Libros

El fin de la clase media (editorial)

Beatriz de Moura, fundadora de la editorial Tusquets.

Leyenda de la edición. Con ese imponente título honorífico despidió el mundo del libro a Peter Mayer, cuya trayectoria Juan Cruz resumía así: "Fue el hombre que, siendo joven taxista en Nueva York, redescubrió Llámalo sueño, la novela que Henry Roth había publicado en 1930, se empeñó en que la reeditaran, ingresó en una editorial, subió allí como la espuma gracias al éxito que obtuvo con la publicación de ese libro, y llegó a ser presidente internacional de Penguin, de 1978 a 1996".

No hay un Hall of fame de la edición, pero si lo hubiera, Mayer ocuparía uno de sus espacios más relevantes. Y nos ha dado por preguntarnos si en ese imaginado salón de la fama habría espacio para un editor español…

Para saberlo, hemos hablado con Jesús A. Martínez Martín, Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid y estudioso de la edición, y con Daniel Heredia, asesor literario y escritor.

Desde el principio...

Empecemos recordando que en España, y en castellano, llamamos editores a lo que en el mundo anglosajón denominan publishers y editors, es decir, tenemos una sola palabra para dos labores bien diferenciadas.

"Imparto un taller literario en la Universidad de Cádiz llamado Del manuscrito al libro: pasos a seguir para publicar tu obra ―nos dice Heredia―, y compruebo de manera habitual que hay una enorme confusión en este sentido. Yo, cuando pienso en un editor, pienso en alguien responsable de leer manuscritos y seleccionarlos, en que trabaje junto al autor para mejorarlo, o sea, en todos aquellos aspectos que, teniendo al libro como esencia, hacen el trabajo de intermediación antes de llegar convertido en libro para el lector. Un editor puede ser publisher, pero un publisher puede no ser necesariamente editor".

El de editor en su amplia acepción española no es, por otro lado, un trabajo cuyas normas y límites lleven mucho tiempo establecidas. Martínez Martín, que acaba de publicar una biografía de Francisco de Paula Mellado, al que tiene por el editor español más importante del XIX, afirma que es en ese siglo cuando "se construye el propio concepto de editor moderno". Antes hay libreros e impresores, pero es entonces cuando asumen las operaciones técnicas, económicas e intelectuales que convierten los textos en libros. "Son editores individuales o, en todo caso, son estructuras familiares, pequeñas empresas que están en condiciones de autofinanciación y son muy personalistas".

La mayoría de aquellas aventuras empresariales acabaron disolviéndose, aunque Martínez Martín apunta casos de editores que instauraron una tradición familiar como Calleja ("tienes más cuento que Calleja", se decía aún hace no tanto… e incluso si Calleja publicó mucho más que cuentos), Sopena y, sobre todo, los Salvat, si bien la mayor parte de los editores de entonces "no rompen el umbral del siglo XX". Un siglo en el que, hasta los años 80, "siempre ha habido una búsqueda de equilibro entre el dinero y la creación", entre el editor intelectual y el editor comercial. Así lo sostiene el catedrático, quien en esa tarea funámbula entre el negocio y el compromiso intelectual y siempre dentro del "prototipo de gran editor" sitúa a Ruiz Castillo en los años 20, o en los 30, 40, 50 al catalán Josep Janés y, en Madrid, a Manuel Aguilar, que "son los que responden al prototipo de gran editor".

El gran salto adelante

Martínez Martín, que ha dirigido el estudio colectivo Historia de la edición en España. 1939-1975, continúa afirmando que las décadas siguientes, los 60 y 70, traen la separación entre dos tipos de editores.

Uno integra a los que "piensan más en el ámbito de la comercialización, de la divulgación, piensan más, para entendernos, en una lógica empresarial". Son los Bruguera, Lara, Germán Sánchez Ruipérez y Polanco.

En el otro sitúa a los "editores intelectuales: Javier Pradera, Jaime Salinas, Carlos Barral, y luego por cronología Jorge Herralde. Y entre las mujeres, Esther Tusquets y Beatriz de Moura. Y Carmen Balcells, que en realidad es agente literaria".

