El monóxido de carbono es un gas que no deja marca. Avanza casi imperceptible entre los espacios cerrados hasta que ya es demasiado tarde. Con un 10% en sangre comienza el malestar. Con un 20% náuseas y vómitos. En el 30% llega la sensación de somnolencia, alteraciones visuales y debilidad. A partir del 40%: síncope, taquicardia e insuficiencia respiratoria. Con un 50% se puede caer en un coma. Y, pasada la cifra de 60, lo más seguro es morir. Cuando llegó la ambulancia, Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) tenía un 50% de monóxido de carbono en la sangre.
La escritora sobrevivió y, por supuesto, escribir sobre ello en su nueva novela Oxígeno era casi un mandato, una “rendición”, como ha descrito ella misma. En la era del miedo al spoiler, de terminar una serie en su noche de estreno para que nadie te lo destripe al día siguiente, la escritora madrileña es el spoiler en sí. Sabemos cómo acaba la historia, pero la tensión, la rabia por la crisis de la vivienda y la ternura de un nombre propio como el de Marta Jiménez Serrano, hace que casi sea obligado leer Oxígeno. Spoilers incluidos.
En una parte del libro habla de que este no ha sido un tema fácil sobre el que escribir. ¿Por qué ha decidido hacerlo?
No llego a la conclusión de que tengo que escribir sobre la novela, me rindo un poco, me doy cuenta de que no se me va el tema de la cabeza, de que sigo pensando sobre ello. Entonces hay un momento en que claudico y digo, bueno, pues esto es lo que hay que escribir, te apetezca o no. A veces nos sale el libro que nos sale y a mí me salió este.
En la novela narra cómo sufrió una intoxicación de monóxido de carbono y casi fallece. ¿En algún momento se volvió menos difícil escribir sobre ello?
Bueno, tuve ratos, pero yo creo que esto pasa con todos los libros, sí que hubo una parte en la que, según avanzaba, era más capaz de recordar lo ocurrido, pero también hubo momentos en los que me volvía a atorar con algo. El proyecto tenía muchos retos a nivel narrativo y hay cosas que me ha costado bastante decidir cómo resolver.
Joan Didion decía que ella escribía para ordenar sus pensamientos, ¿es su caso?
Sí, yo creo que escribir es mi modo de relacionarme con el mundo, de entender lo que me pasa, de poner en palabras lo que no entiendo, y esto creo que lo hago siempre, escriba algo biográfico, no biográfico, da igual, es el modo que yo tengo de relacionarme con las cosas. Y en este caso, sin duda, el libro ha sido la guinda del proceso terapéutico y que me ha ayudado a ordenar un poco lo que pasó y a colocarlo.
¿Este suceso le ha cambiado el concepto que tenía de la muerte?
Sí, me ha obligado a enfrentarla y a pensar un poco, a tomarme la vida de otra manera. Más que cambiarme el concepto de la muerte, me ha cambiado el concepto de la vida y del tiempo y de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el cuerpo. Me ha obligado a hacerme una serie de preguntas, a veces incómodas, pero que me han reconfigurado cómo veo el mundo.
¿De qué forma ha cambiado ahora su concepto de la vida?
Me relaciono de manera muy distinta con el placer, la verdad. Hay un momento del libro en el que hablo en contra del carpe diem. Yo creo que a veces, en este mundo acelerado y sobreestimulado en el que vivimos, tenemos una noción de placer que tiene mucho que ver con la ansiedad. El carpe diem a mí me da es un agobio terrible. Si tengo que vivir cada momento como si fuera el último, entonces lo que estoy es obligada a la felicidad perpetua y en el momento en que un placer se convierte en una obligación, es muy difícil disfrutarlo. Todo esto me ha ayudado a parar, a recular un poco y a disfrutar desde el sosiego.
En el accidente, usted fue quien se desmayó pero su pareja en aquel momento también estaba altamente intoxicado. Estuvieron a punto de morir y, sin embargo, no tuvieron apenas días de baja laboral...
Mi pareja no tuvo casi días porque es autónomo. Que lo de ser autónomo y las bajas es un temazo también. Y yo solo tuve tres días. Pero incluso cuando paramos, hay que aprender a parar, a estar con nosotros mismos. Creo que confundimos estar solos con estar con nosotros mismos. Hay gente que cuando está sola se pone a jugar a videojuegos o mirar Instagram. Con eso estás es evadiéndote, pero no es estar contigo mismo. Y yo he aprendido que el modo de no perderme la vida es estar conmigo, es estar enterándome de lo que me está pasando.
¿Y cómo lo consigue?
Es un modo de estar, siendo consciente, de estar acompañándome, de no estar desconectada. Creo que somos muy adictos a la felicidad y a la intensidad, y como eso no hay quien lo soporte, pues entonces estamos constantemente buscando cosas que nos anestesien. Las pantallas, el alcohol, la comida, las drogas —también hablo de las legales– porque estamos todos empastillados. Lo que intento es estar anestesiada el menor tiempo posible. Creo que estar contigo mismo pasa por estar consciente durante lo bueno y durante lo malo también.
