'West Side Story' (2021), un musical elegíaco

Ariana Debose como Anita y David Álvarez como Bernardo en 'West Side Story'.

Uno quiere imaginar que sucedió de noche. Tuvo que ser en torno a 1947. El joven actor Montgomery Clift se reunió, después de un ensayo de Romeo y Julieta, con su amante, el coreógrafo Jerome Robbins, y le confesó que no lograba hacerse con el papel protagonista: no entendía sus emociones, sus dilemas, la situación en la que se encontraba. La incertidumbre debió quedar en el aire, y no abandonó a Robbins, que años más tarde pondría en marcha un proyecto que intentaba dar forma a las reservas de Clift situando a los personajes a un entorno más familiar y recreándolos mediante recursos expresivos distintos a los de Shakespeare. Aquello condujo en 1957 al musical West Side Story, que terminaba con tres cadáveres y sin una resolución clara, literal, de los dramas sociales o emocionales que planteaba.

Sí, había cierta esperanza cuando los antagonistas se reunían para llevarse el cadáver de Tony, o al menos un anhelo de un mundo mejor, cortesía del tema Somewhere que sonaba en el segundo acto, pero lo que predominaba era el dolor por una pérdida irreparable, y el dolor no es la resolución que uno espera en un musical. En 1957, el público de Broadway esperaba entretenimiento, energía, humor y el musical era el tipo de artefacto que proporcionaba placeres fáciles y confirmaba las mentiras que aquella sociedad quería contarse a sí misma. Unos años después, en su clásico estudio sobre Broadway, The Season, William Goldman señalaría este aspecto clave del teatro popular, que, probablemente, sigue vigente hoy en día y puede aplicarse también al cine. Robbins, Leonard Bernstein, el libretista Arthur Laurents y el letrista Stephen Sondheim, (los cuatro, judíos neoyorquinos y disidentes sexuales, y por aquel entonces estas cosas no eran irrelevantes), se atrevieron a cuestionar esta premisa. La gente quiere confirmación de una realidad tal como desea que sea. Que en las calles cercanas al teatro afloraban el racismo, el machismo y la violencia no era lo que aquel público quería oír. A pesar de la credibilidad artística que generaba el nombre de Bernstein, compositor de la partitura (a punto de ser nombrado director de la Filarmónica de Nueva York), y del prestigio  de Jerome Robbins, las reacciones a West Side Story sugerían más respeto que amor. Hasta la adaptación cinematográfica, pocos cantantes se atrevieron con los temas del musical que según el letrista Stephen Sondheim se consideraban “difíciles” y poco melódicos. El espectáculo tuvo excelentes críticas, y se mantuvo en cartelera durante un tiempo aceptable, pero no ganó el Tony, que fue para The Music Man (la versión cinematográfica de 1962 se estrenó en España como Vivir de ilusión), un espectáculo que se situaba en una América rural mítica, que afirmaba que en el fondo todo el mundo es bueno y que contaba con una interpretación exuberante de Robert Preston y nos decía precisamente que nada hay tan necesario, conveniente o dulce como las mentiras.

