Diario de campaña

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Lo que está demostrando el atasco andaluz, y lo que se intuye hasta el momento sobre el pronóstico del 24-M, es que hay una especie de “terror al pacto” poco acorde con lo que venimos definiendo alegremente como “nueva política”. A ver si nos aclaramos: que los viejos aparatos de los grandes partidos se resistan a variar su hoja de ruta o pretendan negociar repartos de poder no debería sorprender a nadie. Lo que produce verdadera alarma es que los llamados “emergentes” empiecen imitando los mismos pecados.

Faltan ocho días para las elecciones autonómicas y lo que predicen las encuestas es la necesidad de pactos para formar gobiernos en comunidades autónomas y ayuntamientos. Y sobran los motivos para pensar que entre el 24-M y las elecciones generales podríamos asistir a una absurda competición entre las principales formaciones para comprobar cuál de ellas sufre menos desgaste. Los compromisos electorales de solucionar problemas a los ciudadanos pasan a un lugar secundario. La prioridad parece ser la de cruzar las aguas turbulentas de los próximos meses mojándose lo menos posible.

Casi nadie quiere mojarse

El líder de Ciudadanos ha expresado su disposición a llegar a acuerdos de gobierno “con el PP, con el PSOE y hasta con Podemos”. El PP hace una campaña esquizofrénica en la que tan pronto atiza unos mamporros considerables a Ciudadanos como le hace guiños para frenar juntos “una vuelta al pasado”, sin despejar del todo la incógnita de acuerdos con el PSOE si sirvieran para sostener “la estabilidad”. La dirección del PSOE proclama su disposición a llegar a pactos con todo el mundo excepto el PP, al tiempo que dice respetar lo que decidan sus barones, lo cual hace pensar que sí pero que no pero quién sabe. Podemos huye de esa dialéctica y fía el futuro a lo que digan sus bases, que es otra forma de despejar el balón y no comprometerse. Izquierda Unida, asediada por el canibalismo que con ella ejerce Podemos, es la única fuerza estatal que limita explícitamente la posibilidad de pactos a las formaciones de izquierda (aunque tiene que soportar el poderoso precedente de la “desobediencia” extremeña). Y además existe otro obstáculo: tanto Ciudadanos como Podemos se niegan a definirse en términos de “derecha e izquierda”. De modo que cabe preguntarse si los unos o los otros pactarían "desde abajo con los de arriba" o viceversa. No da lo mismo.

El caso es que nadie puede garantizar que entre el 24-M y las elecciones generales interese a ninguno de los cuatro supuestos principales jugadores del tablero arriesgar un solo movimiento. Si Ciudadanos apoya un gobierno del PP en una autonomía quedará evidenciado su papel de cuña útil para los intereses del sistema; si lo hace con el PSOE, también, aunque a la vez irritará a las bases y cuadros que proceden del PP y de la extrema derecha (que no son pocos); si en un lugar pacta con el PP y en otro con el PSOE, dará pábulo a la teoría más sonora sobre el empuje de Ciudadanos: un fenómeno puramente utilitarista sin principios sólidos, ni programáticos ni ideológicos. Cualquiera de las hipótesis le restaría posibilidades en las próximas elecciones generales.

El riesgo del tacticismo

Objeciones similares, con los matices adjudicables a cada cuál, pueden hacerse a los demás para justificar el escaso interés en definirse antes de unas generales abiertas y sin una mayoría de voto decidida. La llamada "nueva política" exige claridad, transparencia en la definición de objetivos y coherencia en las líneas rojas por las que no pasará para obtener el poder. Si alguien dice estar contra la corrupción, pero no descarta llegar a acuerdos con quienes siguen sin asumir responsabilidades políticas tras dos décadas de financiación ilegal y manejo de dinero negro, cuesta creer que realmente esté dispuesto a renovar las formas y el fondo de la política.

Este terror a pactar cuando la principal novedad del mapa político consiste precisamente en la disposición a llegar a acuerdos con contenido supone un peligro para la muy incipiente “regeneración democrática” que tantos dicen revindicar o intentan exprimir. Puede que la ciudadanía termine castigando el exceso de tacticismo que se percibe, muy especialmente en las marcas emergentes. Bugs Bunny, inspirado en Groucho Marx, preguntaba siempre aquello de “¿Qué hay de nuevo, viejo?”. Y la pregunta resulta más inquietante cuando entran ganas de hacérsela precisamente a los partidos más jóvenes.

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