El golpe que dio la democracia Pedro Vallín
Las nuevas revelaciones confirman que el 23F no fue un golpe del franquismo irredente contra la incipiente democracia, sino de la democracia contra su padre, Adolfo Suárez. Lo sabíamos ya —quizá lo hemos sabido siempre, pero evitamos pronunciarlo— y estas desclasificaciones, tal y como se preveía, apuntalan la evidencia conocida, que no es la que dice nuestro institucionalismo en voz alta ni la que llena los titulares. No hay una novedad factual sino algo más incómodo, la constatación de que el detalle de tal o cual llamada rara vez puede contradecir la composición general, la evidencia apreciable a primera vista. Y eso, para quienes militamos en la lectura general y comprensiva de los procesos históricos a los que atiende el periodismo —una lectura amplia y somera, en el mejor sentido—, es una vindicación casi obscena de lo obvio.
La ventaja de una miopía precoz es que enseña muy rápido a componer el cuadro y desatender la pincelada, a ver la mancha de luces al completo, borrosa pero plena de sentido, sin distraerse en las particularidades. De algún modo, un miope puede dar lecciones a los profesores de arte sobre cómo se mira un cuadro, qué hay en él, qué nos cuenta y cómo vibra. Pues un periodista es un miope de la historia. Y precisamente por eso, no se pierde en el trazo, en la exquisitez de la pincelada aparentemente caótica del impresionismo —porque no alcanza a distinguirla—, pero aprecia hasta la temperatura y el olor del aire del jardín que cultivaba y pintaba Claude Monet en Giverny. El impresionismo, por si no se habían percatado, es un arte para miopes, como lo es este oficio de impostores.
La mayor ventaja del lujo de poseer “un océano de conocimiento de tres pulgadas de profundidad”, tal es un periodista que haya frecuentado distintas especialidades, es esa capacidad para destilar, para pasar los detalles de lo real por el cedazo del sentido, eliminando la distracción, la minucia y el mecanismo. El periodismo lee la hora rápido y con precisión sin entretenerse en el hipnótico baile de ruedecillas y muelles. No hemos de ser relojeros sino anunciar la hora sin perífrasis. Este oficio, cuando se practica con probidad y decencia, es la navaja de Ockham de la historia porque al cabo sabe que las cosas casi siempre son lo que parecen. Muchos togados podrían pasarse años y empeñar miles de folios y dólares en dilucidar las responsabilidades penales de la toma del Capitolio de enero de 2021, pero cualquier periodista con dos dedos de frente ha visto, sin margen de duda, que Donald Trump intentó dar un golpe de Estado. En esta época de la historia todo ocurre ante nuestros ojos, solo hay que atender.
Así, si uno se libera de la épica pedagógica con la que se nos viene contando el golpe del 23F —el rey salvador, los militares malévolos, la democracia tierna e inocente, el país en pánico…— lo que aparece es un ajuste de cuentas interno, una operación de corrección de la velocidad y de desalojo político que fue plenamente exitosa. Una iniciativa triunfante en todos los sentidos. El 23F solo fracasó si lo entendemos como golpe de timón para regresar a una dictadura militar fascistoide y trasnochada, pero, salvo en la cabeza de algunos enfebrecidos patanes como Jaime Milans del Bosch y Antonio Tejero, no era ese el objetivo de los que sabían, intuían, pergeñaron, callaron, dejaron hacer, malmetieron, se dejaron cortejar y de los muchísimos —todos— que calentaron el ambiente para lo que ocurrió en febrero de 1981. El objetivo era acabar con Adolfo Suárez por su proceso de aceleración democrática, que fue demasiado lejos cuando legalizó el Partido Comunista de España. Demasiado lejos hasta para los socialistas, que de pronto tenían un rival inesperado en su lado de la cancha.
