MUNDIAL DE FÚTBOL
De la venta de derechos a la llamada de Trump: la FIFA suma otro escándalo a tres décadas de oscuros negocios
La FIFA vuelve a estar en entredicho. El órgano rector del fútbol, una de las organizaciones privadas con más poder en el mundo, ha provocado un escándalo mundial que tiene mucho que ver con la amistad entre su actual presidente, Gianni Infantino, y Donald Trump. Una llamada del presidente estadounidense para criticar una decisión arbitral y la reacción de la FIFA retirando una tarjeta roja al futbolista estadounidense Folarin Balogun es el último episodio de una historia de corrupción, geopolítica y poder.
El FIFAgate de 2015 fue el gran bochorno de la organización y acabó en la renuncia del entonces presidente, Joseph Blatter, que había gobernado de manera “dictatorial”, como aseguró Michel Zen-Ruffinen, ex secretario general de la FIFA. Pero los escándalos habían comenzado cerca de diez años antes, en 1996.
El primero fue la cesión a la empresa de patrocinio deportivo International Sport and Leisure (ISL) de los derechos de televisión y marketing. La compañía articuló una red de influencia basada en sobornos a “diferentes delegados de la FIFA y otros de organizaciones dependientes como medios de comunicación y firmas deportivas por más de cien millones de dólares”, aseguró la policía suiza, que se encargó de llevar este primer gran caso de corrupción.
El caso de ISL lo destaparon en 2012 la cadena británica BBC y uno de sus periodistas estrella, Andrew Jennings, lo que acabó con la dimisión de Joao Havelange, que ostentaba la presidencia de la FIFA durante el episodio —y era presidente honorífico cuando salió a la luz—, Ricardo Teixeira y Nicolás Leoz, miembros de su junta directiva.
Antes, en 2004, la FIFA rompió con Mastercard en favor de Visa, incumpliendo el contrato que tenían con los primeros. La sentencia de la Corte Federal de Nueva York criticó con dureza las tácticas y la naturaleza de los negocios de la organización deportiva y dictaminó el pago de una indemnización por valor de 90 millones de dólares de FIFA a Mastercard.
La corrupción ha continuado en la organización a lo largo de los años, como cuando Blatter —siendo presidente de FIFA— aseguró que “las jugadoras de fútbol en ligas femeninas podrían vestir pantalones más ajustados para ayudar al mercado femenino del fútbol” o como cuando en 2010 se negó a investigar a Ibrahim Chaibou, que arbitró varios partidos amañados.
Tráfico de influencias
Las influencias dentro de la organización siempre han tenido la sombra del amaño y la sospecha. Si en 1994 el Mundial se fue a Estados Unidos gracias a la intermediación y un acuerdo comercial con McDonald’s, el de 2002 se terminó celebrando en Corea y Japón, para explotar el mercado asiático y evitar un conflicto político, y en 2022 viajó hasta Qatar en invierno, rompiendo con la tradición de celebrar el campeonato en verano, con la excusa de “convertirlo en un deporte global que rompiera fronteras”. Más tarde, se demostró que también fue a cambio de dinero.
Fueron precisamente este último, y el de Rusia de 2018, los que pusieron el foco sobre los amaños de FIFA. Michael J. García, director de cuestiones éticas de la Federación, acusó al organismo de llevar a cabo una investigación muy tibia de la selección de aquellas candidaturas en las que hubo compra de votos, como se demostró en 2012 con la dimisión de Mohammed Hammam, quien fuera presidente de la Confederación Asiática de la FIFA, por haber pagado cerca de cuatro millones de dólares a representantes del fútbol africano para asegurar las designaciones de Rusia y Qatar.
La dimisión de Hammam dio inició al FIFAGate cuando en 2015, el Departamento de Justicia de EEUU imputó a altos cargos de FIFA, Conmebol (Confederación Sudamericana de Fútbol) y Concacaf (Confederación de fútbol de Norteamérica, Centroamérica y Caribe) dentro de un caso de crimen organizado. Más de dos docenas de dirigentes y asociados quedaron relacionados en un entramado de autoenriquecimiento mediante sobornos vinculados a la adjudicación de mundiales y de derechos televisivos.
La fiscalía estadounidense acusó a 14 personas —nueve autoridades de la FIFA y cinco ejecutivos— de haber recibido o pactado sobornos por unos 150 millones de dólares a cambio de derechos de transmisión, publicidad y patrocinio de torneos y adjudicación de sedes.
Esta investigación provocó la renuncia de Blatter, que prometió una “profunda reestructuración” dentro del organismo rector, lo que provocó que la FIFA, a ojos de los investigadores, “pasase de ser una organización mafiosa a ser la víctima”, como criticó el ya expresidente, que aseguró que “querían mi renuncia para que todo cambiara”.
Nueva era, pero sin cambios
La elección de Gianni Infantino en 2016 fue presentada como el inicio de una nueva etapa, pero la trayectoria posterior apunta a la vieja opacidad de Havelange y Blatter.
Si bien es cierto que Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022 fueron designadas y promocionadas como anfitrionas del Mundial por la emergente pujanza de sus economías en tiempos de Blatter, Infantino siempre ha presumido de gestión por encima del fútbol como deporte.
Al frente de FIFA, ha conseguido grandes ‘pelotazos’ en favor del negocio, como el Mundial de Clubes o este Mundial de 48 selecciones. Como buen tecnócrata, cuando formó parte de UEFA impuso el penúltimo formato de la Champions League, que disparó los ingresos de la competición, y la Liga de Naciones, que suprimió en Europa los amistosos para que las federaciones comercializaran mejor los derechos de retransmisión con un nuevo torneo.
En este mundial de Estados Unidos, Canadá y México, las polémicas por los derechos de retransmisión han dado paso a otras, en este caso por los precios de las entradas: hay billetes que valen más de 1.000 dólares, y los hospitalities, una especie de todo incluido, llegan a los 33.000.
Pero no son las únicas. Ya sentado en el despacho más importante del fútbol global, Infantino defendió mano a mano con Vladimir Putin y con la realeza qatarí las designaciones para albergar el mundial de fútbol. La comunidad internacional las cuestionó por la vulneración flagrante de los derechos humanos en ambos países, por el sportwashing qatarí y ruso.
La FIFA justificó la decisión de llevar la competición a Qatar insistiendo en el potencial del fútbol como agente de progreso social, pero las consecuencias mostraron lo inverso: empezando por las muertes de personas que trabajaban en la construcción de los campos en condiciones de semiesclavitud y acabando por el refuerzo de la dependencia del fútbol respecto a capitales estatales autoritarios y monarquías ricas.
En este contexto, aparece la amistad de Infantino con Trump. El presidente estadounidense utilizó los eventos deportivos como el Mundial de Clubes y este Mundial de 2026 como una arena política perfecta para su narrativa nacionalista.
El último acto de esa relación personal ha sido la llamada a Infantino que Trump destapó y narró al mundo a través de su red social pidiendo que la FIFA retirase la tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun, máximo goleador de la selección. La medida permitió al jugador disputar los octavos de final contra Bélgica.
Trump admite que llamó para “pedir que se revisara la jugada” porque no le pareció falta, y se ha atribuido incluso un supuesto “buen ojo” para interpretar acciones de juego. Infantino, por su parte, reconoce que recibe y atiende llamadas del presidente de EEUU sobre asuntos relacionados con el Mundial, equiparándolas a los contactos habituales con diferentes jefes de Estado.