Refugios climáticos y otras derivas culturales
Entre las notas de prensa que esperaban en mi buzón, una brillaba con particular fulgor. "El Museo Reina Sofía", decía el asunto, "refugio climático y cultural". El interés, creo, me venía por la coincidencia: no era la primera de esa guisa que recibía esta semana. El CA2M, por ejemplo, acaba de inaugurar su "Fresquera" en Móstoles, "un sitio donde el fresquito se agradece, como cuando te sentabas en la puerta de casa con un botijo al lado y buena compañía". Directitos al corazón de la generación zeta, ¿eh? "No es una actividad", remataba el comunicado: "es una actitud".
Con el comienzo de la canícula, los edificios culturales se ponen a disposición de sus sudorosos usuarios. Temperaturas bajas, una humedad relativa sensata y exposiciones por doquier, ¿quién da más? Dando algunos brincos por internet, descubrí que decenas de instituciones estaban adoptando idéntica medida. Sabía que el Círculo de Bellas Artes estaba habilitando desde el año pasado su Salón de Baile, y que para este fin suelen llenarlo de plantas. También, que los museos más señeros de la capital vuelven a acoger una maratón de «actuaciones flamencas» patrocinadas por el Ayuntamiento, en una iniciativa cuyo eslogan dice: "Refúgiate en la cultura". En Barcelona, según leo, hay "refugios climáticos" en el MACBA, el CCCB y la Fundació Miró, insertados en un plan municipal conformado por quinientos de estos lugares; privilegio con el que, me temo, no cuentan los vecinos de la villa y corte.
Me preocupa que el discurso del 'vente a charlar con las vecinas y te ves unas expos' sea otro síntoma de la reconversión de las artes en un pasatiempo
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En estas circunstancias abrasadoras que padecemos, comprenderán que no vaya a poner un pero a cualquiera que abra su sede refrigerada, pero me sorprende que las instituciones culturales hayan tenido que tomar la iniciativa en este asunto. Y no solo porque la crisis climática sea un hecho incontestable a cuyos efectos deberían responder el conjunto de las Administraciones: también por el calado que pueda tener el latiguillo de la cultura como refugio.
Me pregunto qué implicará convertirse en un oasis. Justo ahora que venimos notando cómo tantas propuestas se esfuerzan en esquivar el conflicto y cómo tantos temas complejos se despachan, una y otra vez, encomendándolos a una mirada poética que pueda evitar cualquier posicionamiento. No me preocupa, entiéndanme, que una institución que cuenta con los medios para hacerlo pueda aliviar los padecimientos del vecindario que le queda próximo, sino que el discurso del vente a charlar con las vecinas, te ves unas expos y te quedas tan pancha (así enunciado) sea otro síntoma de la reconversión de las artes en un pasatiempo; de la programación de los museos en algo blando, orientado al descubrimiento de novedades (una artista que, en sus tiempos, fue más famosa que Warhol; la primera exposición en España de un quinceañero escandinavo; la versión sudafricana del Guernica, etcétera). Porque eso supondría otro clavo en el ataúd de las medio agonizantes capacidades emancipadoras del arte. El museo puede y debe ser un lugar acogedor, insertado en el lugar donde se ubica y, por tanto, atento a las necesidades de quienes lo circundan. Pero no basta con eso: también debería mantener la capacidad de generar conflictos y asombros; y de incomodar (a propios y extraños) y de darse, incluso, como algo desestabilizador y peligroso para quien lo contempla.
Queriendo resguardar estas potencialidades, comprenderán que me preocupe. Más, si de un tiempo a esta parte hay quien insiste en felicitarse porque su museo sea un lugar donde la gente puede ir a hacer cualquier cosa: pasar al baño, disfrutar de la wifi o tomar café. Esa, me temo, es la mejor excusa para que te lo cierren: en un polideportivo, también hay cocacolas y mingitorios.