Adolfo Suárez no cayó por un exceso de autoritarismo sino por lo contrario, por haber llevado la lógica democrática más lejos de lo que el sistema estaba dispuesto a tolerar. Su pecado no fue franquista, fue no encajar ya en el consenso funcional de una democracia modesta y timorata que empezaba a andar sin ruedines. Si dejamos de mirar el árbol y contemplamos el bosque, vemos a los partidos conspirando abiertamente contra él —incluso y primero que todos, su partido, la UCD— incapaces de generar estabilidad pero perfectamente dotados para perderla. El Ejército, salvo en las mentes simplonas de Tejero y Milans, no actuaba como un resto del pasado sino como un actor que sentía —erróneamente, pero no en el vacío— que alguien, los propios patrocinadores del cambio, le estaba pidiendo que “ordenara” la escena. El Rey, lejos de ser una figura externa al proceso, estaba ya dentro del tablero, en su centro mismo, gestionando equilibrios, tiempos y silencios, conspirando contra Suárez y alentando los delirios de grandeza del general Alfonso Armada, cuya cabeza distaba mucho de ser la absurda caja de tambores y pistolas que tenía el capitán general de Valencia bajo la gorra, jugando con sus tanques como el teniente general Leland Zevo (Michael Gambon) cuando heredaba la fábrica de juguetes de su hermano Kenneth (Donald O’Connor), en Toys, fabricando ilusiones (1992), de Barry Levinson.
En esos tiempos vertiginosos, los medios, en su mayoría, no fueron un contrapoder ni un insobornable pilar democrático sino un coro expectante, melifluo y preparado para legitimar el desenlace “razonable”, siempre que no fuera un anacronismo casposo. No hay aquí una mano negra única, sino algo mucho más inquietante y ominoso, una suma de racionalidades parciales que producen un resultado monstruoso sin que nadie sea el responsable único, el vértice del plan. Porque así ocurren las conspiraciones, no en una habitación oscura, sino en muchísimas noches de sobremesa, en charlas informales al final de la barra, en silencios cómplices, en intereses compartidos, en una copa junto a una piscina. Justo lo contrario de lo que pretende el relato tranquilizador del golpe clásico.
Tenía todo el derecho Alfonso Armada a pensar que el desenlace para él fue injusto —quizá su rápido indulto no es sino el reconocimiento de culpabilidad compartida del sistema en su conjunto—, estaba legitimado para pensar que se quedó solo pese a que todos le dijeron que estaban de acuerdo, pues no hay documento más incriminatorio que la famosa lista del Gobierno Armada con la que el exsecretario del Rey quiso convencer a Antonio Tejero de que liberase el Congreso, un ejecutivo de concentración nacional que incluía a todos los actores de la incipiente democracia bajo la batuta de un hombre de orden. Bajo su batuta. Allí estaba, “temblando en un papel”, el nombre de socialistas como Felipe González o Gregorio Peces Barba, y comunistas como Ramón Tamames y Jordi Solé Tura. ¿Qué tipo de motín fascista incluye dos ministros comunistas? Pues uno que atiende, o cree atender, a la voluntad de todos los actores de la balbuciente democracia, deseosos de defenestrar a Adolfo Suárez, tomar el control y poner orden. Esa lista no prueba un plan cerrado y complicidades explícitas pero sí connivencias implícitas. Armada no habría elaborado esa lista si creyera que alguno de los designados iba a decir que no. La lista delata una disponibilidad moral, la disposición a dejarse incluir, a no levantarse de la mesa, a dejarse cortejar, a escuchar, a no decir taxativamente “no”. A esperar antes de actuar. Y nadie se libra de esa evidencia.
No hace falta conspirar activamente para ser parte de algo históricamente vil, basta con no cerrar la puerta cuando llaman. Con no colgar el teléfono cuando suena. Que incluso socialistas y comunistas aparezcan en ese horizonte nuevo no es una paradoja, es una confirmación, porque el problema no era ideológico, el problema era Adolfo Suárez como anomalía viva, alguien que no obedecía del todo al pasado ni se sometía al futuro, que no encajaba ya en ningún reparto estable del poder, un tipo cuyo papel en la función había concluido. Es un arquetipo narrativo clásico, el del mesías, que se diferencia del héroe en el hecho de que no reina sobre la comunidad que funda, sino que es expulsado de ella. Como Moisés a las puertas de la Tierra Prometida. Suárez, en este sentido, pertenece pues a un linaje narrativo mucho más antiguo que la política y, por eso mismo, más verdadero que cualquier archivo desclasificado.
