Cultura

El liberalismo de Vargas Llosa, contra las cuerdas

El escritor Mario Vargas Llosa.

Si en La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) componía su "autobiografía intelectual", el relato no le deja en buen lugar. Esta es una de las conclusiones a la que llega el sociólogo y politólogo argentino Atilio A. Boron (Buenos Aires, 1943) en su último ensayo, El hechicero de la tribu (Akal), recién presentado en España. En aquel ensayo publicado en 2018, el Premio Nobel hacía una defensa del liberalismo a través de una heterodoxa selección de siete autores que él engarzaba dentro de la tradición liberal. El pensador marxista, profesor en la Universidad de Buenos Aires, leía el volumen con estupor, como había escuchado anteriormente con estupor algunas diatribas políticas del autor peruano. Pero no era solo que el libro fuera la crónica de lo que Boron ve como el "extravío" ideológico de Vargas Llosa. Es que el volumen está "saturado por mentiras"

"Vargas Llosa, que quede claro, es un gran escritor, una de las mayores plumas de la lengua castellana", explica Boron a este periódico, exhibiendo un respeto por el escritor que no se pierde más allá de los abundantes desacuerdos políticos. "Pero se mete en un terreno que realmente no conoce, y lo hace de una manera por momentos muy defectuosa". En La llamada de la tribu —el liberalismo es, para el escritor, una resistencia a un colectivismo primitivo—, Vargas Llosa analiza a siete autores que suponen para él el Olimpo del pensamiento liberal: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich August von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. En El hechicero de la tribu, Boron toma a estos mismos autores, expone la explicación que hace de ellos el novelista, y la contrapone a su propio estudio de esos pensadores, señalando las "artimañas retóricas" y los errores del peruano. 

 

Pero, ¿por qué tomarse estas molestias? Boron y Vargas Llosa no pueden tener bases ideológicas más dispares: si el segundo renegó en su juventud de la Revolución cubana e inscribe a Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales en la izquierda "tradicional, autoritaria y antidemocrática", el primero defiende la Revolución bolivariana y dedica el volumen precisamente a Castro. No es la única divergencia: el libro de Vargas Llosa se aleja de todo academicismo y no podría considerarse un análisis exhaustivo del pensamiento de los mencionados autores, mientras que Boron, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard, cuenta con un sólido aparataje teórico y se desenvuelve con mucha más facilidad por la obra de esos mismos pensadores. "Si le he dedicado tanto tiempo al libro", cuenta el argentino, "es porque esta operación que hace Vargas Llosa llega a destilarse como el sentido común de la sociedad a través de la repercusión que tienen sus escritos en todos los medios".

Lo advierten Boron en la introducción: "Nos guste o no, Vargas Llosa es hoy por hoy el más importante intelectual público de la derecha en el mundo hispanohablante, y tal vez uno de los de mayor gravitación a nivel mundial". Habría que decir que el aprecio es mutuo, porque la vinculación del Nobel a distintos proyectos políticos no es precisamente un secreto. No se trata solo que se presentara —sin éxito— a las elecciones en Perú, en un bloque de partidos conservadores unidos contra el deseo de Alan García, entonces presidente, de nacionalizar la banca. Ha alabado públicamente a mandatarios del Partido Popular como Esperanza Aguirre y José María Aznar, se acercó también a Rosa Díez cuando UPyD estaba en proceso de crecimiento. Celebró su 80 cumpleaños acompañado de figuras como Mariano Rajoy, Felipe González o el actual presidente chileno, Sebastián Piñera. Ha sido muy activo contra el nacionalismo catalán —participó en la manifestación del 8 de octubre de 2017—, y en los últimos meses ha participado tanto en la Convención del PP como en diversos actos de Ciudadanos. 

El politólogo acusa a Vargas Llosa de estar gobernado por "el fanatismo del converso". Recordemos que en El pez en el agua (1993), narraba ya su paso del comunismo radical al neoliberalismo entusiasta, en lo que Boron describe como "uno de los casos más espectaculares de apostasía y conversión al neoliberalismo de un intelectual de izquierda". Y hay más de un caso. "Cuando fue marxista fue un fundamentalista del marxismo", retoma el argentino, "y ahora es un fundamentalista del liberalismo. Y como tal hace interpretaciones muy sesgadas, toma lo que le conviene, oculta problemas…". Por ejemplo, es capaz de restar importancia a las "posiciones conservadoras y hasta reaccionarias" de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, artífices declarados de su conversión, para resaltar su "inequívoca orientación liberal". Boron se plantea si dentro de esa "inequívoca orientación liberal" entra la orden de la primera de hundir el crucero General Belgrano durante la Guerra de las Malvinas, o el demostrado apoyo del segundo a la contra nicaragüense, la guerra sucia contra el Gobierno sandinista. 

 

Pero Boron encuentra otras faltas intelectuales que tienen que ver exclusivamente con el análisis que Vargas Llosa hace de sus admirados autores. El autor argentino se exhaspera particularmente con su interpretación de Adam Smith, al que considera una "luminosa cumbre del pensamiento, un gran filósofo y economista". Según defiende el argentino, Vargas Llosa hace un mal uso de la conocida "mano invisible", una metáfora que se ha convertido en "la marca" de Smith, pero que a menudo, defiende, se descontextualiza. El escocés, explica Boron, utiliza esta expresión solo en dos ocasiones, y el éxito de esa expresión oculta "las muchas veces en las cuales Smith problematizó en su obra el virtuoso funcionamiento de la 'mano invisible". El autor explica que no solo Smith detectó numerosas situaciones en los que el arbitrio del Estado era necesario para el bien de la sociedad —desde la regulación del papel moneda hasta las restricciones en los tipos de interés—, sino que además dejó sentencias como: "Ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si una gran parte de sus miembros son pobres y miserables". Y este es solo un ejemplo de los abundantes fallos recogidos en las más de 200 páginas de El hechicero de la tribu

Tras la crítica al pensamiento político de Vargas Llosa, hay tambiénuna crítica al mismo pensamiento liberal. Boron señala —cuando las encuentra— las inconsistencias de los autores glosados a la par que las del propio Nobel, y a la vez apunta los males que, en su opinión, ha infligido el neoliberalismo a América Latina, Estados Unidos y Europa. Todo el volumen gira en torno a una idea que es también el eje del de Vargas Llosa, solo que aquí el autor se dedica a analizarla y desmontarla. Esta sería que liberalismo y democracia van irremediablemente unidos. "Es absolutamente falsa, no tiene sustento histórico alguno", sostiene el politólogo. "Son dos construcciones sociales completamente diferentes: el liberalismo es una doctrina que antepone la primacía del individuo sobre lo colectivo, y la democracia es un proceso mediante el cual actores colectivos van construyendo un poder social a partir de un impulso ascendente de abajo a arriba". Es decir, que la alabanza del individuo que realiza Vargas Llosa a lo largo del ensayo sería contraria a las bases mismas de la democracia, que trabaja con la articulación de mayorías. 

Si Boron limita el debate al cruce de libros no es por su propia decisión: "A mí me encantaría tener un debate respetuoso con él", dice. Y retoma: "Aunque sé que no voy a tener ninguna chance, porque me va a ignorar él y toda la prensa oficial". La pelota, en cualquier caso, queda en su tejado. 

 

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