¿Un nosotros progresista? María José Landaburu
La izquierda no pierde solo cuando la derecha gana. Pierde, sobre todo, cuando deja de reconocerse a sí misma como un sujeto colectivo. Cuando el “nosotros” se diluye en siglas, agravios cruzados y cuentas pendientes, lo que se resiente no es una marca electoral: es la posibilidad misma de transformar la realidad. Los resultados de las pasadas elecciones tanto en Aragón como en Extremadura, por referirnos a la historia recientísima del país, así lo certifican.
En estos días han vuelto los llamamientos a la unidad, singularmente han obtenido eco los protagonizados por Gabriel Rufián. Mensajes, actos, gestos que interpelan a la construcción de ese espacio progresista amplio sumando una izquierda a la izquierda del PSOE, capaz de impulsar y hacer posibles avances que hoy damos por sentados tanto en términos de bienestar social, protección de la clase trabajadora, como de respeto a la diversidad territorial que conforma la realidad que somos: la subida del salario mínimo, la revalorización de las pensiones conforme al IPC, la ampliación de derechos laborales, el escudo social frente a las crisis, el feminismo institucional, la agenda climática. Nada de eso cayó del cielo. Todo fue fruto de mayorías construidas con dificultad, negociación y una idea compartida de país.
Sin embargo, algo se ha roto y la izquierda se desmorona. No en la sociedad (donde sigue existiendo una mayoría social que quiere servicios públicos fuertes, derechos laborales, vivienda accesible y una democracia que cuide) sino en la política. La fragmentación del espacio progresista, la competencia permanente, los hiperliderazgos abrumadores, los odios viscerales, la falta de autocrítica y la incapacidad de gestionar las diferencias han convertido la diversidad en debilidad. Conviene decirlo con claridad: la pluralidad y la diversidad no es el problema. Lo es la incapacidad de convertirla en proyecto común.
La derecha lo ha entendido bien. Cuando ha tenido que hacerlo, ha sabido subordinar intereses partidistas a un objetivo mayor: gobernar. Incluso cuando ese objetivo implicaba normalizar a la extrema derecha o asumir su marco cultural rayano en el fascismo. En el campo progresista, en cambio, demasiadas veces se ha confundido la legítima diferencia con la descalificación permanente, el debate con el combate y la identidad con el repliegue.
Apelar al “nosotros” no significa negar los desacuerdos ni borrar trayectorias. Significa algo mucho más exigente: reconocer que hay un suelo compartido de derechos, valores y prioridades que está por encima de las siglas y de las vocaciones personales. Significa entender que el adversario no está dentro, sino enfrente. Y que cuando el espacio progresista se rompe, quien gana no es una organización concreta, sino un proyecto reaccionario que no tiene complejos en recortar derechos ni libertades. Todo esto es lo que está en juego mientras los egos presiden las decisiones.
Apelar al “nosotros” no significa negar los desacuerdos ni borrar trayectorias. Significa algo mucho más exigente: reconocer que hay un suelo compartido de derechos, valores y prioridades (...)
La experiencia reciente debería servirnos de advertencia. Allí donde la izquierda se presenta fragmentada, la traducción electoral es clara: menos escaños, menos capacidad de influencia, menos políticas públicas transformadoras, más desilusión y desánimo del electorado. No es una cuestión de aritmética fría, sino de representación política real. De cumplir la finalidad transformadora o encastillarse en la irrelevancia. No obstante, también sería un error pensar que la unidad es solo una operación electoral de última hora. La unidad que sirve es la que se construye con contenido, con un horizonte reconocible para la ciudadanía. Hay que recuperar la fuerza de los valores y la razón, reconectar con las necesidades colectivas. Escuchar.
El proyecto común existe porque persiste la precariedad, debilitamiento de los servicios públicos, machismo transversal, enormes dificultades de acceso a la vivienda, un sistema fiscal injusto, instituciones coaptadas por la reacción, o la amenaza de regresión democrática en definitiva. Lo que falta es voluntad política para priorizarlo, o la falta de coincidencia en el camino para hacerlo posible. La política en serio es una conversación con la sociedad y el diálogo con el aliado. También exige generosidad para reconocer errores propios, para no convertir cada desacuerdo en una ruptura irreversible. Para entender que las personas que hoy se sienten huérfanas de representación progresista no esperan ajustes de cuentas, sino respuestas.
Yo no sé si Gabriel Rufián es la solución. Probablemente ninguna por sí misma lo sea, pero el mensaje que ha lanzado puede ser parte de ella. Apelar al conjunto de las fuerzas políticas progresistas y a la ciudadanía es un paso relevante, especialmente porque ha puesto en el debate lo que muchas llevamos tiempo pensando y reclamando. La voz de Rufián ha expresado un deseo y una necesidad colectiva que es frenar la deriva autoritaria y reaccionaria con más derechos. Para ello, el Gobierno debe profundizar en las políticas valientes y necesarias, sí, no cabe regalar los tiempos de gobernanza, pero también la izquierda, representada en el Ejecutivo o no, tiene que responsabilizarse para construir ese “nosotros” para que no sean los de siempre quienes decidan por todos.
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María José Landaburu es doctora en Derecho y experta en Derecho laboral y autoempleo.
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