El fundador no puede vivir en el mundo que hace posible porque su sola presencia recuerda el momento caótico, excepcional y peligroso de toda fundación, recuerda que el orden nació de una decisión no reglada. Y los sistemas —todos— necesitan olvidar ese origen para estabilizarse. El fundador es incompatible con la fase que lo sigue, la de los administradores, los herederos, los sacerdotes del procedimiento. El mesías es una figura insoportable a largo plazo porque su sustancia es violenta, aventurera, una presencia que sostiene que todo pudo haber sido de otro modo, sea cierto o no, y por tanto todo podría volver a cambiar. Esa es la razón por la que el mesías nunca es traicionado por sus enemigos sino sobre todo por los beneficiarios de su sacrificio. Empezando por el Rey. Suárez sigue siendo una figura difícil de integrar en el relato nacional, en el que no encaja como villano ni como santo oficial, es demasiado trágico para el bronce y demasiado limpio para la sospecha. Y, como subraya Enric Juliana, fue un paria político durante una década entera y no disfrutó de honores hasta que se supo que padecía una enfermedad terminal que destruye la memoria y la identidad. Fue elevado a los altares cuando se supo a ciencia cierta que ya nada podía decir.
La lectura somera y completa del 23F, desatenta al detalle fetichista, revela la verdad incómoda: que no fue un golpe de los rescoldos del franquismo contra la democracia, sino de la democracia misma contra su padre, Adolfo Suárez
El detalle nuevo de la semana —la llamada concreta, la nota al margen, el gesto ambiguo— no cambia nada esencial porque el sentido del acontecimiento ya estaba fijado por su lógica sistémica, no por las anécdotas. El 23F es por eso una advertencia y se convierte en un espejo incómodo para el presente que nos enseña que la democracia no siempre es víctima, que puede ser también verdugo de quienes la fundan y que el consenso, cuando se sacraliza, se vuelve indistinguible del chantaje. En ese sentido, el 23F no es una anomalía histórica sino un patrón. Cuando un ente sistémico decide que alguien “estorba”, activa todos sus mecanismos —legales, simbólicos, mediáticos e institucionales— para apartarlo, y luego escribe una leyenda higiénica que permita seguir viviendo con ello. En este caso, la leyenda del rey Juan Carlos salvando a la democracia, solo porque acabó frenando lo que él mismo (no solo él, pero sobre todo él) había puesto en marcha y había permitido crecer bajo sus barbas y en su nombre.
Algo de lo que deberían tomar nota, si no lo saben ya —lo saben, vaya si lo saben—, cuantos llevan conspirando contra el Gobierno actual desde hace ocho años, empezando por el primer partido de la oposición, en tiempo de saludo tras la orden de José María Aznar “el que pueda hacer que haga”, y alcanzando, por supuesto, a la más alta magistratura del sistema judicial, el Tribunal Supremo, instalado en lo que políticamente podemos convenir que no es más que golpismo burocrático de literatura cutre.
El fetichismo del dato es pues la maniobra de distracción perfecta para el experto, porque quien se pierde en los pormenores omite que la democracia española nació con un trauma no resuelto de haberse conjurado con malas artes para deshacerse de su propio padre y poder seguir adelante. La democracia lo hizo mediante una operación sucia y duradera de acoso y hostigamiento en la que no dudó en aliarse con su peor enemigo, el fascismo remanente y gritón. El cuadro termina de cerrarse con una crudeza casi insoportable cuando recordamos la vieja sospecha de Santiago Carrillo sobre la implicación de su compañero Ramón Tamames —hoy conspicuo filofascista—, un detalle como tantos otros, que sanciona que el 23F no puede leerse como un drama de “unos contra otros” y pasa a ser una escena coral de irresponsabilidad compartida, un crimen comunal más parecido a Julio César de Shakespeare que a Fuenteovejuna de Lope de Vega.
