PLAZA PÚBLICA

14 de abril, la renuncia organizada

Soy socialista de y para siempre. Y lo que más me incomoda hoy no es la distancia entre el partido y la República, sino la naturalidad con la que se ha asumido esa distancia. No hay tensión, no hay debate: hay una renuncia organizada, dirigida y sostenida desde arriba.

Durante años se nos dijo que la cuestión republicana debía aplazarse, que lo importante era consolidar la democracia. Que abrir ese melón era irresponsable. Aquella coartada pudo tener sentido en un contexto frágil. Hoy es simplemente una excusa gastada que encubre una decisión política: no incomodar al poder, no cuestionar el marco, no arriesgar.

La dirección del partido ha ido más allá de la prudencia: ha institucionalizado el silencio. Ha convertido la forma de Estado en un tema prohibido de facto. No hay debate real en los congresos, no hay resoluciones, no hay consulta a la militancia. Y lo más grave: no hay voluntad.

Se apela al 14 de abril, pero se desactiva todo lo que esa fecha representa. La República se ha convertido en un símbolo tolerado un día al año y neutralizado los otros 364

Se ha impuesto una disciplina que no es ideológica, sino preventiva. Se evita el conflicto no porque esté resuelto, sino porque se teme. Se ha asumido que defender una posición republicana dentro del partido es, en el mejor de los casos, una incomodidad; en el peor, una deslealtad.

Conviene recordar aquí a Gómez Llorente, cuando advirtió en Las Cortes que el socialismo no podía comprometer a las generaciones futuras en una cuestión como la forma de Estado. Aquello no era una fórmula retórica: era una línea roja democrática.

Hoy, esa advertencia ha sido traicionada. No porque se haya decidido democráticamente mantener la monarquía, sino porque se ha evitado deliberadamente cualquier posibilidad de discutirla.

La dirección ha optado por blindar el modelo sin someterlo a contraste interno. Y lo ha hecho sin mandato explícito, sin debate abierto, sin asumir el coste político de defenderlo de cara a su propia militancia. Eso no es responsabilidad: es puro cálculo.

Se nos pide lealtad, pero se practica el cierre. Se invoca la historia, pero se vacía de contenido. Se apela al 14 de abril, pero se desactiva todo lo que esa fecha representa. La República se ha convertido en un símbolo tolerado un día al año y neutralizado los otros 364.

Y mientras tanto, el partido se acomoda en una lógica de gestión que reduce su ambición política. Ya no se trata de transformar, sino de administrar. Ya no se trata de abrir horizontes, sino de asegurar equilibrios. En ese marco, la cuestión republicana sobra. No porque sea irrelevante, sino porque es incómoda.

Pero un partido como el PSOE no puede permitirse esa comodidad sin pagar un precio. Porque cuando se clausuran debates de fondo, lo que se erosiona no es solo la coherencia ideológica, sino la propia calidad democrática interna. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.

El problema no es que la República no esté en la agenda inmediata. El problema es que la dirección ha decidido que no debe estar en ninguna agenda. Ha sustituido una aspiración histórica por un consenso tácito que nadie ha votado y que pocos se atreven a cuestionar en voz alta.

Como socialista, lo más preocupante no es la posición oficial, sino el mensaje implícito: hay temas que no se tocan. Y un partido que señala límites al pensamiento crítico de su propia base deja de ser una organización política viva para convertirse en una estructura de obediencia.

El 14 de abril debería servir para algo más que para recordar. Debería obligarnos a decir lo que ya es evidente: que el PSOE ha dejado de ser un partido con vocación republicana no por evolución ideológica, sino por decisión estratégica de su cúpula.

Y que esa decisión no se ha discutido. Se ha impuesto.

Eso sí es un problema. Y no menor.

____________________

Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.

Más sobre este tema
stats