Te creías sublime, cuando lo único que tenías era candor y y buena voluntad. ¿De qué te enorgullecías? De haber sido uno de los primeros en defender a los inmigrantes, de luchar contra la injusta barrera de género, de denunciar el monopolio de los medios de prensa, del inmenso poder financiero y de los fondos buitre y denunciar que los Peloblanco son malvados a sueldo; pero las tres cuartas partes de los que defendían a Pelo lo sabían mejor que tú; de modo que ahí no había motivo para envanecerse. ¿De qué te mostrabas tan orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? Eso es valor cívico que, como el valor militar, es un puro efecto de la imprudencia. Está bien, pero no es una razón para que te alabes desmesuradamente. Tu imprudencia fue pequeña, te expuso a pequeños peligros; no te jugabas la cabeza, la ciudadanía ha perdido su afán combativo que unos años atrás parecían arrasar con las rémoras y defectos de una transición vigilada: es la consecuencia fatal de la debilitación de las creencias y de los caracteres. Por haber demostrado, sobre algunos puntos aislados aunque relacionados, alguna clarividencia más que el vulgo, ¿hay que mirarte como a un espíritu superior?
La ciudadanía ha perdido su afán combativo que unos años atrás parecían arrasar con las rémoras y defectos de una transición vigilada
Temo, por el contrario, que hayas dado pruebas, Ingenuo, de un gran desconocimiento de las condiciones del desarrollo intelectual y moral de los pueblos. Te figurabas que las injusticias sociales estaban ensartadas como las perlas, y que bastaba sacar una para que se desgranase todo el rosario; y esa es una concepción muy ingenua. Acariciabas la idea de establecer de un golpe la justicia en tu país y en todo el universo. Eres un buen hombre y honesto, pero sin mucha filosofía experimental. Examínate a ti mismo y reconocerás que has tenido tu malicia y que, en medio de tu ingenuidad, había un poco de astucia. Creíste hacer un buen negocio moral. Pensabas "Heme aquí justo y valiente una vez por todas. Luego podré descansar en la estimación pública y en las alabanzas de la Historia". Y ahora que has perdido tus ilusiones, ahora que sabes lo duro que es corregir entuertos y que siempre hay que empezar de nuevo, piensas en volver a tus aficiones y preocupaciones cotidianas, y renunciar a lo que tu candor y buena voluntad te proponía. No has aprendido nada de tus errores si a esa conclusión llegas. Hay que empezar de nuevo, ¡siempre hay que empezar de nuevo, otros errores cometerás, otros obstáculos encontrarás; si así lo haces, ya no te creerás sublime, y este es el primer paso.
Con afecto,
Un ciudadano ingenuo.
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José Amella es socio de infoLibre.
Te creías sublime, cuando lo único que tenías era candor y y buena voluntad. ¿De qué te enorgullecías? De haber sido uno de los primeros en defender a los inmigrantes, de luchar contra la injusta barrera de género, de denunciar el monopolio de los medios de prensa, del inmenso poder financiero y de los fondos buitre y denunciar que los Peloblanco son malvados a sueldo; pero las tres cuartas partes de los que defendían a Pelo lo sabían mejor que tú; de modo que ahí no había motivo para envanecerse. ¿De qué te mostrabas tan orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? Eso es valor cívico que, como el valor militar, es un puro efecto de la imprudencia. Está bien, pero no es una razón para que te alabes desmesuradamente. Tu imprudencia fue pequeña, te expuso a pequeños peligros; no te jugabas la cabeza, la ciudadanía ha perdido su afán combativo que unos años atrás parecían arrasar con las rémoras y defectos de una transición vigilada: es la consecuencia fatal de la debilitación de las creencias y de los caracteres. Por haber demostrado, sobre algunos puntos aislados aunque relacionados, alguna clarividencia más que el vulgo, ¿hay que mirarte como a un espíritu superior?