El club de los depravados Pilar Portero
El amor no avisa. No manda una notificación ni se deja encontrar cuando uno lo busca con empeño. Llega, sencillamente. Y, cuando lo hace, no pide permiso. Irrumpe, descoloca, reordena prioridades y obliga a mirar el mundo desde otro sitio. Desde un lugar más vulnerable, pero también más pleno.
Hay personas que pasan la vida hablando del amor como si fuera un proyecto. Otras tienen la suerte –porque lo es– de vivir dentro de él sin haberlo planificado. Como quien, sin esperarlo, encuentra una Pepita de la Suerte en mitad del camino y comprende que ya nada vuelve a ser exactamente igual. No porque todo sea fácil, sino porque todo cobra sentido.
Habitar en una dimensión difícil de explicar a quien no la ha pisado. No es euforia constante ni felicidad impostada. Es algo más silencioso y, por eso mismo, más profundo. Una especie de calma eléctrica. La sensación de que incluso los días normales tienen una textura distinta. Que lo extraordinario existe, sí, pero que, muchas veces, lo verdaderamente valioso ocurre en lo pequeño. Y en la capacidad natural de convertir ese extraordinario en cotidiano. Ese estado difícil de explicar y fácil de reconocer en el que la vida parece una canción continua. Como si vivieras un estribillo hecho de frases de Leiva, Marlon y Dani Martín. Imperfecto, luminoso, honesto. Brutal.
En una mirada que entiende antes de que hables. En una risa compartida por algo que a nadie más le haría gracia. En los mensajes que no dicen nada importante y, precisamente por eso, lo dicen todo. En la complicidad que se construye sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
Y quizá de eso va todo. De entender que la fortuna existe, que a veces es grande y brilla sin disimulo
El amor del bueno no necesita grandes discursos. Se reconoce en los gestos mínimos, en la atención, en el cuidado casi involuntario. En saber cuándo estar y cuándo dejar espacio. En celebrar sin ruido y acompañar sin condiciones. En entender que compartir no es perder, es ensanchar la vida.
Quizá por eso se parece tanto a la suerte. Porque no se controla, no se merece ni se calcula. Ocurre. Y, cuando ocurre, lo cambia todo. No el mundo, que sigue siendo caótico, pero sí la forma de estar en él. Como si alguien te devolviera una versión de ti mismo más serena, más consciente, más viva.
Hay quien vive persiguiendo momentos extraordinarios y quien descubre que lo extraordinario consiste en tener a alguien con quien lo ordinario importa. En compartir lo cotidiano sin aburrimiento y lo excepcional sin miedo. En caminar con esa certeza íntima de que, pase lo que pase, hay algo –o alguien– que convierte el trayecto en hogar.
Y quizá de eso va todo. De entender que la fortuna existe, que a veces es grande y brilla sin disimulo. Como una Pepita de la Suerte que no solo se encuentra, sino que te acompaña y te enseña a vivir con la música un poco más alta.
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Alberto Fandos Portella es periodista y director de comunicación y marketing.
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