Los Javis están de vuelta con ‘La Mesías’: “El hilo conductor de España es la empatía”

Javier Calvo y Javier Ambrossi, cruzando la Gran Vía de Madrid tras la entrevista con infoLibre

Están de vuelta. Lo hacen con La Mesías, su nueva serie, en cuyos siete capítulos han invertido buena parte de los últimos tres años. También están de vuelta de una etapa que creen que están cerrando sin atreverse muy bien a marcar la frontera entre lo que han sido y lo que pueden llegar a ser. Vuelven con gran cine al campo abierto lleno de minas, a rings estilísticos y temáticos que son amplios y universales para pelear por una mirada propia sin miedo a comparaciones. Y vuelven a algunas heridas del pasado.

Pero también están de vuelta por la Gran Vía, en una mañana de lunes de un octubre de manga corta, para zamparse en una terraza un menú del día a base de lentejas o hummus (primero a escoger) y un pollo con patatas (elección unánime) mientras charlan con infoLibre. Como si fuera un cameo improvisado que relaja el día, se cruzan con Jedet o Diego Ibáñez, dos de los actores con los que han trabajado en Veneno o Cardo, sus proyectos más recientes junto a Vestidas de azul, aún por estrenar. También se encuentran con muchos fans que les piden una foto y alucinan al verlos pasear como si nada, como dos compañeros de trabajo, amigos y pareja que son.

Son Los Javis. Javier Ambrossi y Javier Calvo. Calvo y Ambrossi. Un todo en el que se aprecian matices y se presienten diferencias. Ya una marca, y de éxito. Un fascinante objeto de deseo y/o envidia para algunos. Una víctima de clichés de periodistas que se empeñan en clasificarlos en algún lugar entre la condición de estrellas emergentes (todavía) y el universo Almodóvar (todavía).

La Mesías (Movistar plus) cuenta la vuelta de Enric (Roger Casamajor) e Irene (Macarena García), dos hermanos que vagan sin rumbo, a las oscuridades de su pasado. Siendo niños, su madre, Montserrat Baró, pasó de prostituta y abonada a los excesos a convertirse al cristianismo y creerse elegida por dios para salvar el mundo. Montse, interpretada magistralmente por Ana Rujas, Lola Dueñas y Carmen Machi, encierra a sus dos hijos en un caserío catalán en el que tiene seis hijas más, todas víctimas de un secuestro y desconexión del mundo. 

Enric e Irene escapan, pero sus hermanas no, y reaparecen en sus vidas muchos años después en forma de un grupo musical religioso que se hace viral en las redes. Es Stella Maris, inspirado por el grupo real Flos Mariae. Ahí empieza su regreso a un pasado del que habían huido. Objetivo: salvar a sus hermanas y, de paso, a sí mismos. 

“Estábamos dirigiendo Veneno”, explica Javier Ambrossi. “Tuvimos un paroncito para descansar y a Javi se le ocurrió la historia de una chica que de repente descubría que era la hija de Dios. La Mesías. Empezamos a hablar y complementamos ese punto de partida incluyendo a varias hermanas”. Los Javis mencionan referencias como MujercitasLas vírgenes suicidasCanino, pero también el documental The Wolfpack, sobre un encierro en Manhattan del que los niños se evaden viendo y recreando películas de Tarantino con las que se obsesionan.

“En todos los casos había cosas en común: el encierro, el fanatismo religioso y el arte como única manera de escapar. Pensamos que este patrón era interesante”, dice Calvo. 

Los capítulos (de en torno a una hora cada uno) mezclan terror y thriller, humor absurdo y drama, religión, esoterismo y hasta las abducciones extraterrestres. Es densa y oscura.

¿Exigente?

Ambrossi: Es un ejercicio de confianza en nosotros como creadores. Hay un pacto. “Confía, que te lo voy a dar”. Los primeros capítulos piden invertir porque nos estamos tomando el tiempo para contar los personajes.  

Calvo: No es de satisfacción inmediata y creo que eso la hace más valiosa. Estamos muy acostumbrados a la satisfacción inmediata y a los likes. 

