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James Dean: La construcción del rebelde sin causa

Fotograma de la película 'Life', de Anton Corbijn.

James Dean era bajito, caminaba encorvado, no veía absolutamente nada sin sus gafas, sufría de insomnio y lucía a menudo unas bolsas bajo los ojos impropias de su edad. Podía desaparecer durante días y no pegar ojo en cinco noches. Además, consumía café, tabaco y alcohol en cantidades ingentes. En resumen, no parecía poder adecuarse fácilmente al star-systemstar-system que exigía físicos canónicos y compromiso para cumplir las exigencias de los estudios.

Pese a eso, o precisamente por eso, el sistema le encumbró con una fugaz carrera y aun hoy, 60 años después de su muerte el 30 de septiembre de 1955 en un accidente de tráfico, sigue loando su singularidad. La película Life, dirigida por Anton Corbijn y de estreno el viernes en España, explora la amistad del actor (Dane DeHaan) con el fotógrafo Dennis Stock (Robert Pattinson), quien tomaría las imágenes que darían la vuelta al mundo con la muerte de Dean. La editorial Thames & Hudson recoge en un nuevo volumen estas fotografías. Y el novelista francés Philippe Besson reconstruye en Vive deprisa (Alianza) la biografía del actor a través de los testimonios de sus conocidos. 

Porque James Dean no era solo James Dean. "Entre el 45 y el 55 la adolescencia no encontró ninguna voz, y entonces Marlon Brando y James Dean se convirtieron en eso, las voces de esa generación. El jazz, el rock and roll, el Citroën DS... Era excitante, y James Dean estaba en la cúspide de ese cambio", asegura Corbijn. Su influencia es aún más profunda que eso. James Dean llega a la pantalla en plena forja de un nuevo grupo social. Frente al adolescent, reconocido desde el siglo XIX como un estado entre la infancia y la adultez, llega el teenagerteenager, que no es ya un puente sino una categoría social basada en una contracultura propia, cierta capacidad de consumo para acceder a ella y, sobre todo, una ruptura con la generación anterior

"Hay que recordar qué eran los Estados Unidos de los cincuenta: macarthismo, puritanismo, un general envejecido [Eissenhower] en el Gobierno. En el cine, el héroe es John Wayne, el héroe viril. Los jóvenes necesitan a gente que se parezca a ellos. Si no hubiera sido él, hubiera sido otro", asegura Philippe Besson. Pero Dean tenía todas las cualidades. Huérfano de madre y distanciado de su padre, Elia Kazan ve en él al Cal de Al este del Edén que le dará fama. Improvisa ante la cámara, es incapaz de repetir dos veces la misma toma, desconcierta a sus compañeros en cada ensayo. Incluso se atreve a faltar al estreno de su primera película. Es un ejemplo de inconformismo, aunque solo sea por su absoluta falta de habilidades sociales. 

Pero si algo convino a esa imagen, fue la peculiar cronología de sus últimos años. James Dean llega a Nueva York en 1951, directo desde Los Ángeles, donde había estudiado durante dos años antes de abandonar la universidad. Tras algún papel en televisión y teatro, Elia Kazan cede a las presiones de su guionista y acepta hacerle una prueba para Al este del Edén. Dean rodaría su primera película en 1954, y en seguida le saldrían dos papeles más, en Rebelde sin causa y Gigante, que filmaría a lo largo de 1955. Cuando el fotógrafo Dennis Stock de la agencia Magnum contacta con él, aún no había estrenado ninguna película. De hecho, será difícil convencer a los editores de la revista Life de que publiquen un reportaje con un actor desconocido. Y más cuando este consiste en tomas del intérprete jugando entre el ganado de su granja, tocando los bongos o jugando con su primo pequeño. Pero el reportaje sale, y justo para el estreno de Al este del Edén. La película es un éxito inmediato. 

Y ese es todo el contacto que Dean tiene con la fama. Muere en 1955, a los 24 años, antes de que las otras dos películas lleguen a las pantallas. Cuando el público ve Rebelde sin causa, el filme que ha quedado asociado al actor en el imaginario colectivo, el trágico accidente de tráfico da un nuevo valor a la angustia del adolescente Jim Stark y a sus temerarias carreras hacia la muerte. "James Dean no tiene tiempo de dar entrevistas ni de decir estupideces. Está, de alguna manera, inmaculado. Y los muertos no decepcionan nunca. Cuando se vive mucho tiempo, se corre el riesgo de dejar de parecerse a lo que la gente querría que fueras", apunta Besson.

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La muerte es también un terreno fértil para lo que el escritor denomina "las zonas de sombra". Por ejemplo, la de su sexualidad, extensamente discutida en la novela de Besson. El publicista Roger Bracketts y Bill Bast, amigo de Dean desde sus años de universidad en Los Ángeles, dijeron haber tenido relaciones amorosas con él, al igual que lo han hizo la actriz Pier Angeli. Elizabeth Taylor habló de la homosexualidad o bisexualidad de su amigo en sus memorias, situándole entre aquellos (como Montgomery Clift o Rock Hudson) obligados a ocultar su orientación hasta el punto de casarse para evitar sospechas. 

Pero hay otras zonas de sombra. Su urgencia. Cuando llega a Nueva York, se muere por entrar en el Actors Studio, y en 1952 escribe una triunfal carta a su familia contanto que es uno de los más jóvenes en acceder a la escuela. Pero a los dos meses echa pestes del método y se salta clases con frecuencia. Quiere acceder a Broadway, y logra hacerlo con éxito en una versión de El inmoralista de André Gide. Lo deja a las pocas semanas. Decide hacer cine, y rueda tres películas seguidas, pero decide hacer espacio en su agenda para comenzar a competir en carreras de coches. "Es una persona que se va todo el tiempo, alguien que se escapa", dice Besson. 

Un misterio que se acrecienta al ver las fotos para la revista Life. Un James Dean ojeroso que lee un libro delante de un café, toca los bongos en una jam session, arrastra un camión de juguete por la nieve junto a su primo Markie. Y que, siete meses antes de morir, decide parar en una funeraria y hacerse una foto dentro de un ataud. 

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