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'Octubre de 1936'

Los mitos del franquismo han sido retomados en cierta forma por el revisionismo histórico sobre la supuesta sovietización en España. Ángel Viñas, economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo, dispone de una amplia base de datos sobre la financiación de la guerra, así como información sobre la ayuda soviética a la República. Y apoyándose en ese bagaje documental desmonta en Oro, guerra, diplomacia. La República española en los tiempos de Stalin muchos de los mitos de ese turbulento período de la historia de España. Editado por Crítica, la obra puede encontrarse en las librerías a partir de este 25 de enero. infoLibre publica un extracto del libro. 

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Octubre de 1936

En La soledad de la República argumenté hace tiempo, con la debida documentación soviética y no soviética, la forma y manera en que Stalin se tomó su tiempo antes de enviar material de guerra al Gobierno de Madrid, complementando exposiciones previas de Rybalkin en 2000 y de Kowalsky en 2004. No tengo la impresión de que Haslam la haya mejorado. El líder soviético no respondió como un autómata a las noticias que aparecieron en la prensa internacional sobre la llegada de los primeros aviones italianos a Marruecos. Tampoco sobre lo que poco a poco fue filtrándose acerca de la arribada de buques alemanes con cargas equivalentes. Uno de sus más recientes biógrafos lo ha achacado al desconcierto que le provocó el estallido de una guerra que no esperaba. Es posible, pero en mi modesta opinión tampoco es seguro. Lo que sí cabe reconstruir documentalmente es que el primer contacto hispano-soviético se produjo por parte española, cuando la República empezó a mandar mensajes a varios países sugiriendo el envío, previo pago, de material de guerra para hacer frente a la sublevación. El nuevo Gobierno Giral fue muy expeditivo y poco a poco fue enviando mensajes a Francia, Alemania, Suiza, el Reino Unido (países todos con los que se tenían relaciones bastante estrechas desde 1931) y, el 25 de julio, a la URSS a través de la embajada española en París, siguiendo la costumbre reseñada en el anterior capítulo.

Esta petición no tuvo la significación que el anticomunismo militante de numerosos autores occidentales le han atribuido. Hubo de pasar mes y medio antes de que Stalin reaccionara a lo largo de un deslizamiento cuyos hitos fundamentales ya desgrané. Es de notar que un autor de recia raigambre franquista como el general de división en el Ejército del Aire Jesús Salas Larrazábal, o sus ayudantes, pasaran bajo el Arco de la Victoria madrileño toda la documentación soviética que servidor aportó desde Moscú y que solo citen a Kowalsky en olvido de otros autores.

Antes de enviar material a la República los soviéticos tuvieron que subsanar un déficit de información mayúsculo. Por eso aparecieron en España «exploradores» civiles y militares de todo tipo ya en el mes de agosto y se decidió rápidamente establecer la embajada en Madrid. La compusieron Rosenberg, Gaikis, dos criptógrafos, un consejero comercial y otro militar, con sus asesores.

Los lectores interesados podrán consultar algunos de los informes fundamentales en el plano militar que el GRU (Servicio de Inteligencia Militar o 4.º Departamento del Estado Mayor del Ejército Rojo, también conocido por el acrónimo Razvedupr, y dirigido por el general Semyon P. Uritski y, tras su ejecución en 1937 y los dos cortos intervalos de Yan K. Berzin yAlexander M. Nikonov, por Semyon Gendin, también ejecutados) fue poniendo sobre la mesa de Stalin y Voroshílov. Los analicé en 2006. Haslam continúa ignorándolos. Es lógico que se diera mayor importancia a estos informes que a los complementarios de la Comintern, en parte basados en la antena radicada con el PCE en Madrid. Howson lo explicó con menos pormenores en una obra que se publicó en inglés en 1998 y que apareció en castellano dos años más tarde. Ha corrido mucha agua bajo los puentes desde entonces.

A la vez que la situación de los gubernamentales empeoraba, Stalin fue sentando los jalones de un deslizamiento progresivo hacia una decisión, en paralelo a la acumulación de datos sobre la connivencia nazifascista por un lado y la actitud portuguesa por otro. Había que lidiar también con los inicios de una política de no intervención que, como es sabido, fue absolutamente letal para la República. La primera ayuda material abordó el suministro de combustible para la desarbolada flota republicana. Rybalkin fue, en la edición en ruso de su obra en 2000, el primer autor en señalar esta decisión que, naturalmente, mencioné con la debida atribución. Se produjo el 22 de julio, cuando el Politburó decidió enviar crudo reanudando la corriente de suministros de anteguerra que había experimentado retrasos. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que un conocido historiador británico se había apropiado de su descubrimiento sin indicar la fuente. Esta línea de apoyo se fortaleció el 17 de agosto, con la intervención directa del propio Stalin.

