todas. "Otra de las indicaciones de Saint-Julien era que se vieran, cuando menos, los tobillos de la mujer, pero que si el pintor lo consideraba, que fuera subiendo pierna arriba". Cómo no, quien terminó por aceptar el encargo no fue otro que un Fragonard ya muy alejado de la temática religiosa de sus primeros años y centrado en unos patrones mucho más acorde con lo que buscaba el barón. Fragonard era un fiel devoto de la pintura erótica, del recreo y de la diversión. De todos modos, tal y como matiza la historiadora, "sí que propuso una modificación: sustituir al obispo, por un señor maduro". Hubo trato.

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Reacción contra lo palaciego

La aristocracia francesa del siglo XVII, especialmente durante la regencia del rey Luis XIV, el Rey Sol, estaba totalmente entregada al barroco, una corriente artística suntuosa, palacial y solemnemente ornamental que tenía pocas conexiones con la calle y los sentimientos humanos. Todo lo contrario. Los temas que gustaban a los pintores barrocos tenían que ver, más bien, con la historia, la mitología y la religión. "Por eso surgió el rococó", resuelve Rubayo, "como una respuesta, como una reacción". El rococó se caracterizó por sus enfoques hedonistas y, aunque también refleja costumbres aristócratas, pone los acentos en la delicadeza, la elegancia, la sensualidad y la gracia. "Los artistas rococós prefieren los temas blandos y sentimentales, donde las líneas curvas, los colores y la asimetría juegan un papel fundamental en la composición de sus pinturas". En palabras de Sara, entienden la vida como un algodón de azúcar. El rococó huye de los héroes y los dioses y retrata las debilidades de los seres humanos, de la gente de carne y hueso. Ahora bien, eso no quita que sean obras complejas. "Y ahí, Fragonard era, quizás, el mejor", valora. A pesar del barullo, a pesar del horror vacui, todos los elementos que incorpora en sus cuadros generan un orden que le da sentido a la composición.

El destino que el padre de Jean-Honoré Fragonard había pensado para él no pasaba por la pintura. Sin embargo, de poco sirvió que lo mandara al despacho de un notario para que aprendiera la profesión. Muy pronto, el francés descubrió su pasión por los pinceles y se incorporó al taller de Boucher. A los 20 años, ganó el Premio de Roma y recibió halagos y encargos por parte de figuras de la talla del propio Rey Sol. Pero su éxito no fue infinito. Desapareció al ritmo que cayó el Antiguo Régimen y Jean-Honoré se convirtió, en palabras de Sara Rubayo, en un juguete roto de su tiempo. El paso de los siglos lo convertiría, empero, en el artista referencia del rococó y en uno de los más valorados por la cultura pop.

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