El viaje de Bad Bunny: de actuar en un pequeño pueblo de Badajoz a convertirse en el archienemigo de Trump

Bad Bunny durante su actuación en la Super Bowl en 2026.

¿Se acordaría Bad Bunny mientras arrasaba el pasado febrero en la Super Bowl del concierto que dio el 13 de julio de 2018 en Puebla de la Calzada? Un día no tan lejano en el que actuó a las siete de la tarde en este pueblo pacense de 5.800 habitantes y antes de medianoche estaba sobre el escenario del Auditorio Rocío Jurado de Sevilla. Un esforzado doblete para la estrella en ciernes porque, como decía aquella famosa serie de los ochenta: "Tenéis muchos sueños, buscáis la fama, pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar… con sudor".

El sudoroso precio de la fama lo empezó a pagar el otrora reguetonero arrabalero en nuestro país en la Autovía de la Ruta de la Plata (A-66). Muy cerquita de Don Benito, en lo que bien podría tomarse como una especie de señal astral, pues una vez convertido en icono pop de nuestro tiempo ha trascendido ya su infantil nombre artístico como promesa emergente del trap latino para ser conocido en toda la galaxia como Don Benito Antonio Martínez Ocasio, de Puerto Rico (y archienemigo inesperado de Trump, pero sobre eso volveremos más adelante).

Huelga recordar que Bad Bunny debutó en los escenarios españoles el 5 de abril de 2017 en la Sala Moon de Valencia, con capacidad para 900 personas y entradas a 20 euros. Otro dato: el 23 de abril de aquel mismo año actuó a diferentes horas del mismo día en Bilbao, Pamplona y Zaragoza. Qué diferentes resultan aquellos empeños en llegar a la gente con la inminente visita del astro del momento —artista más escuchado del planeta en Spotify en 2020, 2021, 2022 y 2025—, en la que ofrecerá dos recitales en el Estadi Olímpic de Barcelona (22 y 23 de mayo) y hasta diez acto seguido en el Metropolitano de Madrid. Ahora que ya no necesita hacer kilómetros para darse a conocer, es el público el que acude en masa a su llamada. 

No siempre fue así, por supuesto. Ya hemos visto el afán kilométrico que mantuvo durante sus primeras visitas a España, mientras en paralelo no paraba de publicar singles y encadenar colaboraciones con multitud de artistas, adaptándose a los parámetros musicales del género urbano latino y a sus clichés líricos, principalmente machistas y misóginos. "Sigue tu camino que sin ti me va mejor (me va mejor), ahora tengo a otras que me lo hacen mejor. Si antes yo era un hijueputa ahora soy peor, ahora soy peor, ahora soy peor por ti. Hoy yo no quiero fumar regular (no, no), tráiganme un kush que me haga sentir espectacular, para celebrar que ya no estás tú para especular, ni joderme por todos los culos que tengo en el celular", canta en su segundo sencillo y primer éxito moderado, Soy peor, lanzado en diciembre de 2016.

Machista y explícitamente sexual

Con el reguetón en el punto de mira por el contenido machista y violento de sus letras, el joven aspirante a estrella se colocó en el centro de la diana de las críticas a medida que sus composiciones fueron ganando popularidad. Es por ello que los dardos contra sus primeras canciones se centraron en el contenido explícitamente sexual, la cosificación de la mujer, el vocabulario soez y la sempiterna apología del estilo de vida del trap con drogas, ostentación, hedonismo y desprecio por las normas sociales. La imagen de Bad Bunny, tan colorida como extravagante, terminó de polarizar de inmediato a una audiencia cada vez más amplia, heterogénea y, por ello mismo, enfrentada a favor o en contra, sin término medio posible.

Todos esos elementos están en mayor o menor medida en la gran parte de la veintena de sencillos que publicó antes de su primer disco, X 100pre, lanzado en diciembre de 2018 y que, a pesar de ser valorado musicalmente, estaba repleto de drogas, violencia, sexo desde un punto de vista cosificador, el dinero como método de posesión, fomento de la rivalidad femenina y un resentimiento hacia la mujer que pone en duda incluso el consentimiento. Una fórmula repetida en su segundo álbum, YHLQMDLG (2020), en temas como Safaera, repleta de lindezas: "Qué falta de respeto, mami. ¿Cómo te atreve' a venir sin panty? Hoy saliste puesta pa' mí. Yo que pensaba que venía a dormir, no. Vino ready ya, puesta pa' una cepillá'. Me chupa la lollipop, solita se arrodilla, hey".

Al mismo tiempo, Bad Bunny era reconocido como pionero por introducir el trap latino en el mercado anglosajón y se convertía en 2020 en el primer artista urbano latino en ser portada de la revista estadounidense ‘Rolling Stone’, justo después de pasar por la Super Bowl como invitado de Shakira y Jennifer Lopez. Logros enormes (que sumar a muchos otros que no viene al caso enumerar por ser interminables) y que no hacían otra cosa que profundizar en la contradicción entre las letras explícitas e hipersexualizadas de muchas de sus canciones y un discurso público inclusivo y aliado con el feminismo, en el que incluso hablaba de la sexualidad como algo fluido, como en estas declaraciones a ‘Los Angeles Times’: "Al final del día, no sé si en 20 años me gustará un hombre. Uno nunca sabe en la vida. Pero en este momento soy heterosexual y me gustan las mujeres".

