Starmer en la cuerda: “El paisaje político británico nunca ha sido tan cambiante”
El vehículo va directo hacia el abismo, pero Keir Starmer no tiene intención de ceder el volante. En una reunión con los miembros de su gabinete celebrada la mañana del martes 12 de mayo, el primer ministro británico, debilitado por los resultados de las elecciones locales del viernes en Gran Bretaña, dijo que no dimitiría.
“El Partido Laborista cuenta con un procedimiento que permite impugnar el liderazgo, pero no se ha puesto en marcha”, declaró Starmer ante sus ministros. “El país espera que sigamos gobernando. Eso es lo que estoy haciendo y lo que debemos hacer como Gobierno”. De hecho, nadie se ha atrevido aún a desafiarlo. Las normas del Partido Laborista estipulan, a este respecto, que un candidato debe contar con el apoyo de ochenta y un parlamentarios para aspirar al liderazgo.
Pero la presión contra él va en aumento desde las filas laboristas. Cerca de noventa diputados de la Cámara de los Comunes ya han pedido a Keir Starmer que dimita, ya sea a corto o medio plazo. Otros cien, como respuesta, han redactado una carta para afirmar que no es momento de celebrar unas elecciones internas. Un alivio para Starmer, aunque, en el momento de escribir estas líneas, se están empezando a anunciar ya dimisiones en su gabinete.
Miatta Fahnbulleh, la ministra de Comunidades, cercana al secretario de Estado de Energía, Ed Miliband, anunció la suya el martes y pidió al primer ministro que dimitiera. Otra, Jess Phillips, responsable de Protección de la Infancia, la siguió a lo largo del día. Alex Davies-Jones, responsable de Víctimas y originaria de Gales, donde el Partido Laborista sufrió una derrota muy abultada, también dimitió por la tarde.
Pauline Schnapper, profesora de civilización británica contemporánea en la Universidad de la Sorbona-Nouvelle, analiza las consecuencias de las elecciones del 7 de mayo, ya sean inmediatas, en lo que respecta al destino incierto de Starmer, o a más largo plazo, en lo que se refiere a los equilibrios políticos en las diferentes naciones que componen el reino.
Mediapart: Se estrecha el cerco en torno a Keir Starmer. ¿Cuáles son los factores y los cálculos que hacen que su posición sea más incierta que nunca, cuando no han faltado retos en los últimos dos años?
Pauline Schnapper: Hay un efecto de acumulación. Su impopularidad no es de ahora, se manifestó poco después de su llegada al 10 de Downing Street en el verano de 2024 y ha perdurado hasta ahora. La anterior oleada de elecciones locales en Inglaterra, el año pasado, ya estuvo marcada por una victoria de Reform UK [el partido de extrema derecha de Nigel Farage – ndr]. Las elecciones del pasado viernes se consideraban, por tanto, su última oportunidad para remontar el vuelo.
Starmer adolece de una personalidad muy poco carismática y de haber dado muy pronto la desafortunada impresión de no saber adónde va. Un ejemplo lo dice todo. Se ha visto perjudicado por dos decisiones consecutivas: suprimir las ayudas para la calefacción en invierno destinadas a los jubilados y luego dar marcha atrás. Desorientó al núcleo electoral del partido, demostrando al mismo tiempo que parecía carecer de una visión clara sobre su margen de maniobra. A esto se sumó el caso Mandelson [nombrado embajador en Washington a pesar de sus vínculos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein – ndr].
Además, no hay que subestimar un fenómeno que conocemos bien en Francia y en otros lugares de Europa: un desencanto político generalizado hacia la clase política tradicional. No es casualidad que Reform UK y el Partido Verde estén en auge en este momento. Se percibe una tendencia hacia el ¡váyanse! en el electorado.
Si Starmer fuera desafiado y dimitiera durante su mandato, ¿nos encontraríamos ante un caso sin precedentes en la historia de los primeros ministros laboristas?
Este caso ha sido relativamente frecuente en el bando contrario de los conservadores, que han sustituido a su primer ministro en varias ocasiones. Entre los laboristas, no hay realmente ningún precedente comparable desde 1945.
Hay sin embargo algo en común con la salida programada de Tony Blair, que se vio sometido a presión tras su tercera victoria, en 2005, a pesar de la impopularidad de la guerra de Irak y de una mayoría muy reducida en la Cámara de los Comunes. La presión sobre él era tal que anunció su salida para 2007. Hay que señalar, sin embargo, una diferencia con nuestra época: la existencia de un sucesor claro en la persona de Gordon Brown. En 2026 no aparece nadie como líder aglutinador.
Ya se empieza a vislumbrar una lucha entre la facción más centrista del partido (cuyo supuesto líder sería Wes Streeting, ministro de Sanidad) y su ala izquierda moderada, conocida como soft left (cuyos responsables más citados son el alcalde de Mánchester, Andy Burnham, la diputada Angela Rayner, exvicepresidenta del partido, o incluso Ed Miliband, responsable de Energía en el Gobierno). Teniendo en cuenta que el ala más a la izquierda es muy débil, ya que muchas de sus figuras han abandonado el partido o han sido expulsadas, como el antiguo líder Jeremy Corbyn.
