La guerra de las ideas que la democracia europea no libra

Por primera vez en décadas hay más autocracias que democracias en el mundo. El Instituto V-Dem lo certifica en su informe de 2025: 91 regímenes autocráticos frente a 88 democracias, con el 72% de la población mundial bajo formas de gobierno no democráticas. El Democracy Index de The Economist registra en 2024 su mínimo histórico (5,17 sobre 10), y el Pew Research Center revela que el 31% de los ciudadanos en 24 países apoya formas de gobierno autoritarias. Los españoles no somos ajenos a esta deriva: según la encuesta de 40dB para El País en noviembre de 2025, uno de cada cuatro jóvenes en edad de votar preferiría un régimen autoritario bajo determinadas circunstancias. La democracia no solo retrocede en los márgenes alejados del mapa; también cede terreno en casa.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta más cómoda —y también la más equivocada— consiste en atribuirlo todo a la ignorancia, la posverdad o la manipulación exterior. Un reciente estudio del Parlamento Europeo, firmado por Richard Youngs (Carnegie Europe) y Elene Panchulidze (European Partnership for Democracy), ofrece un dictamen aún más incómodo: la autocracia dispone de un arsenal ideológico coherente, con dos milenios de tradición intelectual, que la democracia liberal no se toma en serio. Los autores identifican cinco narrativas antidemocráticas recurrentes, y la primera postula un gobierno de expertos, bajo el supuesto de que el ciudadano corriente sería demasiado ignorante o volátil para gobernar bien, argumento que va de Platón —quien proponía filósofos-reyes— a Jason Brennan, que en Against Democracy reclama una "epistocracia", gobierno reservado a quienes acrediten conocimiento político suficiente.

Una segunda narrativa sostiene que la democracia destruye el bien común porque no agrega voluntades sino intereses egoístas de grupos particulares (sindicatos, minorías, lobbies). La tercera justifica "gobiernos fuertes" ante las crisis —sanitarias, económicas, de seguridad—, apoyándose en Carl Schmitt, para quien "el soberano es quien decide sobre el estado de excepción", y renovándose con Curtis Yarvin, que propone sustituir el sufragio por un CEO soberano. La cuarta rechaza el secularismo progresista, sosteniendo que el liberalismo habría impuesto una visión del mundo hostil a la tradición, la familia y la identidad cultural, tesis que va de Pío IX a Dugin, cuya Cuarta Teoría Política reclama un orden civilizatorio alternativo al "imperialismo liberal universal". La quinta, y más poderosa electoralmente, es la del orden y la seguridad: la democracia, un sistema blando incapaz de proteger al ciudadano. Cinco narrativas, un mismo objetivo: presentar la democracia como lujo ineficiente.

Lo más perturbador, sin embargo, es que la oleada autocrática no responde a una demanda ciudadana genuinamente antidemocrática, sino a un proyecto político deliberado que la construye desde arriba. Como demuestran Larry Bartels en Democracy Erodes from the Top y Levitsky y Ziblatt en How Democracies Die, líderes como Orbán en Hungría, Meloni en Italia o Milei en Argentina no conquistan el poder asaltando las instituciones sino erosionándolas paso a paso: desacreditan jueces, colonizan medios, manipulan identidades y exageran amenazas. La demanda autoritaria no precede al líder; en buena medida, la construye él. Y las redes de coordinación entre estos actores —la internacional iliberal que conecta CPAC con Vox, al trumpismo con partidos de ultraderecha en el Parlamento Europeo— no son accidentales ni espontáneas, sino expresión de una lógica de expansión transnacional perfectamente articulada.

Líderes como Orbán en Hungría, Meloni en Italia o Milei en Argentina no conquistan el poder asaltando las instituciones sino erosionándolas paso a paso: desacreditan jueces, colonizan medios, manipulan identidades y exageran amenazas

Ante todo esto, la Unión Europea lleva décadas desplegando un arsenal de apoyo a la democracia —misiones de observación electoral, sanciones del régimen global de derechos humanos, financiación a la sociedad civil en terceros países, diálogos con más de sesenta gobiernos—, pero estas políticas son reactivas, tecnocráticas y gobierno-a-gobierno, diseñadas para exportar el modelo liberal a otros con la suposición tácita de que en nuestra propia casa no necesitaba atención. La UE trató durante décadas la democracia como un bien de exportación, no como un proyecto político que requiriese mantenimiento y argumentación constante en el frente interior, y el resultado es que sus resoluciones condenan sistemáticamente los abusos autocráticos sin impugnar las ideas que los sustentan. Europa administra los procedimientos del autogobierno, pero ha descuidado su ontología.

Las recomendaciones del informe Youngs-Panchulidze apuntan en la dirección correcta —financiación más flexible en el Marco Financiero Plurianual 2028-2034, coordinación multilateral reforzada para llenar el vacío del repliegue trumpista e iniciativas específicas para disputar los factores identitarios que nutren el atractivo autocrático—, aunque hace falta algo más profundo. La UE debe comprender que el principal peligro no proviene solo de Moscú, Pekín o la Casa Blanca, sino también de quienes, desde dentro del sistema, normalizan la gramática del despotismo y banalizan sus consecuencias. Ceder ante ellos —cooptarlos, incorporar sus marcos sin crítica— no es pragmatismo, sino capitulación intelectual. Para ganar esta guerra, Europa necesita argumentar por qué la libertad, el pluralismo y la rendición de cuentas valen más que cualquier promesa de orden fuerte. Quienes en el PP deciden pactar con Vox para gobernar a cualquier precio deberían saber que todos acabaremos pagando el coste democrático.

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David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

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