Cultura

La censura líquida

Protesta de denuncia de censura en la prensa.

Llevo muchos años acudiendo a esta cita semanal, en la esperanza de que haya alguien al otro lado. Así que, en esta confianza que nos une, me permitirán que esta semana hable no de mí (sería abusar), pero sí de un encuentro en el que participé como moderadora el pasado miércoles y en el que, convocados por el periodista y profesor Antonio Rubio, acudimos a la Universidad Complutense para hablar de 'Periodismo, libros y censura'.

Se habló de la censura oficial, y de cuándo (no hace tanto) terminó. Se habló de que, en el periodismo y en palabras de Carlos Santos, "quien paga, manda" y de cómo, añadió Antonio Maestre, ahora "no hay censura como tal pero sí elementos de presión, el mayor de los cuales es la inestabilidad laboral" de los periodistas.

Violeta Serrano, que es periodista, escritora y docente, recordó cómo Flaubert fue juzgado no por su comportamiento inmoral sino por la manera de actuar de su personaje, Madame Bovary. "El arte que no observa las reglas deja de ser arte; es como una mujer que se desnuda completamente. Imponer las reglas de decencia pública en el arte no es subyugarlo sino honrarlo", dijo el fiscal del Imperio. La novela era considerada "un desafío a la conducta decente y la moralidad religiosa".

Serrano mencionó la revisión a la que las feministas están sometiendo a Lolita, de Nabokov, y mencionó al respecto la controversia protagonizada por Laura Freixas y Sergio del Molino.

Pero, pronto se vio que en el ánimo de los ponentes, y al menos desde la perspectiva española y entrando en el terreno de la creación, a veces literaria, las inquietudes eran otras…

Censuras del siglo XXI

Antonio Rubio citó a Almudena Grandes, quien lo advirtió hace algún tiempo: "El único efecto transcendental de la censura de cualquier tipo sucede en el ánimo, en el espíritu creativo, o como lo quieran llamar, de cualquier artista, escritor, cineasta, que después de asistir a la condena de un creador, se sienta a una mesa ante un papel en blanco y un instrumento para escribir, o para dibujar. En ese momento, se preguntará si tiene vocación de héroe y muy probablemente se responderá que no". La autocensura es, insistía, "el único efecto relevante de la censura. Porque así se destruye la cultura de un país".

Más recientemente, y su caso también salió a colación, Arturo Pérez Reverte insistió en la idea. "La semana pasada me autocensuré. No es frecuente y me costó, pero lo hice. Escribí un párrafo y al releer el artículo volví sobre él, dándole vueltas. Había escrito: 'respondí que una gabardina corta, amén de poco práctica, era una mariconada'. Y la mirada de veterano, la de los mil metros, tropezaba en la última palabra". Pensó que se iba a liar, y que "durante un par de días todos los cantamañanas e inquisidores de las redes sociales desplegarán la cola de pavo real a mi costa. Tampoco es que eso me preocupe, a estas alturas. Pero a veces me pilla cansado. Me da pereza hacer favores a los oportunistas y los idiotas". Así que cambió "mariconada" por "gilipollez".

Una solución que no le satisfizo. "Censura exterior y autocensura propia. Ahora lamento haber cedido". Conclusión: "Así no hay quien escriba nada. Lo primero que desactiva a un buen periodista, a un buen novelista, a cualquiera, es vivir con miedo de sus propias palabras".

En el artículo Pérez Reverte mencionaba a "humoristas salvajes como Edu Galán y Darío Adanti, los de Mongolia, valientes animales que no respetan ni a la madre que los parió, meten un cauto dedo en ciertas aguas antes de zambullirse en ellas".

Tienen motivos. "Es terrible porque estamos en manos de multinacionales como Facebook, Twitter y tal que son una gran plataforma para la libertad de expresión pero por otro lado no responden a las legalidades de los países, tienen su propio concepto moral", lamentó Adanti, participante en el coloquio. En efecto, Facebook ha censurado a Mongolia, quizá por un exceso de celo: él lo atribuye al hecho de que los censores son gente joven "que con eso saca su dinerito. Tienen que ver 25.000 vídeos por día para ver si los censuran o no porque si ven uno solo no llegan a cobrar dinero suficiente para vivir. Eso hace que, si tú pones un cartel sobre cáncer de mama, ven un pecho y lo censuran; en cambio, un vídeo del ISIS degollando a alguien no lo censuran porque el degollamiento está en el minuto 20, y no tienen tiempo de ver 20 minutos de vídeo".

