Apocalipsis
Desde los tiempos de la llamada guerra fría, la amenaza nuclear hace que gran parte de la humanidad viva acongojada (acojonada) pensando que el futuro del planeta depende de un botón rojo. Como sucedía con el teléfono rojo (el rojo simboliza el peligro, entre otros significados), botones rojos había dos: uno en el Kremlin y otro en la Casa Blanca. La propaganda occidental (cine, literatura, medios de comunicación, política…) alarmaba a la audiencia con el peligro que acechaba al otro lado del Telón de Acero, pero en España, Asia y Sudamérica, guerras, napalm, fusilamientos, desapariciones y ataques a la libertad y a la democracia eran cosa de los agentes de este lado del Telón tutelados por EE.UU.
Las generaciones víctimas de la guerra civil española y la segunda guerra mundial aplicaban el término “loco” a quienes alimentaban la industria bélica y tenían la potestad de pulsar el botón rojo. Además de asesinos, psicópatas y genocidas, Hitler, Franco, Mussolini, Videla, Pinochet y otras desgracias padecían un punto de locura atenuado al justificar sus crímenes en la defensa de Occidente y sus tradiciones ante la amenaza comunista. Todos locos menos EE.UU., cuyo aparato de propaganda ha intentado (y casi lo consigue) convertir en héroes a los más despiadados carniceros del siglo XIX en adelante.
Las generaciones de los 80 y posteriores, con los superhéroes de Marvel, Rambo, Equipo A, Robocop, Rocky, Soldado Universal, Terminator, las princesas de Disney, Barbie y otros productos inoculados en vena ven la guerra como algo lejano y ajeno a su realidad y al superhéroe como algo necesario para mantener el estatus de una sociedad profundamente individualista y consumista. Cegadas por la ideología subyacente en esa subcultura, estas generaciones consideran el sueño americano algo irrenunciable sin ver la pesadilla.
Hoy, el loco es una bazofia humana, un ario desteñido que amenaza al mundo libre con el botón rojo de la guerra y el verde del dinero. Pero no está loco. De hecho, sus bravatas y crímenes no responden a una amenaza comunista, sino al ideario fascista que lo ha aupado al poder valiéndose de todo tipo de artimañas, desde el asalto al Congreso por sus descerebrados seguidores hasta el simulacro de atentado interpretado como burdo teatrillo populista en la campaña electoral. En esas inhumanas manos está hoy el único botón rojo.
Hijos y nietos de las guerras y las posguerras aplauden a la Legión, odian al diferente y entonan el “a por ellos, oé…” como una amenaza coral contra quienes construyen la patria desde la diversidad social
Las generaciones de las guerras y las posguerras, tras padecer traumas psicosomáticos de etiología bélica, enarbolaron la bandera ética de la paz y el desarme (Imagine there's no countries / it isn't hard to do / nothing to kill or die for / and no religion too / Imagine all the people / living life in peace...) para evitar la desastrosa repetición de la guerra. Hoy, sus hijos y nietos aplauden a la Legión, odian al diferente y entonan el “a por ellos, oé…” como una amenaza coral contra quienes construyen la patria desde la diversidad social.
Desatado el infierno en Oriente Medio, el inmoral e insaciable genocida Netanyahu y el abyecto matón yanqui son meritorios herederos de Atila, Hitler y Stalin para encarnar a los jinetes del Apocalipsis en el imaginario colectivo, añadiendo un capítulo, quizás el más luctuoso, a la Historia universal de la infamia en la que Borges recopiló una breve colección de sanguinarios personajes. Recordando a Julio Anguita, el mundo debe gritar “malditas las guerras y los canallas que las hacen”. Y añadir a la maldición a los miserables que aplauden a quienes suprimen las leyes, dinamitan la convivencia y abolen la democracia comparando la detención de un casco azul de la ONU (español, para colmo) con una retención de tráfico.
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Verónica Barcina es socia de infoLibre.