Telón de sueños muertos

Luna baja - Francisco Díaz de Castro

Renacimiento. Sevilla. 2025

La poesía de Francisco Díaz de Castro siempre ha transitado por la línea fronteriza entre el apunte celebratorio y la reflexión elegiaca. Asimismo, aunque de textura esencialmente figurativa, en sus versos hallamos a menudo fulguraciones metafóricas que remiten a un estadio intermedio entre el sueño y la vigilia. En la más reciente entrega del autor, Luna baja, se acentúa la voluntad de unir los contornos de una realidad desleída con las brumas de un mundo onírico habitado por presencias inquietantes. De hecho, pese a que estamos ante un volumen unitario, que no se subordina a la organización en apartados y subapartados, hallamos varios núcleos temáticos que funcionan como destilación de las preocupaciones recurrentes en la obra del escritor.

Ya en el poema inaugural encontramos la evocación de una ciudad (“en que fui joven / hace ya muchos años”) que no se corresponde con ningún enclave geográfico preciso, pues el paso del tiempo ha desfigurado los recuerdos hasta dibujar “alucinados recorridos”. Esa mirada alucinatoria nunca había tenido tanta relevancia en la producción del autor como en esas composiciones iniciales, en las que el paisaje urbano o la autocontemplación delante de un espejo adquieren la condición de sombríos trampantojos: si en “La puerta” las calles “interminables, sucias, laberínticas” conducen a la oscuridad, en “Espejo” el rostro que devuelve el azogue se confunde con los trazos expresionistas que contemplamos en los retratos de Francis Bacon. Incluso los testimonios destinados a custodiar la memoria privada (fotografías familiares, postales del verano) se resuelven en indicios de una cotidianidad evanescente.

La nostalgia solo resulta algo más indulgente cuando se proyecta sobre la recreación de ciertos espacios juveniles: véase “Cine Palacio, 1964”, una viñeta protagonizada por aquellas parejas que, buscando uno de los escasos lugares propicios al amor en los años sesenta, se desentendían de los acontecimientos de la pantalla para entregarse a los “juegos de manos” a los que cantaba Joaquín Sabina (en palabras de Díaz de Castro, “a la breve ocasión del tacto mercenario / de la sesión de tarde”). La reconstrucción de ese nuevo palacio del cinematógrafo aporta una dimensión carnal a la descarnada melancolía que se adhiere a los objetos animados que pueblan diversas secuencias (una colección de pipas, un adorno roto accidentalmente), y al réquiem por los amigos desparecidos (Almudena Grandes y Antonio Jiménez Millán, a quienes se dedican sendas elegías en las que la reviviscencia entrañada alterna con la constatación funeraria).

La claridad serena

Si bien esa tonalidad introspectiva predomina en Luna baja, otras piezas regresan a paisajes y obsesiones reconocibles en la escritura de Díaz de Castro: los espacios portuarios (“Faro”, “Puerto”), que resumen “la belleza impura de vivir”, o la fotografía, como se advierte en “Los niños de La Chanca” —inspirada en la serie de Pérez Siquier—, pero también en la tersura fotorrealista de estampas caracterizadas por una sugerente plasticidad, como “Luna negra” o “La luz”. También en los compases finales del libro abundan las referencias a un universo cultural que no actúa como correlato erudito, sino que se erige en un mínimo consuelo frente a los sinsabores biográficos. Las “notas azules” del blues y los acordes del jazz (John Coltrane, Thelonious Monk), así como la dedicación a la lectura (Robbe-Grillet, Claudio Rodríguez, Carver), conviven con una galería ecfrástica donde se exponen obras de Man Ray y de Marcel Duchamp, junto con una espléndida transposición verbal de La Venus del espejo, que representa “el triunfo de la carne / despojada de adornos, sólo cuerpo, / para que sobreviva / el deseo en nosotros / hasta que el tiempo acabe”.

Aunque en Luna baja se aprecian las notas que definen la retórica de madurez del escritor, no hay una renuncia a la búsqueda de nuevos registros expresivos. Destaca en este sentido la versatilidad de la forma breve, que se ajusta a los barrotes métricos del haiku (“Cementerio”, “Mirlo”) o que se comprime en una píldora aforística: “¿Son mis ojos / o soy yo?”, leemos en “Mala vista”, que dialoga con la “Vista cansada” de Ángel González y de Luis García Montero. En ocasiones, el corolario pesimista es compatible con el juego verbal, como sucede en “Ver solo”, donde la tilde marca la diferencia: “Ver sólo y ver yo solo, / porque nada importamos ni yo ni tarde alguna”. Con todo, esa sabiduría proverbial se condensa en los últimos textos del libro, en los que el “telón de sueños muertos” y la capitulación de la ceniza contrastan con el impulso afirmativo de “Amanecer” o “Don”, en el que “mi cuerpo comulga / con tanta plenitud de ser / hoy, todavía”. He aquí el nuevo testimonio de una voz familiar que demuestra que la auténtica poesía necesita la observación y el pensamiento como ingredientes indispensables, a los que se pueden añadir una pizca de desengaño, unas hebras de ironía y unas gotas de hedonismo.

* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.

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