Ambrossi: Es una invitación a sentarse y descansar, porque no la vas a poder ver en el móvil o cocinando. 

Calvo: Y sientes que conoces a los personajes íntimamente, que es algo que ya no es tan frecuente.

¿Es un paso natural en su carrera, necesitaban romper con lo que estaban haciendo o las dos cosas?

Ambrossi: Siempre, siempre nos dejamos llevar por nuestra voz, nunca hay nada premeditado. Si no creemos en la historia, yo no dedico tres años de mi vida para demostrar nada a nadie, te lo aseguro. No estoy loco. Lo hacemos porque creemos firmemente. Y La Mesías nos habló. Muchísimo, hasta el punto que era imposible salir de esa historia. Y nada me apetecía menos a mí que hacer otra historia de religión [pequeña nota biográfica: Ambrossi, como Macarena García, que da vida a Irene, estudiaron en un colegio del Opus Dei].

Calvo: En Veneno investigamos muchos tonos. Teníamos muchas ganas de mover la cámara y mucha energía. Nos quedamos con las ganas de contar ese sufrimiento de una manera mucho más pura, seca y árida. Ese fue el reto que nos pusimos: cómo podíamos hablar de la angustia de estos niños sin verbalizarla, que la sintieras tú sin juzgar demasiado. Cómo contar este maltrato de manera muy fría, árida. Plantando la cámara en el medio y haciendo que te sintieras dentro.

Aunque la religión ya está presente en La llamada, la obra de teatro y después película que los hizo famosos, La Mesías no se parece a nada que hayan hecho antes. No es ni una serie que pone sobre la mesa un tema antes casi invisible (Veneno), ni urbana (Paquita Salas, Cardo). 

Los proyectos que han abordado hasta ahora han configurado lo que para el público son Los Javis. Pero ahora se lanzan a lo más clásico que puede haber: la espiritualidad, las creencias, la infancia. 

Ambrossi: ¡Y rodando en 16 milímetros!

Nos parecía demasiado fácil ver qué causa estaba de moda y lanzarnos

¿Quieren el ring en el que otros han luchado tanto? 

Calvo: Después de hacer una obra tan reivindicativa, con tal vocación de justicia como Veneno, nos parecía tramposo elegir otra causa. Nos parecía demasiado fácil ver cuál estaba de moda y lanzarnos. La reivindicación que yo he tenido todo el rato en la cabeza ha sido hacer buen cine, rodar una serie de calidad y tomarnos nuestro tiempo para hacerla. Cuando haces eso, llega y cambia a las personas. 

Superar los traumas

La serie aborda continuamente la búsqueda de un sentido vital, de un hilo conductor. Para Montse, la madre, es la religión. Para sus hijas encerradas, también, pero a la fuerza. Ellas están en un cruce de caminos. Entre el que les propone su madre, con su aparentemente brutal lógica interna, y el de la libertad llena de riesgos de sus hermanos mayores, doloroso y no necesariamente más feliz. Porque cuando de pequeño te marcan, te marcan para siempre. Aunque vayas sanando tus heridas e incluso hagas las paces con tu pasado.  

Es casi imposible escapar de lo que nos han inculcado desde pequeños

“Es casi imposible escapar de lo que nos han inculcado desde pequeños. Si te han dicho que eres malo, es imposible huir del pensamiento de que eres malo. Si te han dicho que ser una persona LGTB es vergonzoso, vas a sentir vergüenza toda tu vida, por mucho que intentes sanar. Algo de eso siempre estará ahí. Salir del bucle de lo que has aprendido es muy difícil”, dice Calvo.

Pero se puede salir y no repetir los patrones aprendidos en casa. “Ser madre es ver las necesidades reales de los hijos, no imponerles tus movidas para que hagan lo que tú quieres”, explica Ambrossi. “Los padres no son dueños de los hijos. Es un debate que sigue de actualidad cuando escuchamos a padres decir que no quieren que se enseñe a sus hijos cultura LGTB. ¿Qué barbaridad es esa? Los niños no son de los padres ni del Estado, tienen derechos. En la serie se ve cómo para ser madre, en ocasiones tienes que serlo en contra de tu propio instinto”, dice Ambrossi sobre uno de los últimos capítulos. “Ser madre es también que te rompan el corazón. Me emociona lo bonito y triste que es saber que tus hijos se van a hacer daño pero tienen que vivir y vivir también es eso”.  