Yo, y los que piensan como yo

En efecto, las redes sociales y sus modos y maneras lo han cambiado todo. También en el mundo de la edición. "Tienen una sobresaturación de ese 'yo' que se anima a decir cualquier cosa inmediatamente sin pensar demasiado, y que deja muchas veces una devastación. Alguien ha hablado de armas de destrucción masiva inmediata", recordó el periodista y editor venezolano Sergio Dahbar. "No voy a proponer jamás cosas como la de China o nada de eso, en general, creo que todo exceso tiene que ser autorregulado".

Habiendo en la mesa un editor, Roberto Pérez, fundador y director de una editorial que publica gracias al micromecenazgo, Libros.com, había que preguntar si los mecenas pueden llegar a imponer su criterio. Él explicó que se han dotado de un mecanismo para para asegurarse que todo está en orden. "Todos los libros que nos proponen son evaluados por una comunidad de gente, y entendemos que cuantas más personas haya involucradas en esa evaluación, mejor será ese filtro. Y después, sólo saldrán publicados si hay un número mínimo de mecenas".

Contó Pérez una anécdota. Hace algunos años, y aunque no es su costumbre hacer lanzamientos de campañas simultáneos, se animaron a hacerlo para un libro sobre el caso ERE y otro, sobre el caso Gürtel. "Y en redes sociales se generó un debate paralelo, la gente que veía que estábamos publicando el libro de los ERE nos decía: 'Ya estáis con los ERES, ¿y la Gürtel?'. Y viceversa".

Es otro tipo de censura, ésa que nos lleva a leer solo lo que nos da la razón. "Si utilizas Facebook, o Twitter, o Instagram, y el feed de contenidos que ves lo ves porque el algoritmo dice que lo tienes que ver porque te va a gustar más, evidentemente no vas a ver lo que no te va a gustar, no tienes ningún referente distinto a lo que piensas y eso es muy peligroso porque al final el pensamiento va en una única dirección".

Al cabo...

Los ponentes lamentaron que la legislación española todavía contemple situaciones impropias del siglo XXI. Ildefonso Soriano, profesor de Derecho de la Información en la Complutense, insistió en que "no todo es perseguible, pero sí tenemos un Código Penal centenario en donde existen un montón de tipos, de delitos, que están ahí y mientas no se reforme el Código Penal se va a poder seguir persiguiendo a gente por incitación al odio, por temas de religión, de ideología…".

Sucede que la sociedad avanza mucho más deprisa que la legislación. "Legislación sobre redes sociales no tenemos, tenemos la Constitución, artículo 20; la Ley sobre protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen; pero específicamente sobre redes sociales no tenemos. Está el Código Penal y mientras no se reforme, va a poder verse perseguida mucha gente".

Pero también convinieron en que, más allá de esas disfunciones que el legislador puede solucionar, lo preocupante es la censura que viene de la sociedad. "Me da mucho más miedo que la opinión pública deje de valorar la libertad de expresión ―dijo Adanti―. Como ya hemos nacido con ella, como no hemos tenido que luchar por ella, no la valoramos". Peor aún, "cada uno se hace su esfera y se cree que todo discurso que no es igual al suyo es una herejía. Y enseguida, como somos muy cómodos, buscamos que se judicialice para que a mí me eviten el mal trago de saber que existe esa realidad. Y eso ―concluyó― me parece mucho más peligroso que lo legal, porque en un marco europeo tenemos herramientas para cambiar las leyes".

Manera de decir lo que Fidel Raso, fotoperiodista metido a librero, resumió así: "Tenemos lo que la sociedad quiere tener. Me preocupa el hábitat. Estamos ante una pandemia, la censura es una pandemia".

¡Pero qué vergüenza!

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