GOLPE DE ESTADO EN VENEZUELA
La enésima vida del chavismo, herido pero no hundido
El fin de la joven revolución bolivariana tenía una fecha marcada en el calendario por un grupo de sediciosos: 11 de abril de 2002. En poco más de tres años, Hugo Chávez le había dado la vuelta a un país controlado hasta 1999 por los intereses comunes de las élites políticas y empresariales de Venezuela. Pero el golpe de Estado fracasó a las 48 horas. Desde entonces, el chavismo ha sobrevivido a varios atentados frustrados contra sus dirigentes, una ristra de sanciones internacionales, bloqueos comerciales, crisis económicas, una oposición muy beligerante en la calle y, ante todo, la muerte de su fundador en 2013. Tras la caída de Nicolás Maduro, el régimen parece dispuesto a reinventarse, para no sucumbir, de la mano de Delcy Rodríguez, que asumirá este lunes la presidencia interina del país.
Si a María Corina Machado, la flamante Nobel de la Paz, le hubieran dicho hace unas semanas que el futuro de Venezuela iba a estar en manos de una mujer en breve, se habría atusado el cabello ante el espejo y habría susurrado, primero en inglés y luego en español, algo parecido a lo que proclamó en su comunicado tras el secuestro de Maduro en Caracas por un comando de los Delta Force del ejército estadounidense: “Estamos preparados para tomar el poder”. Pero, ay, no era ella la elegida sino Delcy Rodríguez, la vicepresidenta venezolana, a quien Donald Trump bendijo en su comparecencia en Mar-a-Lago para pilotar junto a él una transición en Venezuela. Algo que ha confirmado el secretario de Estado, Marco Rubio, pocas horas después en una entrevista en el New York Times: "Creemos que tendrán oportunidades únicas e históricas de brindar un gran servicio al país, y esperamos que las aprovechen”.
A la oposición, que había celebrado el bombardeo de su propio país con tal de ver a Maduro esposado y transportado a Estados Unidos, le duró poco la alegría. Las objeciones de Trump hacia Machado por no contar con el “apoyo” y el “respeto” de su pueblo dinamitaron las expectativas de una disidencia que, una vez más, estaba convencida de que había llegado la hora final del chavismo.
Eso mismo debió de pensar Leopoldo López a principios de 2014 cuando organizó, junto a Antonio Ledezma y la propia Machado, una campaña de protestas callejeras a la que bautizaron como “La Salida”. Las guarimbas (violentas algaradas callejeras) ya se habían hecho populares en tiempos de Chávez pero en esta ocasión López tramaba que la ira de sus seguidores derivara en una insurrección contra un Maduro que llevaba apenas unos meses en el poder tras la muerte de su mentor ideológico en marzo de 2013. La conspiración dejó un saldo de más de 40 muertos, decenas de heridos y varios cientos de detenidos. El líder de Voluntad Popular fue condenado y se erigió en el máximo exponente de una oposición que pretendía encontrar en la calle, y en algunos cuarteles, lo que todavía no había conseguido en las urnas. La figura de López se iría eclipsando tras su huida del país en 2020, previo paso por la embajada de España, y su exilio dorado en Madrid.
Si Chávez lograba en las urnas (con elecciones en las que rondaba el 60%) y en la calle (con multitudinarias manifestaciones de apoyo) contener a la oposición gracias a su carisma, Maduro se vio casi siempre sobrepasado por su propia incapacidad política y por el progresivo desgaste del chavismo. Un mes después de la muerte del comandante, se celebraron unas elecciones en las que Maduro se impuso por la mínima (apenas 1,5 puntos de diferencia) ante Henrique Capriles, un dirigente que ha ido moderando su discurso con el paso del tiempo.
En plena crisis económica y social, el mandatario reprimió a sangre y fuego las protestas callejeras de 2017. Amnistía Internacional denunció cientos de violaciones a los derechos humanos. Maduro salió airoso del repudio internacional y las sanciones impuestas contra su Gobierno y renovó su mandato presidencial en 2018 con una artimaña: el veto a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la principal coalición opositora, que se vio marginada del proceso electoral por la inhabilitación de sus principales líderes y partidos políticos.