En un momento, Montserrat Baró le dice a su hijo que en realidad no va a salvar a sus hijas sino que va a salvarse él. Que, sin el hilo conductor de la religión, en realidad es un ser perdido en un mundo peligroso y al límite.

Calvo: La casa de Montserrat Baró es un micromundo, pero esa sensación apocalíptica la sentimos desde el covid. Parece que algo va a pasar, que todo se va a la mierda. Con el covid, el cambio climático o la política. Nos parecía muy interesante plasmarlo en la serie junto a esa búsqueda de salvación individual que tenemos todos. 

Desde el covid tenemos una sensación apocalíptica, como si todo se fuera a la mierda

Ambrossi: La idea del encierro es también muy del covid. Pienso en la gente que tiene 17 años y que no ha ido a la universidad, que se ha formado online. Que a su vida les falta un trozo y de repente tienen pocas oportunidades. Esa sensación de apocalipsis nos acompaña. 

Los Javis dicen no tener fe. Por eso, en otras entrevistas aseguran tener pavor a la muerte. Quizás tenerlo muy presente les haga vivir (y hablar) mucho más rápido que otras personas. 

Calvo: Tengo una espiritualidad respecto del trabajo. Sí tengo fe, cuando escribo o dirijo, en que todas las piezas me van a llegar, que todo me habla, que justo veo la película adecuada que me lleva por el camino correcto. Que la canción que he escuchado en el súper me ayuda. Que el actor que se me ha caído hace que llegue otro que encaja

Ambrossi: ¿Pero crees que te pasan cosas mágicas o que desarrollas la capacidad de que te parezca que cada punto tenga sentido, sea el que sea?

Calvo: Hay muchas maneras de mirarlo. Es algo que no pienso con la cabeza, que me llega desde otro lugar más espiritual a la hora de crear.

Ambrossi: Yo tampoco tengo ninguna fe. No en el sentido institucional y dogmático de religiones que parecen copiadas la una de la otra sin que nunca nadie diga: “‘¡Cariño, que son la misma!” La meditación me da mucha serenidad, pero no es religiosa. Sí tengo una creencia en la que todo me va a salir bien, desde pequeño. 

Calvo: Mi madre tenía a San Cucufato. Pero eso funciona, ¿eh? [ríe]

El trauma se cura con empatía hacia uno mismo, comprendiéndote y comprendiendo a los que te lo han hecho

La religión ha sido un hilo conductor España. ¿Qué estructura ahora a este país?

Calvo: Habiendo conocido otras sociedades, creo que somos bastante empáticos. En EEUU, la manera de relacionarte es muy distinta. La empatía nos hace sobrevivir en este país.

Ambrossi: Es la empatía. Como en la serie, la empatía es el antídoto al trauma. El trauma se cura con empatía hacia uno mismo, comprendiéndote y comprendiendo a los que te lo han hecho. De España estoy descubriendo que en el fondo, muy en el fondo, cuando nos miramos somos incapaces de que otro sufra por nuestras creencias. 

Puede ser otra definición de lo público. 

Ambrossi: Lo estoy viendo en personas de derechas, de mi entorno y mi familia, que me dicen que han entendido que no pueden votar a un partido que va contra mí. Esa empatía es algo muy español. Es la conciencia de que no puedes ir en contra de los otros. 

Y a la vez parece que todo está más crispado.

Ambrossi: Parece que sí pero no. 

Calvo: El mundo, todo, está más crispado. Pero aquí hay una empatía mayor. En otros lugares cancelan a una persona y es como si la tiraran a la basura. La religión, que ha dado sentido a este país, ha sido una imposición también para aquellos que tenían que ejecutarla. No es plato de buen gusto para una familia católica tener un hijo gay y tener que rechazarlo. Es algo aprendido, heredado, que llevas dentro. Y ahora que eso empieza a cambiar es una liberación también para esas familias. 

