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Lee un extracto de 'Ofendiditos'

'Ofendiditos', de Lucía Lijtmaer.

Lucía Lijtmaer

infoLibre publica un extracto de Ofendiditos, el ensayo de la periodista y escritora Lucía Lijtmaer editado dentro de la colección Nuevos cuadernos Anagrama. En el breve texto, la crítica cultural analiza la categoría de ofendiditos y las acusaciones de puritanismo contra la queja de minorías o del movimiento feminista. ¿Son los ofendiditos una amenaza contra la libertad de expresión? ¿O las verdaderas amenazas están en otros espacios, normalmente en el poder? Quienes advierten contra los ofendiditos, ¿defienden la pluralidad o tratan de criminalizar la protesta?

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Reírse del ofendidito genera un placer parecido al de pertenecer a una subcultura: quien lo hace se distingue por sus gustos, ajenos al mainstream, y por ende se identifica y se siente especial en un grupo más reducido. De la misma manera, ¿quién no querría estar del lado de quien se ríe? El que se ríe demuestra así su superioridad, su conocimiento. El que se ríe automáticamente queda por encima del otro, porque le da una vuelta de tuerca a la broma, porque considera que está haciendo una crítica social y cultural descarnada. Por el contrario, el que se ofende no se entera de nada. Por eso una de las principales razones que se aducen cuando hay un escándalo por algún asunto «políticamente incorrecto» (más sobre esto en el siguiente capítulo), una de las principales acusaciones a «la turba» o a «los ofendiditos», es la falta de comprensión lectora. Así sucedió con un texto de Pérez-Reverte, una fábulasátira cipotuda sobre cuatro amigotes babosos que se intentan ligar a Christina Hendricks en Casa Lucio, que de tan plausible se la creyó todo el mundo.1 Lo mismo ocurre cada vez que hay un chiste que despierta ampollas entre feministas, movimientos LGTBI o minorías raciales.

Ese es también el argumento esgrimido por Rober Bodegas, la mitad de Pantomima Full, ante el escándalo desatado después de que reflotara un vídeo de un stand up suyo de 2017 en el que hacía chistes sobre estereotipos gitanos. El fragmento dice lo siguiente:

 

Es muy difícil ver chistes de gitanos en la tele y me parece bien. Ellos nos han pedido que no hagamos chistes y lo estamos cumpliendo. Nosotros hemos pedido que vivan acordes a nuestras normas sociales y ellos supongo que necesitan tiempo.

A partir de ahí se suceden algunos chistes sobre payos como «Esto es un payo que va conduciendo, lo para la Guardia Civil y tiene la ITV, el seguro, el coche es suyo»...

Ante la repulsa social que despertó el monólogo, el guionista hizo público un largo comunicado en el que, tras disculparse, argumentaba: «En mi opinión no hay que esperar pedagogía ni didáctica en la comedia cuando se dirige a personas adultas, pues confío en el criterio personal de cada persona para discernir entre un chiste y un discurso serio.» Bodegas hacía hincapié una vez más en la idea de que el humor no tiene límites, pero los ofendiditos sí. Dejaba, eso sí, de lado la idea complementaria de que el humor, como toda expresión artística, puede tener además intención ideológica, la entienda así el autor del chiste o no. De todas maneras, en el apoyo de sus com- pañeros quedaba, una vez más, fijada la idea de que, si el humor no tiene límites, todo chis- te es un salvoconducto.

Los molestos por los chistes de gitanos de Rober Bodegas se convirtieron inmediatamente en ofendiditos, pero no se tildó así a la organización Alternativa Sindical de Policía, que denunció a Dani Mateo por sonarse los mocos con la bandera de España en un sketch de El Intermedio. Tampoco fue ofendidita Celia Mayer, concejala del Ayuntamiento de Madrid, que presentó una denuncia contra los titiriteros Alfonso Lázaro y Raúl García por delito de enaltecimiento del terrorismo durante la representación de una obra satírica en los festejos del Carnaval de Madrid en 2016.

No. El ofendidito es objeto de mofa por blando, moralista y porque es corto de miras, básicamente. Porque se ha feminizado. Pero sobre todo porque no ha entendido, o no ha querido entender, la broma, que no es contra el Estado ni contra el poder. El humor del que no se ríe el ofendidito se vende como despojado de política e ideología. O, en su variante más contemporánea, se lo exime de la crítica o la indignación precisamente porque la ideología, si molesta mucho, tiene un chiste pegado a ella.

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1. Arturo Pérez-Reverte, «Cristina Hendricks y nosotros», en XL Semanal, 7 de mayo de 2017.

 

Ni ofendiditos ni puritanas

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