La sustitución de Starmer no se decidirá únicamente en función de la línea política, sino también de una dimensión más personalista. No se descarta que sea sustituido por un dirigente con una línea muy similar a la suya, pero cuya visión y capacidad de liderazgo sean más claras.
Andy Burnham, que pertenece a la soft left, es sin duda el más popular dentro del partido. Su problema es que no es parlamentario en este momento, algo necesario para convertirse en primer ministro. Por eso sus partidarios desean ganar tiempo, con el fin de organizar su regreso. No quieren una dimisión inmediata de Starmer, sino que sea programada para los próximos meses. Los partidarios de Streeting, por el contrario, presionan para que se celebren elecciones rápidas con el fin de evitar que la línea política cambie en lo fundamental.
Hace años que se habla de la ruptura del bipartidismo británico. En este sentido, ¿cómo interpreta los resultados de las elecciones del 7 de mayo?
En términos de votos, el bipartidismo desapareció hace tiempo, pero ha quedado oculto por el sistema electoral, muy restrictivo. Este elimina todas las candidaturas que no están en cabeza en cada circunscripción, lo que amplifica la victoria del partido que va por delante de los demás. Eso se vio muy claramente en 2024. La avalancha de escaños del Partido Laborista se logró con apenas un tercio de los votos, cuando antes los partidos vencedores estaban más cerca del 40 %.
Reform UK ocupa el segundo puesto en Gales, algo impensable hace unos años
Si observamos y proyectamos los resultados de las elecciones locales del 7 de mayo en Inglaterra, nos encontramos con cuatro partidos muy igualados, situados entre el 15 % y el 20 %, y un partido de extrema derecha que los supera, Reform UK, con alrededor del 25 %. En unas elecciones nacionales con un sistema electoral sin cambios, tal configuración le permitiría, si no obtener la mayoría absoluta, al menos acercarse a ella. Sería algo inédito.
Pero hay que ser muy cautelosos: la incertidumbre es lo que más caracteriza este periodo. El panorama político nunca ha sido tan cambiante como desde 1945.
Nigel Farage afirma que Reform UK es “el único partido nacional auténtico”. ¿Qué quiere decir con eso?
Esa afirmación se debe a que Reform UK y su predecesor, el UKIP, que Farage dirigió durante veinte años, han sido partidos considerados muy “ingleses”. En Escocia y Gales, este tipo de partido no se percibía como un movimiento al que se pudiera votar si se tenía una conciencia nacional.
Eso ha cambiado radicalmente: Reform UK ocupa el segundo puesto en Gales, algo impensable hace unos años. El Partido Laborista ha quedado relegado al tercer puesto, lo que para él supone una catástrofe ya que marca el fin de una tradición muy antigua. Y Reform UK también ha irrumpido con fuerza en Escocia. El partido ha captado parte del electorado unionista en ambas regiones, con ciudadanos opuestos a los nacionalistas locales.
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Número de escaños ganados en el Parlamento
Tampoco hay que olvidar que el caballo de batalla de Reform UK es el sentimiento anti inmigración. Circulaba una especie de mito según el cual solo los ingleses eran más hostiles a la inmigración que las otras naciones. En realidad, ese sentimiento existía y estaba documentado en las encuestas de opinión, al igual que el rechazo a las élites y la sensación de ser maltratados por el Gobierno central. Estas actitudes encontraron una salida electoral común.
En general, a los partidos tradicionales les cuesta construir una oferta que responda a las preocupaciones identitarias y culturales del electorado. El Partido Conservador va a la zaga de Reform, sin que eso le haya permitido recuperar votos por el momento, y el Partido Laborista se ve en apuros con una parte de su electorado que quiere más gasto público y que es bastante hostil a la inmigración.
Por primera vez, los tres nacionalismos periféricos están en el poder en las asambleas parlamentarias “otorgadas” del Reino Unido. ¿Es esto una señal de que esta descentralización funciona, o hay que ver en ello los gérmenes de una desintegración?
La desintegración del reino es poco probable a corto plazo. El sentimiento independentista no es mayoritario en Escocia, donde apenas ha avanzado desde el referéndum de 2014. En Gales, ha progresado en las últimas dos o tres décadas, pero no supera el 20-30 %. Por lo demás, el tamaño y la fragilidad económica de la región hacen poco creíble el escenario de una independencia a medio plazo.
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Escaños ganados en el Senedd, el Parlamento galés. Debido al nuevo sistema de votación, un sistema proporcional plurinominal, el número de diputados ha pasado de 60 a 96.
Desde 1999, la transferencia de competencias se limita a asuntos importantes a nivel local (como la sanidad o la educación), pero no estratégicos a nivel nacional. Por lo tanto, la distribución de poderes no puede afectar realmente a la coherencia de la actuación del Gobierno central.
El desgaste prematuro de Starmer
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Lo que es más probable que ocurra son tensiones en las relaciones entre los diferentes niveles de gobierno. Al Gobierno escocés le puede interesar mostrar hasta qué punto sus políticas difieren de las que se aplican en Londres. En Gales también es posible, pero los nacionalistas galeses tendrían que aliarse con otro partido para obtener la mayoría, lo que podría limitar sus intentos de mantener tensiones con Londres.
Traducción de Miguel López