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¿Por qué 7.906.185 electores votaron al PP el 26J?

Javier Paniagua

Es decir, 669.220 más que el 20D, pero 2.960.346 menos que en las elecciones de noviembre de 2011, donde los populares alcanzaron los 10.866.566 votos. Y con el resultado del 26J parece como si hubieran dado un gran salto. Pero también es cierto que han cortado un poco la sangría y, vistos los resultados de las otras formaciones políticas, parece un gran triunfo. El PSOE, por ejemplo, ha sufrido una pérdida de 120.606 con respecto a las del 20D, pero 1.278.802 votos menos que en 2011. Ha pasado del 28,76 % de los sufragios emitidos al 22,66 %, un 6,10 % menos, mientras el PP que obtuvo el 44,63 % en 2011 ha bajado al 33,03 %, un 11,60% menos. Las cifras, no obstante, son interpretables y pueden ser matizadas según convenga y comparadas con otros parámetros teniendo en cuenta que en estos cuatro años han surgido nuevas fuerzas políticas que han minado la tendencia bipartidista moderada surgida desde 1977.

Sin embargo, cabe preguntarse cuál es la razón por la que el PP sigue manteniendo una fuerza considerable después de una legislatura donde ha aplicado restricciones presupuestarias importantes a las prestaciones sociales y se han divulgado distintos casos de corrupción, y en algunos casos condenas a dirigentes populares en varias comunidades. Las respuestas son variadas y no contradictorias: miedo ante un panorama de incertidumbre social y económica, con el Brexit por medio, donde la corrupción no ha tenido un peso prioritario ante la desazón del futuro, y es que, además, le ha afectado también al PSOE como una práctica que se considera consustancial al ejercicio del poder. Sólo a medida que la presión de los medios y la decisión de fiscales y jueces sea constante se irá modificando la moral colectiva. También se ha señalado que el centro-derecha se presentaba como una fuerza cohesionada ante la división de la izquierda entre el PSOE y Unidos Podemos, lo que condiciona la asignación de escaños y proporciona mayoría absoluta en el Senado.

Por otra parte, se ha interpretado que el PP favoreció en la pasada legislatura, en la que tuvo que tomar decisiones poco populares, que las televisiones de Atresmedia (Planeta), principalmente laSexta y menos Antena 3, o de Mediapro con Cuatro y Tele5, hayan proporcionado apoyo indirecto a los líderes y portavoces de Podemos, con presencia continuada en programas de debate político o entrevistas, para contrarrestar al PSOE que podría convertirse en la alternativa de gobierno. Esa circunstancia la han aprovechado con acierto los dirigentes podemitas, versados en la comunicación política, para conseguir una gran expansión desde las elecciones europeas de 2014 y en dos años lograr más de cinco millones de apoyos.

Igualmente se ha resaltado la división generacional que ha incidido con mayor fuerza en un electorado inclinado a la izquierda, con jóvenes que se encontraban taponados por una generación de largo recorrido vital y, en muchos casos, con una buena formación académica pero sin grandes posibilidades de trabajo en sus materias, recurriendo a la emigración para conseguir desempeñar una actividad, descreídos entre lo predicado y la realidad. Los votantes del PP y PSOE estarían entre 45-60 años y más, con una base importante entre los jubilados.

Seguramente todas estas consideraciones tengan su parte de verdad pero es científicamente imposible determinar qué proporción de cada una de ellas es predominante, o cuáles más pueden señalarse para tener un diagnóstico certero y definitivo. La especulación y las hipótesis son difíciles de contrastar. Los politólogos, sociólogos o historiadores vienen debatiendo durante el siglo XX y parte del XXI cuáles son las causas por las que se vota lo que se vota. Factores racionales, ideológicos, emocionales, históricos o situaciones coyunturales pueden argumentarse para explicar la decisión del voto de una colectividad o país. En mi caso sostengo, como otra hipótesis más, que una de las principales causas del voto al PP es su tono poco ideologizado, de baja intensidad. No ha hecho una defensa encendida, tipo Trump, de la economía de mercado sin restricciones del Estado, ni ha incidido en los factores negativos de la emigración, ni ha desvalorizado el Estado de Bienestar como en su época hizo Thatcher. Se ha limitado a reseñar la importancia de la estabilidad para mantener las prestaciones sociales y aumentar el empleo, así como la defensa de España como unidad estatal y nacional.

Mientras, el PSOE no ha trasmitido un mensaje claro sobre los puntos de la Constitución que propone reformar o sobre cómo abordar la cuestión catalana o la estructura territorial del Estado, aludiendo al mantra del federalismo sin especificar a qué modelo estaba refiriéndose, ¿a Brasil, Argentina, EEUU, Canadá, Alemania, Australia, India, México, Nigeria, Venezuela, Sudáfrica o las islas Comores? Porque todos ellos se declaran federales. Y además, se empeñó en debatir con Podemos quién era más socialdemócrata de los dos, ensombreciendo otras propuestas que pudieran tener más interés para los españoles, hartos de debates pseudoideologicos, de frases retoricas, de letanías sin contenidos que nada les dicen sobre las salidas posibles a sus problemas. ______________________

Javier Paniagua, profesor (catedrático acreditado) de Historia del Pensamiento Político de la UNED,

exdiputado por el PSOE (1986-2000) y autor de De la socialdemocracia al PSOE y viceversa, es socio de infoLibre 

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