Suárez hace lo impensable para que la democracia sea genuina —legaliza el comunismo—, el sistema entra en pánico y cada actor busca una salida “responsable”, “ordenada” y “de sentido común”. Esa suma de prudencias acaba justificando una barbaridad y pariendo una aberración. Santiago Carrillo, con su instinto político afiladísimo, olió que nadie era del todo inocente, que si Tamames sabía algo no era porque el PCE conspirase sino porque el clima era tan denso que se sabía sin saber. Como se sabe que algo va a pasar porque demasiada gente habla en voz baja, como se saben las tormentas cuando el aire se detiene.
La democracia española aceptó durante unas horas la idea —y hoy vuelve a militar en ella— de sacrificar a su presidente creyendo salvarse así a sí misma. En 1981 no hubo excepciones en la traición al procedimiento, hubo grados. Pero los grados no absuelven, solo dispersan las responsabilidades. El 23F sigue siendo tan incómodo hoy, no porque falten papeles sino porque sobran coartadas y porque aceptar esta lectura implica asumir el crimen fundacional, asumir que nuestra democracia nació no solo de un pacto, sino también de una claudicación compartida, de una fechoría, de su miedo a sí misma y a los mecanismos de gestión del poder de los que se había dotado.
El golpe fue un éxito y sus productos están ahí: la defenestración política de Suárez, la canonización del Rey, el triunfo rutilante del socialismo en octubre de 1982 como agente de orden que arrinconaría al temido PCE, el cumplimiento riguroso del trato para permanecer en la OTAN y, sobre todo, el fórceps para desmantelar la España autonómica, la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico), pensada para embridar la obra de Suárez, impulsada por el PSOE, anulada por el Tribunal Constitucional pero finalmente desplegada subrepticiamente en las décadas siguientes por el bipartidismo reinante, hijo también del golpe. Y claro que fue el Rey. Y todos los demás. Unos porque animaron, otros porque sabían; unos porque se conjuraron, otros porque callaron; unos porque lo intentaron, otros porque esperaron a ver; unos porque añoraban, otros porque se dejaban querer.
No hay ni habrá dato nuevo o grabación comprometedora que desdiga esta evidencia de la realidad contemplada a vuela pluma, y sí detalles que la apuntalen. El golpe que fracasó es el que Antonio Tejero creyó estar dando, con su mentalidad granítica de sargento chusquero y una integridad como solo lucen los verdaderos fanáticos. El tonto útil, como ahora sabemos que sabía su esposa. Se dio cuenta de que el golpe no lo estaban dando los suyos sino el sistema entero cuando Armada le enseñó su lista de gobierno y entonces decidió acabar con todo, tirar p’adelante y que salga el sol por Antequera. El Rey, en todo caso, esperó hasta saber si el plan de Alfonso Armada domesticaba al guardiacivil bigotón antes de abrir la boca.
Como tantas veces, como ocurre con el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy, es este un modelo de investigación edípica, según el patrón de los narratólogos Jordi Balló y Xavier Pérez, porque las pesquisas de Edipo sobre la muerte de su padre lo conducen a una revelación devastadora: la respuesta es un espejo. El asesino que busca es él mismo. Eso le pasa a la democracia española indagando el 23F, que sabe que el final del camino es un espejo y entonces prefiere el cuento. Edipo se arrancó los ojos como hace hoy Javier Cercas, que desplegó en Anatomía de un instante esa evidencia palmaria de complicidades y hoy se niega a verla en sus propias letras, jurando y perjurando que no dicen lo que dicen. Se niega a mirar a los ojos de su propio relato, a lo que sabe que sabe.
Los nuevos materiales apuntalan todo ello, ese crimen colectivo que mancha de forma balzaquiana la fundación democrática. Seduce pensar que Antonio Tejero decidió morirse ese día como quien lanza un corte de manga postrero al engaño de que fue objeto, descubriendo demasiado tarde que solo era el figurante caricaturesco de un drama shakespeariano cuyo “elefante blanco” eran —maldita sea— todos los demócratas.
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