La mala educación Joaquín Jesús Sánchez
Por más que pueda parecerlo, un policía no es una persona. Al menos, no una normal; una como usted y como yo. Si no me crees, prueba a pedirle la documentación a Paqui la del quinto cuando te la cruces en el descansillo, verás qué risas. En algún momento de nuestra gloriosa historia, alguien ideó una cabriola: dejemos el monopolio de la violencia en manos de unos señores que se pirran por ejercerla. Serán metahumanos, ¡avatares del Estado! Los requisitos para tan delicada tarea, purito trámite: un psicotécnico facilón, «haber, ¿va con hache o sin hache?» y toma, Manolo, la porra y un pistolón.
Miren, en un país civilizado, querer ser policía debería ser razón suficiente para que no olieses la placa. El reclutamiento, por toca. Este año, los conciudadanos cuyo de ene i remate en noventa y cuatro lucirán el uniforme azulito. Enhorabuena a los premiados. Tristemente, y como aún no se ha impuesto la sensatez, esta semana nos hemos desayunado con otra de esas actuaciones delicadísimas de los antidisturbios. Un gañán bien pertrechado arrolla a una profesora jubilada que se manifestaba en Valencia. La doña, se ve en el vídeo (si no llega a estar filmado, a nuestro mastuerzo le dan la Laureada de San Fernando), ponía en riesgo la seguridad de los españoles caminando parsimoniosamente por el filo de la calzada. ¡Gloria al héroe empujador!
Mirémoslo por el lado bueno. La escuela te prepara para la vida: si sobrevives al aula burbujeante, el metro en hora punta te parecerá un vergel
Para aclarar el malentendido (la gente ve a un cabestro arrollando a una vieja y se piensa, neciamente, que ha visto a un cabestro arrollando a una vieja), una miríada de exégetas y talmudistas han salido a deshacer el entuerto. «Hay que verlo en perspectiva». ¿Isométrica? ¿Cónica? Ay, a cuantísimas sutilezas hay que prestar atención para enjuiciar la labor de los maderos. Los sindicatos policiales, gente cuyos logos parecen diseñados por un programador noventero hasta las cejas de anfetaminas, han convocado a sus portavoces más sagaces para explicarnos que la brutalidad policial es un mal necesario y que nuestro bienestar depende de que señores a los que se les atraganta el test de ortografía reglamentario sigan teniendo impunidad para descalabrar a un transeúnte de tanto en tanto. «La maestra jubilada», nos aseguran, «no sufre durante el toreo».
Las cuitas educativas trascienden el litoral. En Madrid, los chiquillos aprenden álgebra al borde de la ignición. ¡Vivan los niños galvanizados! Tiene su gracia: generaciones de muchachitos andaluces fundiéndose sobre el pupitre y tienen que sudar los madrileños para que la lipotimia cope los titulares. La novedad, sospecho, está en el recochineo. En el consejerito del ramo diciendo que se arremanguen las bermudas, que en el infierno siempre ha hecho calor y que si quieren educación pública pues… que se vayan a la privada. Mirémoslo por el lado bueno. La escuela te prepara para la vida: si sobrevives al aula burbujeante, el metro en hora punta te parecerá un vergel.
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