El destrozo de la IA Helena Resano
La penúltima hazaña del personaje ocupa portadas y telediarios. Objetivo logrado. Su penúltima víctima es Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno. Alguien le avisó de que la encontraría en el Es Panis, un café-restaurante a la entrada de la urbanización Los Peñascales, que se extiende entre Las Matas y Torrelodones (Madrid). Y Vito Quiles acudió para poner en práctica su manual de instrucciones, que consiste en acosar, provocar, grabar, montar y difundir de forma manipulada a mayor gloria de su miseria. Pero no nos equivoquemos: Vito Quiles es una simple herramienta, un tonto a las tres (muy bien pagado) que trabaja con tres maromos (mal pagados) que le escoltan a todas partes y graban todo lo que interesa a la causa. Da igual cómo se hayan producido los hechos: se trata de capturar imágenes que, una vez enlatadas, puedan llevar a pensar que el descarado acoso que practica parezca justo lo contrario: que el agredido es él.
Ha hecho Begoña Gómez lo que tenía que hacer: interponer una denuncia relatando los hechos ocurridos en el interior de ese café, donde se produce una invasión de la intimidad y una violencia física al impedirle salir al exterior para esquivar el acoso (ver aquí). Hicieron mal (aunque fuera con buenas intenciones) las dos amigas de Begoña Gómez en increpar al tipejo o intentar quitarle el móvil o el micrófono. Es exactamente lo que busca Quiles: cortes de vídeo donde le hayan tocado un hombro o una manga. Entonces gesticula y teatraliza como un delantero jeta en busca de un penalti. Si usted pone a cámara lenta los contactos físicos entre las acompañantes de Begoña Gómez y el acosador, puede reírse un rato. Como él hace con sus víctimas.
No es periodismo, es acoso, es pura provocación con una técnica medida y repetida que busca desquiciar a la víctima y a su entorno, para grabar imágenes que, una vez filtradas como conviene, se viralizan y monetizan. No es periodismo: son prácticas fascistas que sostienen un negocio. Porque otra cosa no, pero si algo sabe hacer cualquier sucursal de las extremas derechas es abordar sus causas ideológicas (también llamadas “batallas culturales”) con un retorno crematístico.
No es periodismo, es acoso, es pura provocación con una técnica medida y repetida que busca desquiciar a la víctima y a su entorno, para grabar imágenes que, una vez filtradas como conviene, se viralizan y monetizan
Ha hecho bien Begoña Gómez en denunciar como también hizo bien Rubén Sánchez, de Facua, en irse al juzgado tras ser víctima de calumnias, injurias y difamaciones varias, además de ver su domicilio y sus datos más personales publicados porque a este individuo y a sus jefes les molesta el activismo valiente. Como les molesta que surjan voces en el ámbito progresista que utilizan con éxito formatos muy virales, como Elena Reinés o Sarah Santaolalla o Alan Barroso o Tigrillo o Héctor de Miguel… Y a todos ellos los persiguen, los acosan, los machacan e intentan deshumanizarlos. Llevan ya años haciéndolo con políticos y periodistas… siempre del espacio progresista; no verán ningún caso en que esto suceda al revés.
La reacción del Partido Popular tras el acoso denunciado de Vito Quiles a Begoña Gómez es simplemente vergonzosa. Sostiene su portavoz, Ester Muñoz, que lo que ella ha visto es que “parece que quien recibe violencia es él” y que entiende que “haya periodistas que quieran hacerle preguntas” a la esposa del presidente del Gobierno (ver aquí). Salvo que Muñoz sea otro ejemplar de estulticia bien pagada (dispuesta quizás a hacer bolos con su presuntamente admirado periodista Quiles, telonero de mítines del PP), es fácil observar que este tipejo no pregunta sino que acusa, insinúa, difama, sentencia… Lanza todo tipo de improperios buscando la inflamación de los órganos más sensibles del agredido (más habitualmente agredida, porque hay un componente genuinamente machista y machirulo en el personaje).
Y en la estela de la fascistoide reacción del PP está la de unas cuantas y unos cuantos analistas que han asumido la actividad de Vito Quiles (o de Alvises o Negres o Ndongos…) como “periodismo”. O la han comparado con el programa Caiga quien caiga, que durante muchas temporadas hizo las delicias de la audiencia televisiva desde el humor y la ironía, pero nunca invadiendo la intimidad de un personaje público; hacían preguntas, sí, no lanzaban insultos ni improperios ni infamias. Y, compruébenlo –que no cuesta tanto–: el equipo de Wyoming, o Pablo Carbonell, o Gonzo, o Arturo Valls… incomodaba a dirigentes de todo el arco parlamentario, no exclusivamente a las izquierdas ni mucho menos a periodistas profesionales. Es tan ofensivo escuchar la comparación de Quiles con los reporteros del citado programa o de El Intermedio como leer que la Asociación de la Prensa de Madrid premia a Ketty Garat por su “periodismo de investigación”. ¡¡Mátame, camión!!
Vito Quiles sería una simple anécdota si no fuera porque PP y Vox siguen bloqueando la normativa que impediría a personajes como él continuar acreditados en el Congreso de los Diputados. Quiles no merecería una sola línea si no fuera porque hay tropecientos colegas periodistas que insisten en hablar de “libertad de expresión” al enfrentarse al asunto. ¿De verdad? ¿En serio tenemos que discutir esto a estas alturas? Suelo repetir un claro ejemplo: el Parlamento Europeo es una institución cuyo carácter democrático nadie pone en duda. Pues bien: un Vito Quiles, un Ndongo o un Negre tendrían prácticamente imposible conseguir una acreditación en el Europarlamento, simplemente por los filtros profesionales y de compromiso de responsabilidad. Pero lo que sería absolutamente seguro es que bastarían un par de incidentes como los que casi a diario provocan estos tipejos para que fueran expulsados y sus acreditaciones, o las de sus medios, retiradas ipso facto. ¿De qué libertad de expresión me está usted hablando? Pues de la de quienes tienen como único objetivo destruir el periodismo, la democracia y la convivencia.
Pero déjenme terminar con una sorpresa: ni Quiles, ni Ndongo ni el resto de esta pandilla-basura tienen la culpa. Son simples brazos ejecutores de un negocio ideológico y crematístico. Si de verdad quieren saber dónde encontrar la luna y no el dedo de este emporio, lean los datos que aportaba mi compañero Fernando Varela hace unos días en infoLibre (ver aquí) y anoten esta constelación de apellidos: Ariza, Vízner, Inda, Suárez… Sigan la pista del dinero. No falla.
Lo dicho: no es periodismo, es acoso, es fascismo… y es negocio. Y por aquí dejo un aviso (con conocimiento de causa): si no tienen suficiente con la presión mediática, capaces son de enviar un par de sicarios a tu casa, descerrajarte la puerta y robarte papeles y pendrives en busca de cualquier cosa con la que puedan destruirte.
¡¡Seguimos!!
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