En una carrera de exposición permanente como la que tuvo el puertorriqueño entre 2016 y 2020, con apenas espacio entre lanzamientos, resulta relativamente complicado apreciar la evolución, pero desde luego hay dos puntos de inflexión. El primero, Yo perreo sola (2020), tema que denuncia el acoso sexual a las mujeres y en cuyo videoclip baila vestido de drag queen mientras canta: "Que ningún baboso se le pegue (¡no!), la disco se prende cuando ella llegue (¡wuh!)". 

El segundo, Afilando los cuchillos (2019), canción junto a Residente y la cantante iLe para exigir la dimisión del gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, tras la filtración de unos chats privados en los que el político y sus colaboradores lanzaban comentarios homófobos y sexistas contra sus críticos, en un contexto de descontento ciudadano al que hay que sumar los escándalos de corrupción, la escasa actuación ante el desastre del huracán María y la crisis económica. Poniendo banda sonora a unas protestas que sacaron a medio millón de puertorriqueños a las calles, aparecía así el Bad Bunny activista, voz política y cultural contemporánea de la isla caribeña, que, recordemos porque no es un detalle menor en el posicionamiento artístico y anticolonialista del artista, es un territorio no incorporado de los Estados Unidos.

Porque, mientras se convertía en icono para la comunidad queer (primero latina, luego mundial) y se desprendía progresivamente de la desmesurada carga machista de sus letras (y a su vez de las críticas por ser un hombre que retaba las normas del machismo pero reproducía parte de ellas), el proceso de maduración de Benito se apreciaba también y, principalmente, en su música, al incorporar cada vez más géneros tropicales y latinos como merengue, bachata, bolero, bossa nova, mambo o jíbaro a la base de reguetón, trap latino y dembow dominicano. Es la música popular como herramienta de protesta, resistencia e identidad y, contra todo pronóstico, herramienta para alcanzar el éxito global máximo sin renunciar a lo local ni al español (esto, como ya sabemos, tampoco le gusta nada de nada a Trump).

El punto culminante de esta evolución es su más reciente disco, el que le mantiene de gira por todo el mundo y que presenta ahora en grandes estadios españoles, Debí tirar más fotos (2025), en el que el boricua denuncia el turismo, la gentrificación y el colonialismo que padece un Puerto Rico vendido, por supuesto, al capital. Así lo plasma en Lo que le pasó a Hawaii: "Quieren quitarme el río y también la playa. Quieren el barrio mío y que abuelita se vaya. No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai. Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawaii. Ten cuida'o, Luis, ten cuida'o. Aquí, nadie quiso irse, y quien se fue sueña con volver. Si algún día me tocara, qué mucho me va a doler. Otra jíbara luchando, una que no se dejó, no quería irse tampoco y, en la isla, se quedó. Y no se sabe hasta cuándo".

"Tás escuchando música de Puerto Rico, cabrón. Nosotro' nos criamo' escuchando y cantando esto. En los caserío', en los barrio'. Desde los 90 hasta el 2000, por siempre", vindica Bad Bunny, más Benito que nunca, en EoO, otra de las composiciones de orgullo patriótico de un álbum en el que incluso las bebidas autóctonas, como el café con ron y el pitorro de coco, se convierten en títulos con su propia personalidad espirituosa boricua. Una reivindicación contra el sistema (desde el núcleo mismo del sistema), canción protesta lanzada al mundo desde la pista de baile, con el español por bandera en un momento en el que los latinos son especialmente castigados en la búsqueda obligada del antaño conocido como 'sueño americano', que ahora ojalá fuera al menos una duermevela y no la terrible pesadilla que a tantos de golpe y porrazo despierta.

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Es así como Bad Bunny se convierte en el estandarte para golpear a Donald Trump desde dentro, desde el corazón de Estados Unidos, colonizando en español algo tan gringo como la Super Bowl —la final de la liga de fútbol americano, para entendernos—. O desde la gala de los Grammy, donde lanzó en febrero un mensaje claro —"¡fuera ICE!"—, antes de proclamar: "No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens, somos humanos y somos americanos". 

Una semana después, con millones de personas mirándole —el show en el intermedio de la Super Bowl Bad Bunny generó más de 4.000 millones de visualizaciones en redes sociales en las primeras 24 horas—, clamó: "¡Buenas tardes California, mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio!" Así se presentaba ante el mundo, como si acaso le hiciera falta, en un espectáculo con un mensaje centrado en la unidad de las Américas y el orgullo latino, dejando para la posteridad el lema que instantáneamente se convirtió en grito de guerra en un país con una policía política que deporta inmigrantes ilegalmente y asesina ciudadanos en sus calles: "Lo único más poderoso que el odio es el amor". Un espectáculo que, para sorpresa de nadie, Trump calificó de "terrible" y "uno de los peores de la historia".

Solo el puertorriqueño sabe el trecho que ha recorrido desde aquella tarde de julio en un pequeño pueblo de Badajoz hasta el Levi's Stadium de Santa Clara (California), donde tuvo lugar su coronación en la Super Bowl. De Bad Bunny a Don Benito, de un tiempo a esta parte sin gafas de sol ni estrafalarios estilismos, vestido de blanco impoluto —y aliado de las principales marcas de moda, la más reciente, y española, Zara— para lanzar su mensaje de respeto, unidad y amor a un mundo, cuanto menos, distópico. De reguetonero criticado por sus letras a icono absoluto de la cultura popular de nuestro tiempo y de la lucha por un planeta menos violento y más justo. Menudo camino, Benito.

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