ARCO 2026: una edición conservadora en la que el futuro se ha quedado viejo

Feria ARCO 2026.

Este miércoles se ha inaugurado la cuadragésima quinta edición de ARCO. En lo geopolítico, la feria abre sus puertas mientras la guerra desatada por Estados Unidos e Israel en el golfo Pérsico escala de manera imprevisible: cerrado el estrecho de Ormuz, el gas duplica su cotización y los hidrocarburos amenazan una nueva escalada inflacionaria a nivel mundial. En lo material, esta edición comparte el recinto de Ifema con el "World Olive Oil Exhibition" y con "Expodental", foro privilegiado para ortodoncistas y sacamuelas. La vida está llena de contrastes.

Un año más, los pabellones siete y nueve acogen el tradicional batiburrillo de galerías. En esta ocasión son doscientas once, vienen de treinta países y se reparten entre el programa general (ciento setenta y cinco) y las secciones comisariadas. A saber, "Opening" (compuesto por diecinueve galerías jóvenes que aspiran a integrarse en el general), "Perfiles | Arte latinoamericano" (once proyectos protagonizados por once artistas procedentes de esa región) y "ARCO2045: el futuro, por ahora", concepto que —sorprendentemente— repite en la tarea de llenar el espacio otrora dedicado a un país invitado.

Esta nueva revisión del porvenir (el primer advenimiento del "futuro" ocurrió en 2018) está comisariada por Magali Arriola y José Luis Blondet y consiste en una concatenación desvaída de obras variopintas y feúchas que nos presagian un destino lleno de monigotes con ramitas (Liv Schulman), escenas comiqueras a lo Robert Crumb (José Luis Sánchez Rull), criaturas grotescas con cabeza de caballito de mar (Heike Kabisch), pinturitas naives en estilo secuencial (Akira Ikezoe) o una revisitación en formato cutre de la Judith y Holofernes de Caravaggio (Thomas Hirschhorn). Para colmo, el conjunto se envuelve con unos visillos vaporosos que hacen de separadores; ya me perdonarán que no me entusiasme.

En general, no les diría que estemos ante una edición apasionante, quizás porque muchas de las galerías nacionales han optado por llenar sus stands con remanentes de sus últimas exposiciones. En F2, por ejemplo, podemos reencontrarnos con los cuadros sobre terciopelo mostrados por Jorge Diezma en Montonera; y en Alarcón Criado con un fragmento de la instalación Lengua en coro, cuenta de Cristina Mejías, donde también hallamos esculturas de las últimas muestras de Mercedes Pimiento o de Pedro G. Romero en la galería sevillana. En este mismo sentido, en ArtNueve rescatan una instalación de gran formato de Christian Lagata (una suerte de columna cilíndrica que enhebra un conjunto de elementos horizontales); en Juan Silió cuadros de Philipp Fröhlich y esculturas de Carlos Irijalba o en Rafael Ortiz unos cuadros predominantemente dibujísticos de Curro González que pudimos ver unos meses atrás en su fantástica exposición en la Sala Santa Clara de Sevilla. Lo digo, claro, como una constatación, no como un reproche: ARCO es una feria internacional y es de esperar que muchos de sus visitantes no hayan tenido ocasión de ver estas obras con anterioridad (y, por supuesto, no podemos exigir a los artistas que satisfagan alegremente nuestro afán de novedades).

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Yendo a los géneros, diría que en esta edición se mantiene un cierto auge de lo textil (en un sentido amplio). Por citar algunas: las piezas trenzadas de Teresa Pereda en la galería bonaerense Herlitzka & co., los tejidos de maguey de Antonio Pichillá en la carioca Portas Vilaseca; las tramas de Olaf Holzapfel en Livie Gallery (Zúrich), las columnas de lona y cartón, y los lienzos bordados de Julia Huete en Nordés (A Coruña), los redondeles de fibra de agave de Klára Kutcha en ACB (Budapest), los grandes textiles de Josep Grau-Garriga en Sabrina Amrani (Madrid), las esteras de Sonia Navarro en T20 (Murcia) o los seres acolchados de Selva De Carvalho en la galería Krinzinger (Viena). También, de los materiales pobres: las ropas de cartón de Sandra Poulson en ChertLüdde (Berlín), las azadas oxidadas en forma de arbolito de Nuno Nunes-Ferreira en Juan Silió (Madrid) y una buena ración de obras en papel.

Igualmente, prevalece una inclinación en las galerías por representar ampliamente a sus escuderías artísticas, lo que necesariamente se traduce en un poco de todo y un mucho de nada. Para combatir esta dispersión se ha hecho popular una fórmula híbrida, consistente en adosar (al escaparate atiborrado de firmas) un espacio dedicado al proyecto individual de algún artista o, como mucho, a un diálogo más o menos pausado. En esta categoría, me han interesado especialmente el de Miriam Cahn y June Crespo organizado por las galerías Ehrhardt Flórez y Meyer Riegger, el solo de Nadia Barkate en Maisterra, y el de Amparo de la Sota en Galería Alegría (más textil) y las ya mentadas de Curro González, por más que las conociese.. Sin embargo, hay quien apuesta directamente por este formato más expositivo y menos ferial, como han hecho en esta ocasión la galería Belmonte con una interesante propuesta protagonizada por Andrés Izquierdo y Ángela Suárez, la W-Galería con los trabajos de Seba Calfuqueo sobre evangelización y sincretismo en el pueblo mapuche, la propuesta de El Chico (Irene Anguita y Estefanía B. Flores) y Spiritvessel (Víctor Jaenada) para su stands del opening o el sensacional estand de The Ryder Project, en el que hábilmente (retórica y formalmente) se han puesto a dialogas las obras de Miguel Benlloch y Ana Laura Aláez; probablemente, el espacio mejor articulado y más interesante de la feria.

ARCO 2026 no pasará a la historia como una edición especialmente contestataria ni arriesgada, por más que haya alguna obrita vocinglera, como la orgía de políticas de Kubra Khademi o el barril Brent que Eugenio Merino ha adornado con Declaración Universal de los Derechos Humanos. Estando como está el mundo como está, ambas resultan como poco infantiles.

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