El fiasco de Guaidó
También creyó en el desmoronamiento del chavismo el diputado Juan Guaidó. La oposición había dado un gran paso democrático al vencer en las elecciones legislativas de 2015, pero su respuesta ante el gesto autoritario de Maduro de bloquear la nueva Asamblea le conduciría de nuevo al ostracismo. Volvieron las protestas callejeras y Guaidó se autoproclamó en 2019 “presidente encargado” de Venezuela, un cargo simbólico. La campaña internacional se puso en marcha y el mandatario fake fue reconocido por Estados Unidos y la Unión Europea. Al mismo tiempo, se bloquearon activos millonarios de Venezuela en el exterior. La estrella de Guaidó se iría apagando poco a poco, denostado incluso por sus propios compañeros de viaje y envuelto en un escándalo de corrupción.
Con la guerra de Ucrania como telón de fondo, Caracas incluso consiguió que en 2022 la Casa Blanca, con Joe Biden en el poder, revirtiera algunas sanciones comerciales para vender su preciado petróleo a la entonces necesitada economía estadounidense.
En las últimas elecciones presidenciales, celebradas en julio de 2024, la oposición no se desanimó y propuso a un candidato prácticamente desconocido, Edmundo González Urrutia, ante la inhabilitación de su principal baza electoral: María Corina Machado. El rechazo del régimen a mostrar las actas electorales de esos comicios fue considerado por una parte de la comunidad internacional como una prueba de que Maduro había perdido la contienda. Pese a ello, el líder bolivariano se proclamó vencedor y revalidó su presidencia. El chavismo había ganado una nueva vida.
Contra todo pronóstico, la Venezuela chavista ha ido superando crisis tras crisis, intentos de desestabilización, atentados frustrados contra Chávez y Maduro, y sanciones económicas internacionales. Un cuarto de siglo después, la oposición volvió a marcar una fecha en el calendario tras contemplar cómo se iluminaban por el fuego Caracas y otras zonas del país. El 3 de enero de 2026 —ahora sí— iba a ser el día en que el régimen pasaría a mejor vida. Sin embargo, el chavismo, aunque herido de gravedad, continúa de momento en el poder.
¿Tiempo de negociación?
Sin que haya todavía una explicación clara de cómo pudo una unidad de élite secuestrar en su residencia a Maduro y su esposa, Cilia Flores, traspasando todos los anillos de seguridad del mandatario, las palabras dedicadas por Trump a Rodríguez en Mar-a-Lago sugerían una negociación con la vicepresidenta. Tras un silencio de varias horas, Delcy se mostró desafiante al presidir el Consejo de Defensa de la Nación. Ante la cúpula del régimen, declaró solemnemente que Maduro (preso ya en Nueva York y acusado de narcotráfico y corrupción) seguía siendo el presidente del país. Al hacerlo, y considerar por tanto su ausencia como temporal, no se activarán los mecanismos constitucionales para la celebración de elecciones en el plazo de un mes, tal y como sucedió cuando falleció Chávez (por ausencia absoluta del mandatario). Esa temporalidad (artículo 234 de la Constitución venezolana) le otorga a Rodríguez un tiempo precioso (hasta 180 días si así lo decide la Asamblea Nacional) para conducir una eventual transición con la Casa Blanca.
No se conocen los términos de esa hipotética negociación pero en Washington han podido interpretar que una caída del chavismo de manera fulgurante generaría un caos ingobernable. Como ha confesado el propio Trump, el petróleo es su oscuro objeto del deseo. Las ingentes reservas de Venezuela bien valen un gran despliegue militar como el que ha implementado Estados Unidos en el Caribe. Pero el precedente de la invasión de Irak a principios de siglo, con milicias armadas y sabotajes de pozos petrolíferos continuos, tal vez haya llevado a Trump (más pragmático que los halcones de la Casa Blanca: Marco Rubio, secretario de Estado, y Pete Hegseth, secretario de Guerra) a reconsiderar su posición y permitir que un chavismo más dialogante (según su versión, Rodríguez se plegó a hacer lo que le pidieran) se preste a sus intereses: el control de la industria petrolera venezolana por parte de las empresas norteamericanas. Con Machado en el Palacio de Miraflores, el magnate republicano tendría todos los recursos naturales a su alcance, pero en un país tal vez incendiado por milicias chavistas, guerrillas colombianas y carteles de la droga. Si el Gobierno venezolano cede e intercambia continuidad por petróleo, la paz estaría prácticamente asegurada. Sería la enésima vida del chavismo.