West Side Story tuvo suficiente éxito como para ser adaptado al cine casi de inmediato, dirigido por Robert Wise, con Jerome Robbins manteniendo el control de tres números musicales hasta que, debido a indecisiones y retrasos en el rodaje, fue despedido. La película obtuvo diez Óscar, fue un verdadero taquillazo y hoy es legendaria para los amantes del género, aunque, con el tiempo, ha acumulado críticas. Hoy en día muchos espectadores encuentran difícil tolerar, por ejemplo, a Natalie Wood como adolescente puertorriqueña (olvidan, acaso ignoran o se niegan a aprehender, la delicia que era ver a Natalie Wood en aquellos años haciendo cualquier cosa) y que a Rita Moreno tuvieran que pintarle la cara para que pareciera “más” latina. Sus detractores hablaban con sorna de lo simplista de la propuesta dramática: que las caracterizaciones son simplistas, poco creíbles, que hay un exceso de sentimentalismo, que no se sostiene psicológicamente (aunque quizá de esto haya que echar la culpa a Shakespeare). Sí, a veces es más importante encontrar excusas para no entregarnos a la fuerza del arte que dejarnos penetrar por su embrujo y el género musical tiende a propiciar tales actitudes. También hay gente que ve el Guernica y lo condena porque, dirán, Picasso no sabía dibujar caballos. Si un musical se descalifica por un guion simplista, algo ha fallado en la comunicación. West Side Story no tiene por qué ser una copia de personas o espacios reales, y no pretendía profundizar en problemas sociales, un musical funciona a niveles que no son la caracterización o la plausibilidad en el guion, y el mundo que propone puede aceptarse o no, pero claramente no es el del espectador. La obra habla desde el movimiento, la energía, la música, las suturas entre la palabra hablada y el canto, su significado último no es literal y nos interpela de maneras que no son lógicas: el éxito de un musical es poner el cuerpo en movimiento y hacernos cantar, como el éxito de una comedia es la risa, en el melodrama son las lágrimas o en el porno es el orgasmo.

Dado el éxito de la versión de 1961, muchos se preguntaban por la necesidad de que Spielberg (precisamente Spielberg) acometiera una nueva edición. Es evidente que el cine no es, ni en importancia ni en lo cualitativo, lo que era, y no podemos evitar una actitud protectora hacia algo que consideramos parte de nuestra memoria emocional. Nos tenían que recordar que los clásicos aceptan diversas interpretaciones, y que éstas no son incompatibles entre sí. Spielberg se atrevió. Podía haber sido un movimiento cínico. Y sin embargo, somos quienes consideramos West Side Story una de las grandes obras del género (fans que nos reunimos en espacios marginales donde compartimos recuerdos de una estética que desaparece) los primeros que nos hemos dejado arrebatar por la nueva versión. Como si por una vez el autor de un musical estuviera pensando en nosotros. De un tiempo a esta parte, un musical parecía ser marco de bailes caóticos, aderezados con efectos especiales, y gente muy joven y/o guapa quejándose de cosas en el lenguaje del rock o del hip hop. Lo cual puede estar bien o mal, pero hacía mucho, mucho tiempo que no llegaba un producto que recuperase maneras del pasado, sonidos y actitudes que nos hicieron enamorarnos del género.

Para justificar su intento, los autores han aducido razones políticas y cierto prurito de actualizar el viejo drama. Se nos ha dicho que hoy West Side Story es relevante históricamente, con sus temas de identidad y migración. Quizá estas justificaciones no son más que  una cortina de humo, gestos hacia un público woke que espera que el arte solucione problemas. Otros sabemos que el arte no soluciona nada y que se desea tal cosa en vano. Lo único que había que esperar de Spielberg es que hiciera una buena película. No sé si el West Side Story de 2021 resuelve las simplificaciones de la versión previa, pero no me cabe duda de que, desde presupuestos artísticos, constituye una superación de versiones anteriores, concebida, ciertamente, con inteligencia, pero también con amor. El libreto del original, uno de los más exiguos de la historia de Broadway hasta el momento, se basaba conscientemente en estereotipos con el fin de dar el suficiente espacio a Robbins y Bernstein para desarrollar sus propuestas utilizando lenguajes menos literales. Esta vez Spielberg ha contado para desarrollar su armazón dramático con la colaboración de Tony Kushner, uno de los mejores dramaturgos estadounidenses actuales, para completar el proyecto con diálogo y caracterizaciones y de Justin Peck para evocar a Robbins sin renunciar a la nueva perspectiva.

