Como hidra sin cabeza

La hipótesis dominante en los análisis sobre las consecuencias del ataque del 28 de febrero es que eliminar el liderazgo de Teherán desactivará automáticamente la red de actores armados que Irán ha construido durante décadas en el Líbano, Yemen, Irak y los territorios palestinos. Es una hipótesis tranquilizadora para Occidente y, por eso mismo, conviene examinarla con cierto escepticismo. La experiencia acumulada en los conflictos del siglo XXI apunta en otra dirección: los grupos insurgentes con anclaje ideológico propio y financiación descentralizada no se disuelven cuando desaparece su principal patrocinador; se reorganizan, desarrollan agendas autónomas y se vuelven más impredecibles, porque ya no responden a ninguna cadena de mando con incentivos para contener la escalada. Un eje sin cabeza no es un eje derrotado, sino uno que eventualmente puede convulsionar.

El Hezbollah libanés es el caso más estudiado y el más revelador quizás. Se trata de una organización fragilizada en su dimensión política —por la crisis económica libanesa, las pérdidas electorales de octubre de 2021 y la responsabilidad pública por la explosión del puerto de Beirut— y en plena expansión en el plano militar, con un arsenal estimado en 130.000 misiles de alcance variable, 2.000 drones y una fuerza movilizable de 100.000 combatientes según llegó a declarar Nasrallah, abatido por Israel el 27 de septiembre de 2024. La Guerra de los doce días de junio de 2025 decapitó a su cúpula dirigente, pero la estructura organizativa sobrevive a los líderes. Las milicias construidas sobre décadas de lealtades comunitarias, redes financieras propias y capacidad de armamento autónoma no desaparecen con un bombardeo. Sin la coordinación anterior, es plausible que sigan latentes y en estado de recomposición.

Los hutíes de Yemen representan otro vector de riesgo que análisis simplistas sobre el denominado "eje de la resistencia" suelen malinterpretar. No son una filial iraní que obedece instrucciones de Teherán. Son un movimiento con raíces ideológicas propias, que se inscriben en el zaydismo chiíta yemení, que ha construido su legitimidad interna sobre la resistencia a la intervención saudí y a los bombardeos occidentales. Las campañas militares estadounidenses de 2024 y 2025 contra sus posiciones no los detuvieron. Si acaso, reforzaron su narrativa de obstinación frente a la amenaza exterior. Sin coordinación con Teherán, actuarán según sus propios cálculos estratégicos, que incluyen perfectamente interrumpir el tráfico marítimo en el mar Rojo o atacar infraestructuras petroleras del Golfo. Su imprevisibilidad no disminuye con la caída del poder en Teherán. Al contrario, aumenta.

Los vacíos de poder no producen paz, engendran caos. Un caos que dispone de misiles, drones y células incluso en territorio europeo

Las milicias proiraníes en Irak completan este ecosistema de amenazas. La estrategia de Irán en Mesopotamia construyó, aprovechando el vacío dejado por la invasión estadounidense de 2003, un "Estado profundo" miliciano articulado en redes paramilitares de seguridad, densas redes clientelares que penetran las instituciones, economías de la violencia que regulan los intercambios locales y mecanismos de vigilancia de la población. Este entramado opera con plena autonomía respecto a Bagdad, sin depender de instrucciones directas de Teherán. Con la muerte o huida del liderazgo visible iraní, estas facciones no recibirán la orden de disolverse. Tomarán sus propias decisiones, compitiendo entre sí por recursos, territorios y legitimidad en un país que lleva años sin resolver sus tensiones internas.

Más allá de Oriente Próximo existe una dimensión del riesgo que los análisis raramente mencionan: las capacidades de acción encubierta que Irán ha desarrollado en Europa y América del Norte durante décadas. Las agencias de inteligencia alemana, francesa y escandinava han documentado en informes públicos la presencia de redes vinculadas a la Fuerza Quds en territorio europeo, utilizadas tanto para la vigilancia de disidentes en el exilio como para operaciones de intimidación y, potencialmente, de represalia en situaciones de tensión extrema. Lo que garantiza la contención de esas capacidades no es la buena voluntad. Es la existencia de un mando central en Teherán con incentivos propios para calibrar la respuesta y evitar una escalada que pondría al régimen ante reacciones aún más devastadoras. Sin ese mando, ese cálculo desaparece con él.

Al asesinato del general Soleimani en enero de 2020, Teherán respondió con misiles contra bases estadounidenses en la región. Era una réplica calculada para mostrar músculo sin provocar una guerra total, evitando bajas americanas que hubieran desencadenado una escalada abierta. Esa contención fue posible porque existía un mando central consciente de lo que estaba en juego. Washington apostó el 28 de febrero por liquidar ese mando, confiando en que así eliminaba también la amenaza. Cuatro décadas de conflictos en Oriente Próximo enseñan lo contrario. Los vacíos de poder no producen paz, engendran caos. Un caos que dispone de misiles, drones y células incluso en territorio europeo. A la hidra derrotada por Hércules le crecían dos cabezas por cada una que se le cortaba. El eje de la resistencia, dislocado pero no abatido, podría operar bajo una lógica similar. Más fragmentado, más difuso y más difícil de neutralizar.

__________________

David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

Más sobre este tema
stats