La carrera hacia la ultraderecha pasa por Sevilla y la va ganando el PP Cristina Monge
Hay veces que parece que no pasa nada y de repente pasa todo. Durante años la derecha europea, y por ende la española, ha estado debatiendo qué relación quería tener con la ultraderecha. Aquí, en suelo patrio, hace apenas cuatro años que Feijóo, en el congreso del PP en Sevilla que lo encumbró presidente por aclamación, hizo un discurso llamando a la moderación, distanciándose de Vox y la crispación, llamando a grandes pactos de Estado para hacer frente a los problemas. Lo hizo en Sevilla, entonces ya bastión de otro dirigente, también moderado, de buenas maneras y gestos amables. Hoy, uno y otro hacen causa común para conquistar el espacio político de la ultraderecha.
El acuerdo que PP y Vox han firmado para gobernar en Andalucía (ver aquí) va todavía más lejos, si cabe, de los que previamente se habían firmado en Aragón, Castilla y León y Extremadura. El contenido ya lo conocen: Incorpora la gran bandera de Vox, la prioridad nacional, afirma en negrita “No más menores extranjeros no acompañados (MENAS)”, deja a más de 1800 estudiantes de centros públicos sin la enseñanza de lengua y cultura árabe (financiada por Marruecos), asume los postulados ultras contra la Agenda 2030, el Pacto Verde, la PAC y cualquier cosa que suene a políticas ambientales incluyendo la revisión de la ley andaluza de cambio climático. Por si esto fuera poco, hace un auténtico ejercicio de necropolítica al acordar “no promover, financiar, subvencionar ni incentivar […] la creación, ampliación o endurecimiento de las zonas de bajas emisiones en los municipios andaluces”. ¡Viva el humo, la contaminación y las enfermedades cardiacas!. Y por supuesto, no se olvida ni de sindicatos ni de memoria democrática. A los primeros se le recortará un 50% las ayudas, y no le ha temblado el pulso a la hora de firmar la derogación de la Ley de Memoria Histórica de Andalucía, que se aprobó en 2017 sin votos en contra. Y todo esto, por dos votos.
Mientras todo ello ocurría, Feijóo, preso de la ansiedad, emprendía una guerra sin sentido contra la concesión de la nacionalidad a los nietos de los exiliados, derivada de la Ley de Memoria Democrática. Cuando toda la evidencia se le volvió en contra y quedó claro que no hay manipulación del censo posible y que incluso ellos lo llevaban en su programa electoral, adujo que iba a tener un “impacto enorme” en los servicios públicos. ¿Sí? ¿De quiénes? ¿Cuánto? Un auténtico delirio. Quizá una explicación a esta locura es que quería tapar el tuit que lanzó unas horas antes felicitando a Keiko Fujimori –sí, la hija del corrupto dictador que promete más mano dura que su padre– por su victoria en Perú.
Y para completar el panorama, la Asamblea de Madrid acabó la semana aprobando una surrealista ley del concebido no nacido –para lo que no tiene competencia– que Miguel Ángel Rodríguez celebraba así en X: “Ley de Ayuso del concebido no nacido. Esto significa que, según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos. Derechos también para su familia. Esto es la revolución frente a la cultura woke e izquierdista”. No hacen falta muchos comentarios.
La carrera hacia el radicalismo reaccionario carece de meta de llegada. Siempre habrá un nuevo horizonte más ultra
Tras estas tres muestras, sólo tres, se puede concluir que el auténtico problema lo tiene VOX. El Partido Popular les ha ganado el espacio, que es lo último que se puede perder en política, para liderarlo ellos, sin complejos. Se agradece, eso sí, la claridad. Tras años de disonancia entre el dicho y el hecho, entre el discurso y la acción, ahora al fin la decisión está tomada. El Partido Popular le ha arrebatado el espacio a la ultraderecha de Vox, que a su vez no tendrá más remedio que dar un paso más en esa dirección. La carrera hacia el radicalismo reaccionario carece de meta de llegada. Siempre habrá un nuevo horizonte más ultra.
Mientras, España –como otros países europeos– queda huérfana de una opción democrática conservadora. Durante años hemos coexistido con una derecha unificada bajo las siglas del PP. Allí, la ultraderecha permanecía agazapada dentro para esperar su momento, encarnando sin duda la verdadera vocación extremista de unas gentes de orden que en realidad nunca superaron sus instintos profundamente reaccionarios. Ahora su particular ventana de oportunidad se ha abierto de par en par, en un mundo que gira hacia el autoritarismo más brutal. El momento ha llegado. Se acabaron los disimulos.
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