PLAZA PÚBLICA

Europa refrenda la muerte del multilateralismo

La tibia reacción europea ante la intervención militar estadounidense en Venezuela certifica la muerte del orden liberal basado en reglas que Bruselas proclama defender. Después del anuncio de Donald Trump, los gobiernos europeos empezaron a pronunciarse con declaraciones que fueron del respaldo tácito hasta condenas formales desprovistas de consecuencias, pasando por posiciones intermedias que contrariaron tanto el régimen venezolano como los métodos empleados para derrocarlo. La Alta Representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, pidió "contención" tras conversar con Marco Rubio, señalando que la UE ha declarado repetidamente que Maduro carece de legitimidad, si bien deben respetarse los principios de la Carta de Naciones Unidas. Esta declaración recoge la esquizofrenia europea: una condena retórica del modus operandi que no amenaza las relaciones con una administración que bombardeó la capital de un país soberano para capturar a su presidente. 

Una hipocresía estructural que se plasma en la brecha abismal entre principios proclamados y acciones concretas cuando Washington viola flagrantemente normas que la UE dice defender. El artículo 2.4 de la Carta de la ONU prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado, permitiendo excepciones únicamente para legítima defensa o cuando el Consejo de Seguridad autoriza medidas coercitivas. Venezuela no atacó a Estados Unidos y Naciones Unidas no emitió autorización alguna, configurando una violación flagrante de la legalidad multilateral. António Guterres dijo estar "profundamente alarmado" por este menosprecio normativo, pero esta alarma formal carece de consecuencias prácticas. Europa podría imponer sanciones, convocar sesiones de emergencia del Consejo de Seguridad o articular coaliciones para aislar diplomáticamente a Washington, pero no hace nada porque carece de voluntad y capacidad para defender principios que teóricamente fundan su identidad. 

El doble rasero estadounidense en la aplicación selectiva de normas globales expone la naturaleza instrumental de su supuesto compromiso multilateral. Washington no reconoce la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional (TPI) y amenazó con sanciones a sus fiscales cuando intentaron investigar crímenes de guerra en Afganistán, pero invoca la legalidad cuando le resulta conveniente. Trump respalda incondicionalmente a Benjamin Netanyahu pese a que el TPI emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí por crímenes de guerra en Gaza, al tiempo que justifica la captura de Maduro por narcotráfico. Estados Unidos mantiene su alianza estratégica con el príncipe saudí Mohammed bin Salman pese a que la CIA concluyó que ordenó el asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi, pero presenta a Maduro como "sanguinario dictador" que debe ser juzgado. Washington solo reconoce aquellas normas que no limitan su capacidad de acción unilateral, empleándolas como arma contra adversarios geopolíticos.

Las fracturas internas ante la intervención venezolana exponen la incapacidad europea para articular una posición coherente en política exterior. Pedro Sánchez expresó que España no reconocerá "una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región hacia un horizonte de incertidumbre y beligerancia" mientras ofrecía buenos oficios para lograr solución pacífica. El presidente francés, Emmanuel Macron, adoptó un tono favorable a la intervención al afirmar que el pueblo venezolano "se ha liberado hoy de la dictadura de Nicolás Maduro", contradiciendo frontalmente la posición española. El primer ministro británico Keir Starmer se desmarcó explícitamente afirmando que su gobierno "no participó de ninguna manera" en el ataque. El canciller alemán Friedrich Merz consideró que Maduro había "llevado a su país a la ruina" sin condenar la operación militar. Esta cacofonía de posiciones mutuamente contradictorias evidencia que Europa carece de voz unívoca y que cada gobierno prioriza cálculos políticos domésticos sobre cualquier principio compartido. 

El precedente venezolano instaura una lógica que autoriza a cualquier gran potencia a invadir militarmente países más débiles

El precedente venezolano instaura una lógica que autoriza a cualquier gran potencia a invadir militarmente países más débiles cuando considere amenazados sus intereses. ¿Qué impide ahora a Rusia bombardear Kiev, capturar a Zelenski y juzgarlo en Moscú por crímenes contra rusoparlantes? ¿Qué impide a China invadir Taiwán, capturar a sus líderes y juzgarlos en Pekín por separatismo? ¿Qué argumentos podría esgrimir Occidente para condenar tales acciones cuando acaba de validar con su silencio cómplice que la Casa Blanca haga exactamente eso con Maduro? La respuesta es absolutamente nada desde la perspectiva de la legalidad multilateral tal y como quedó redefinida tras la operación en Venezuela. Haciendo gala de pasividad, Bruselas ha avalado que las normas solo vinculan a Estados débiles y que las grandes potencias pueden violarlas impunemente cuando poseen suficiente fuerza militar. Este precedente amenaza la supervivencia misma de pequeñas naciones que dependen del respeto normativo para su seguridad. 

La vulnerabilidad de Europa trasciende el caso venezolano para dar cuenta de una dependencia estructural de Estados Unidos que podría volverse en su contra. ¿Qué ocurriría si MAGA decide que España, gobernada por una coalición progresista que rechaza subordinarse completamente a Washington, constituye una amenaza a sus intereses? ¿Qué impediría a la administración republicana acusar a Sánchez de vínculos con redes terroristas, bombardear Madrid y capturarlo para juzgarlo en una jurisdicción federal? La respuesta aterradora es que tampoco nada lo impediría a la luz de Venezuela si la Casa Blanca considerara que su utilidad estratégica lo justifica. Europa carece de capacidades autónomas defensivas sin respaldo estadounidense, depende de Washington para su seguridad energética y tecnológica, y ha mostrado carecer de voluntad política para resistir presiones de Trump. Esta subordinación orgánica convierte al continente en rehén de cualquier deriva autoritaria o errática de la política yanqui.

La intervención en Venezuela marca el punto de no retorno en la erosión del orden liberal. Europa asiste impávida e impotente al entierro del multilateralismo, certificándolo con su pasiva connivencia. Si un Estado puede invadir militarmente otro país, bombardear su capital, atacar durante meses embarcaciones de pescadores acusándolos falsamente de narcotráfico, capturar a su presidente y juzgarlo en tribunales domésticos sin que Bruselas reaccione, las normas que supuestamente rigen las relaciones entre naciones son pura retórica. Europa enfrenta la disyuntiva de construir capacidades autónomas de defensa y proyección de poder o aceptar permanentemente su irrelevancia geopolítica. La reacción ante Venezuela certifica que el continente ha elegido la segunda opción: mantener la retórica sobre valores mientras se subordina incondicionalmente a una potencia que los viola sistemáticamente, deviniendo Europa cómplice de su propia indefensión futura.

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David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

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