Son, a buen seguro, los nombres que también le vienen a la cabeza a Daniel Heredia, nombres de referentes, aunque a la hora de elegir, prefiere centrarse en tres mujeres, dos de las cuales han sido citadas ya: la fallecida Tusquets y la retirada De Moura, más una tercera en activo, Elena Ramírez.

Esther Tusquets, dice Heredia, "es un claro ejemplo de cómo conseguir pasar de una empresa familiar a dirigir una de las editoriales más prestigiosas del país gracias a su buen olfato. Porque como ella misma decía: 'el azar es la mitad del oficio'. La otra mitad es el olfato, y Esther Tusquets lo tenía".

Beatriz de Moura, "otra mujer de fuerte personalidad, que creó un catálogo ecléctico de alta calidad. Si antes entraba en una librería y veía un libro de Tusquets, lo compraba porque me fiaba del criterio de su editora".

Y Elena Ramírez… "Ahora me pasa con los libros de Seix Barral como antes me pasaba con los de Tusquets: me fío del criterio profesional de Elena Ramírez, una mujer apasionada que está manteniendo y mejorando un catálogo pantagruélico de primera categoría literaria. Demuestra ser una editora creativa, eficaz y especialmente dotada para su trabajo. Además, otorga visibilidad a los autores españoles de espíritu renovador y eso me interesa mucho".

La peculiaridad de Ramírez es que trabaja en un reducto literario de un gran conglomerado editorial (Grupo Planeta), resultado de un proceso que Martínez Martín sigue estudiando. "La creación y fusión de grandes grupos empresariales rompe la clase media, el editor individual", asegura. Por eso, "ha desaparecido el gigante de la edición", ese editor colosal: solo quedan gigantes empresariales.

Del cambio dio fe Jaime Salinas, fallecido en 2011, en un libro que nunca vio la luz: "En la edición el factor económico es dominante y, naturalmente, su responsabilidad es mucho mayor de lo que considero que debe ser su papel, que es cumplir con una función cultural. (...) Hoy día, esta responsabilidad está relegada a un segundo plano. No emito juicios, simplemente hablo de la realidad. Si he de formular un juicio, considero que esa prioridad de lo comercial sobre lo cultural, sobre todo en la edición literaria, tiene unas consecuencias absolutamente catastróficas".

También Jorge Herralde describió la mutación: "Antes las editoriales eran independientes y a menudo unipersonales, y el catálogo reflejaba los gustos y, si se quiere, caprichos del editor. Había también mucho amateurismo, para bien o para mal. Primaba la cultura, la literatura, el riesgo. Ahora el terreno está muy colonizado por los grandes grupos y lo que impera es el mercado, la cuenta de resultados, los presupuestos (y el terror de no alcanzarlos) etc. Es decir, ahora prima el negocio, la copia".

Con salvedades, claro, porque los grupos trasnacionales tienen todos sus sellos literarios, como explicó recientemente Elena Ramírez: "Es falsa esa idea de que las grandes editoriales se dediquen nada más que a ganar dinero y solo los independientes publiquen literatura. Es, además, una idea que yo misma me encargo de desmentir en las clases que imparto. No caigamos en el cinismo de quitarle al gran editor la pasión y la maravilla que hay detrás de esta profesión, así como tampoco olvidemos que en este mundo la gente está siempre jugándose la pasta. Si eres independiente, la pasta será tuya. Si trabajas para un gran grupo, será de un tercero. Pero una editorial es un negocio, y como tal ha de ser sostenible".

Admitido lo cual, Daniel Heredia prevé que, "en esencia, un editor del siglo XXI debe conservar las mismas características del editor de toda la vida: debe ser un ávido y buen lector y conocer al detalle los entresijos del universo editorial. Y olfato para saber lo que interesa al mercado. Quizás ahora tienen que hacer más cosas alejadas de su trabajo central. Pero me temo que cada vez hay menos editores y más vendedores de libros". 

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