Ambrossi: A la hora de la verdad, si tuviéramos que votar a favor o en contra de personas, decidiremos a favor de lo que nos hace más felices. Además, en España hay una sensación de ligereza que no veo en ninguna parte del mundo. No encuentro otra palabra: ligereza. De no tomártelo todo tan en serio. Me gusta mucho eso de España. Esa sensación de “todo se cae, pero vamos a sentarnos un ratito a comer”. Siempre hay momento para un baile. 

¿Por qué dicen que esta es la serie más LGTBI que han hecho?

Ambrossi: Imagínate. Una serie que va de crecer encerrado, tener que escapar de tu casa, el desarraigo que te produce, intentar volver para reconciliarte con tu familia, que el viaje de vuelta sea irreconciliable… ¿Cuántas personas han intentado hacer el viaje de vuelta? Para mí, es nuestro trabajo que mejor explica el conflicto de fondo. Y el volver. Mucha gente te lo dice. “Me fui de mi pueblo, luego mi madre fue mayor y no me reconocía”. Eso de irte y no poder volver, o volver a duras penas… es algo que como comunidad no hemos tratado. La libertad y salir están genial. La explosión. Pero, ¿cómo es el viaje de vuelta? Esa vuelta para muchas personas LGTB es muy dura. Hacer las paces con el lugar que no te dejaba ser quien eras es muy espinoso y potente. Yo todavía me pregunto cómo voy a hacer mi propio viaje de vuelta.

¿No lo ha hecho?

Ambrossi: No. Lo tengo pendiente. ¡Qué miedo, ¿no?!

Dicen que no se van a Hollywood a rodar para poder hacer lo que quieren pero, al mismo tiempo, que tienen que alimentar sus personajes públicos para poder hacer lo que quieren. ¿Hacen lo que quieren o son presa del sistema?

Calvo: Me gustaría, cada vez más, trabajar de lo que me gusta y tener menos exposición. 

Ambrossi: Yo no sé lo que quiero. 

Calvo: Me lo he pasado muy bien, todo ha sido muy divertido pero la exposición pública me desgasta mucho, me hace sufrir. Soy muy feliz rodando. Muy feliz. Infinitamente feliz. Respiro el aire que no respiro en otros sitios. Soy quien soy rodando y no me pasa lo mismo cuando tengo exposición pública. Me juzgo, estoy fuera de mí, estoy inseguro, me coloco en un lugar de ansiedad. Al mismo tiempo reconozco que me ha aportado cosas. En Operación Triunfo el trabajo era real, ayudábamos a esos chicos a que preparasen sus canciones. Pero cuando la gente te conoce se forma una idea de ti y hay unas exigencias que no siento cuando estoy rodando. Llego con mi ropa y mi pelo. Estoy con mi gente y no me juzgo. Más que un peaje, el personaje público es algo que estuvo bien, que me ayudó a ser quien soy, a tener herramientas. Pero cada vez más quiero dedicarme a ser el mejor director de cine que pueda ser. Hala, ya lo he dicho. ¿Se ha entendido?

Ambrossi: No sé dónde me posiciono. También soy mucho más feliz creando y dirigiendo. Cuando estás en modo público, el cerebro se pone muy tóxico. Creo que estamos al final de una era. Ahora mismo. Tengo la sensación de que le queda poquito a Los Javis de la tele.

Calvo: Si por mi fuera, muy, muy poco. Aunque también haya disfrute. La famosa madurez de los Javis debe de ser que me estoy haciendo vieja. 

Ambrossi: Y sobre lo de dirigir fuera, más de lo mismo. ¡Es que nos gusta mucho hacer lo que nos da la gana!

¿Y ahora qué?

Ambrossi: Queremos hacer una película.

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Calvo: Y vamos a irnos a vivir fuera de Madrid.

Ambrossi: Dejamos la ciudad. Cuando esté con la mudanza en Malasaña diré: “¡Es el fin de una era!”

Calvo: El final de este año marca el fin de una era y el comienzo de otra. 

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