En la novela se refiere a ello, dice que cuando escribe se encuentra completamente presente y a la vez ajena a todo lo demás. ¿Es escribir una forma de conectar con una misma?
Sí. Cuando escribo estoy en el presente, no me estoy evadiendo, al revés, estoy conectando con muchas cosas. También es verdad que se puede escribir por ansiedad y se puede escribir por evasión, pero yo cuando escribo estoy conmigo misma.
¿No era más complicado hacerlo con está novela, al tratar un tema tan delicado y que le toca tan de cerca?
Al principio era más difícil pero luego también hubo una parte que era como cualquier otro libro. Porque yo creo que para escribir, aunque sea autoficción o biográfico hay una primera parte que requiere cierta sensibilidad para recordar lo ocurrido, intentar poner las emociones, ver cómo te sentiste. Pero luego hay una parte muy fría de ver si funciona el narrador, el tono... He pasado por muchas fases del proceso. Al principio me costó más porque lo tenía más reciente, pero luego también hubo una parte que fue como escribir cualquier otra novela.
Hablando de esa parte más fría, la novela podría haber caído en el dramatismo o el sensacionalismo. Sin embargo, el tono no solo no cae en ello sino que muchas veces es profundamente gracioso. ¿Cómo lo encontró?
El tono alejado del dramatismo sí que fue muy deliberado. Intenté hacer una cosa elegante, sobria, el libro se prestaba mucho al morbo e intenté huir de eso. Y luego el humor salió de manera involuntaria, se ve que no me puedo desprender de él. El reto fue que el humor no quitara gravedad a lo ocurrido. Porque el humor a veces lo usamos como coraza para no entrar en según qué territorios, así que traté de que el humor funcionara como una forma de dejar entrar el aire de vez en cuando.
En gran parte de la novela habla de su infancia, ¿cree que cuando estamos cerca de la muerte instintivamente volvemos a pensar en nuestra niñez?
La vuelta a la infancia siempre sucede porque nuestra noción de todas las cosas se construye ahí. Nuestra primera idea del amor es lo que vimos de niños, nuestra primera idea de la muerte también. Muchas veces la proximidad de la muerte te hace retrotraerte al origen, pero yo creo que en general casi cualquier concepto importante, si uno se va a rastrearlo al principio se topa con la primera vez de niño que se encontró con eso.
Explica varios episodios en los que su madre tuvo que ir al hospital porque estaba muy enferma. En todo ese tiempo el resto de su familia parecía necesitar que usted se encontrara bien, que no se sintiera mal. ¿Le ha hecho eso tener más dificultad para procesar ciertas cosas?
Sin lugar a duda. Venimos de lo de que “las cosas no se hablan”, “el genio hay que guardarlo”, de familias y de una sociedad en la que hablar de lo íntimo estaba mal. Para mí ha sido un proceso poder legitimar mi dolor y entender que no pasa nada y que le puedo dar un espacio razonable, aunque a veces nos pasamos de rosca también, y el regodeo en el dolor tampoco creo que valga de nada. Pero que cada cosa tenga su espacio es muy necesario.
La intoxicación por monóxido de carbono se dio por una negligencia de su casera, que no revisaba la caldera. ¿Es la vivienda el gran canalizador de nuestras vidas?
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Hay muchos factores que catalizan nuestras vidas pero la vivienda es el suelo, es el hogar. Hay un momento del libro en el que digo que para poder salir al mundo necesitamos un lugar al que volver. Si no tenemos ese lugar al que volver, o si ese lugar al que volver es precario, o no sabemos cuánto va a durar, pues todo es mucho más complicado.
¿Cree que la literatura puede ser una mejor vía que los datos o estadísticas para denunciar la problemática de la vivienda?
La literatura nos permite dar otra mirada de las cosas. Está el análisis económico, está el activismo, está el análisis sociológico, pero la literatura permite mirar desde otro sitio. He intentado aquí que se vea cómo eso nos afecta a la intimidad. Más allá de los datos o de los números. La literatura permite abordar temas desde otro lado y a veces puede llegar más hondo o concienciar más precisamente porque no está intentando concienciar. No se trata de seguir hablando. Se trataba de contarlo mejor, de contarlo desde otro lugar. Tenemos que seguir buscando nuevos modos de mirar y de contar las cosas.
El monóxido de carbono es un gas que no deja marca. Avanza casi imperceptible entre los espacios cerrados hasta que ya es demasiado tarde. Con un 10% en sangre comienza el malestar. Con un 20% náuseas y vómitos. En el 30% llega la sensación de somnolencia, alteraciones visuales y debilidad. A partir del 40%: síncope, taquicardia e insuficiencia respiratoria. Con un 50% se puede caer en un coma. Y, pasada la cifra de 60, lo más seguro es morir. Cuando llegó la ambulancia, Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) tenía un 50% de monóxido de carbono en la sangre.