Cine

La cómica irrepetible

Rosa María Sardá, en una imagen de archivo.

Rosa María era una cómica. Desde los veinte años, y hasta su muerte. Y era irrepetible, una calificación usada con frecuencia a la ligera, pero que en ella ha sido una definición categórica. Ella era su personalidad –otra calificación atribuida a tantos sin ton ni son–; en la ficción y en la vida. Procuraba adaptarse a los papeles que se le encomendaban... pero era un intento vano: aparecía y transmitía su papel por encima de cualquier guión, de cualquier libreto; lo que veíamos, lo que oíamos era a "la Sardà".

Quizás por ello, y a pesar de cinco décadas de teatro, de docenas de películas, la recordamos por su presencia en televisión. En programas, sí, desde aquel Festa amb Rosa Maria Sardà, a Olé tus vídeos, o Ahí te quiero ver, pero también al frente de las galas de la Academia de Cine en 1993, 1998, y 2001, o como broche final de las de 2009 y 2010.

Medio madre de sus cuatro hermanos, por el fallecimiento temprano de la madre, Rosa María se echó la familia a la espalda para marcar a todos con su impronta. "Nunca nos soltó de la mano", decía su hermano Xavier. Se metió de bruces al teatro, que nunca abandonaría, pero tanto sobre las tablas, como bajo los focos del cine, o las cámaras de televisión, marcaba su personalidad en los guiones, en las situaciones, que terminaban reflejando su impronta. Hay grandes actores, reconocidos por encarnar a personajes muy definidos; "la Sardà" era otra cosa y, en el fondo, todos lo sabíamos: llenaba la escena, la pantalla, al punto de que la recordábamos al margen de lo extenso o importante que fuera su papel. Simplemente, estaba allí.

Quizás por ello se destaque tanto sus monólogos como presentadora; ahí era "la Sardà" en estado puro, capaz de levantar carcajadas que frenaba un segundo después con una reflexión que nos hacía pensar. Le gustaba preguntar, pero sobre todo preguntarse, y las respuestas solían ser afiladas, a veces casi un puñetazo... en las tablas y en la vida. Catalana, tan catalana que sin esa esencia es difícil de explicar, pero tan ella como para ser capaz de rechazar la Cruz de Sant Jordi en 2017, que la había concedido la Generalitat trece años antes, ante la deriva independentista que nunca compartió.

En 2019 resumió textos íntimos escritos durante esa década en una autobiografía que tituló Un incidente sin importancia, donde encerraba sus recuerdos de las personas que más quería. Ese mismo año declaró a El País. "Cuando escribí esto no sabía que estaba condenada a morir de cáncer; pero el bicho sigue ahí, tengo nuevo tratamiento, pero estoy muy cansada. El año que viene veré qué hago. Igual dejo la medicación y que dure lo que sea, a fin de cuentas tengo 78 años. Lo único que me queda por hacer es morirme. Pero como dice la última frase de mi libro, "qué complicado es morirse en el primer mundo, y qué caro”.

Ganó dos premios Goya por Sin vergüenza y ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? y recibió la medalla de oro de la Academia. Y ahora se ha ido. Se ha ido como la cómica que siempre fue, mezclando humor y tragedia, haciendonos reir con tantos recuerdos, de los que ahora despertamos al recibir el último de sus puñetazos: ya no está.

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