Kushner crea un mundo más complejo, se toma en serio las trayectorias de los personajes, da sentido al espacio y a las emociones. Por otra parte, a pesar del look y de unas texturas que casi podemos sentir, sería insuficiente abordar esta versión con expectativas realistas. Un musical siempre resiste el realismo: algunas de las cosas que importan se siguen haciendo en clave expresiva, y no podía ser de otro modo cuando nos encontramos ante una obra de arte total en la que confluyen diversos lenguajes (este fue el proyecto original de Robbins y Bernstein, y es algo que permanece en la nueva adaptación). A riesgo de insistir en lo obvio, un musical debe saber escuchar la música, no debe disculparse por el baile, y todos sus elementos deben funcionar juntos. La coreografía aquí se inspira en el léxico de Robbins, pero tiene su propia identidad, sus propios fines y su propio método. En el número “Cool”, el movimiento corporal dice cosas distintas a las que decía Robbins en su versión, pero hay algo de la relación entre los cuerpos, en la idea de masculinidad que se expresa, que es común a ambas y unas posibilidades homoeróticas que probablemente fueron imaginadas en el original pero no podían articularse con claridad.

Sería prolijo enumerar los cambios. En realidad lo que realmente importa es que las revisiones en el guion son coherentes, no sólo entre sí sino con el original: es como si se hubiera despejado el aire y viéramos con mayor claridad, con mayor detalle quién es esta gente y qué siente. No es el mundo creado por el original teatral y ciertamente no es el mundo de la versión de Wise, pero es un mundo que podemos palpar y respirar durante dos horas y media. Los conflictos siguen, afortunadamente, sin resolverse, a pesar de que su tratamiento es más sutil, pero hay que insistir en que el arte no tiene por qué dar respuestas. Y los personajes pueden no ser plausibles dentro del contexto dramático pero sus dilemas nos interpelan de manera intensa.

Otros comentaristas han apuntado la excelencia de los elementos individuales que hacen de West Side Story una de las mejores películas de 2021: se ha hablado de las interpretaciones, del sonido de la orquesta dirigida por Dudamel, de la ambientación, de las voces, de numerosas decisiones de reparto, color, cinematografía. Sin entrar en valoraciones de cada uno de estos elementos, creo que es importante insistir en que aquí lo que hay es una visión en la que estos elementos convergen, en la que cada uno es relevante y funciona dentro de un todo que significa otras cosas y significa de manera diferente a versiones previas. Spielberg quería, esta vez, hacer una buena película. Podemos cuestionar la visión o podemos valorar mejor o peor ciertas decisiones o ciertos rostros, pero el caso es que los creadores saben exactamente lo que están haciendo, se han planteado el proyecto con una seriedad inusual hoy en día,  y que, podemos aventurar, ha dejado de lado consideraciones directas sobre el impacto de estas decisiones en la taquilla, interpelando a un público que busca calidad, que se emociona ante la obra bien hecha, que sabe prestar atención y que es sensible a los ecos de los clásicos.

Y uno no puede sentir sino admiración por su empeño. Para muchos, el musical como género consistente y central a nuestra imaginación, murió en los setenta. Aunque es probable que se trate de una valoración algo exagerada (muchos hemos seguido viendo musicales, quizá con mayor entusiasmo), es difícil sustraerse a la sensación de que algo se perdió, de que algunas de las cosas que el musical hacía muy bien en el modo en que generaba placeres y nos hablaba de cuerpos y de cierta energía pareció menos vigente. El rock y diversas formas del pop pasaron a sustituir las melodías que caracterizaban y creaban momentos dramáticos, el baile perdió peso como expresión de conflictos y emociones. Proyectos recientes como La La Land no hacen más que corroborar que se ha dejado de entender el potencial del género y que no existe la imaginación necesaria para revitalizarlo. El cine parecía haber olvidado en qué consistía el musical, al mismo tiempo que los creadores parecían haber olvidado el poder del cine para convencernos de que la vida tiene sus melodías. West Side Story viene a recordarnos las posibilidades del musical para comunicar ideas, sensaciones y energías, para hacerlo en un lenguaje propio. Puede que el musical nunca recobre su empuje o al menos no en los mismos términos que nos sedujeron en el siglo XX. Ciertamente ni el proyecto ni el nuevo tratamiento de la historia resuelven problemas que son urgentes, serios, complejos. El final nos vuelve a dejar un sentimiento de tristeza. Pero, inesperadamente, lo que nos ofrece Spielberg es un objeto estético que tiene la belleza de una elegía, un homenaje a formas intensas, un intento de sortear el olvido e inyectar vitalidad en el pasado. 

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