Se trató posiblemente de un primer envío de 4.600 toneladas de fueloil y 1.600 de gasoil que se embarcaron en el Remedios, en Batumi, el 24 de agosto. Los siguientes suministros se hicieron en el Zorroza, con 6.300 toneladas de fueloil, y de nuevo el Remedios, con otras tantas 6.241 toneladas los días 2 y 25 de septiembre, respectivamente. Este segundo viaje del Remedios, que debió de llegar a Batumi a mitad de mes, permite aclarar una pequeña incógnita a la que aludí en La soledad de la República. Entonces señalé (p. 216) que cuando Stalin, en las primeras semanas de dicho mes, empezó a pensar en temas de aviación, es verosímil que tuviera en cuenta la llegada del barco, en el que iban el diputado comunista por Málaga Cayetano Bolívar y otras dos personas. La tripulación, se dijo, la componían comunistas y anarquistas. Puede que fuese una explicación, porque lo normal es que se tratase de la que había ido en el primer viaje, con alguna que otra alteración. No lo sabemos. Tampoco he visto que ningún autor, ruso o no, lo haya mencionado.

Aprovecharon la ocasión para solicitar armas. Una delegación, en la que no podría faltar Bolívar, se desplazó a Moscú. El 12, hablaron en el secretariado de la Comintern con Palmiro Togliatti («Ercoli») y plantearon un pedido de varios millares de fusiles, quinientas ametralladoras y otros pertrechos. Poca cosa, pero sin quererlo explícitamente debieron de llamar a una puerta semiabierta. En cualquier caso, a principios de septiembre el Buró Político también autorizó el envío a España de tetraetilo de plomo (TEL) imprescindible para elevar el octanaje de la gasolina que utilizaban los aviones más modernos.

Stalin andaba pensando en enviar aviación a España. Se le ocurrió si no cabría adquirir aviones en México, único país que ya había empezado a demostrar su voluntad de no dejar sola a la República y de lo que los soviéticos estaban perfectamente enterados. No pudo ser demasiado difícil disuadirle de los inconvenientes logísticos y políticos de la empresa. Pero, independientemente de lo que se decidiera y cuándo en Moscú, no hay que olvidar que la prensa fascista y la occidental proclives a los sublevados se deshacían en informaciones falsas sobre supuestos envíos de armas soviéticas a España. En este capítulo es obligada la referencia, por lo cómoda, a lo que figura en los documentos diplomáticos alemanes (conocidos desde 1950 en inglés y al año siguiente en versión original).

Aunque los diplomáticos y espías nazis y fascistas sobornaron a las autoridades turcas que vigilaban el paso de convoyes por el Bósforo, sus informaciones fueron erróneas en las referidas a agosto y la mayor parte de septiembre. Las publicadas son una pequeña muestra. En Berlín y en Londres, por citar archivos en los que trabajé hace años, hay muchísimas más, siempre equivocadas, antes de los primeros envíos que ya constató Howson, el primer autor occidental en utilizar documentación de archivo de origen soviético sobre el tema.

Lo que sí se sabe desde hace tiempo es que en las primeras semanas de septiembre la plana mayor del Ejército Rojo se apresuró en hacer los correspondientes war games, por si Stalin se decidía a intervenir. Tras las primeras reuniones del inefable Comité de No Intervención en el Foreign Office, la farsa que entonces se iniciaba apareció en toda su crudeza, siempre orquestada, dirigida y estimulada por los británicos. Por una serie de razones de realpolitik, ideología, política interna (sobre todo en el vector antitrotskista) y cálculo estratégico, Stalin empezó a animarse a dar un paso al frente. El 14 de septiembre se aprobó la formación de las Brigadas Internacionales (BBII). En ello se aceptaron por fin los argumentos que había venido esgrimiendo el PCF desde hacía semanas. También se aproba ron los planes operativos ya preparados. La luz verde la dio, por fin, Stalin el 26 de septiembre, concluyendo el proceso de deslizamiento. Habían transcurrido casi tres meses desde la firma de los contratos con los italianos por los monárquicos y dos meses desde la decisión de Hitler. Una resolución previa del Politburó del 20 de septiembre recayó en el suministro durante el cuarto trimestre del año de productos petrolíferos por un total de quince mil toneladas. La ha identificado Karimov. Todos estos envíos no habían sido programados en el plan quinquenal.

Pocos serán hoy los autores que discrepen de que los dos primeros envíos documentados de material bélico a la República los llevaron un buque tanque español, el Campeche, que zarpó de Batumi, tras una desviación a Tuapsé, el 28 de septiembre con también 7.700 toneladas de fueloil, y una semana después el Komsomol. Fueron, sin embargo, muy diferentes desde el punto de vista cuantitativo, cualitativo y político. El Campeche, ya lo explicó Howson, transportó material de fortuna, recogido rápidamente en un vaciado de arsenales. En el segundo, lo que partió fue material moderno. En este sentido, creo que fue en el Komsomol y en las circunstancias de su salida y llegada donde debe verse realmente el comienzo del apoyo directo a la República con material bélico. Naturalmente, no hago de ello una cuestión de gabinete.

Hoy es notorio que toda la operación estuvo rodeada de una cortina de seguridad difícil de penetrar. Dejando de lado las noticias de prensa, los diplomáticos occidentales solo se hicieron eco de rumores. Son los más interesantes para nosotros, simplemente porque se leían prioritariamente en los Ministerios de Asuntos Exteriores de los países interesados. Es verosímil que no se atribuyera el mismo grado de atención a lo que publicaba la prensa. También se la leía, pero para algo se pagaba a los diplomáticos y sus contactos. Se debe al historiador polaco Dariusz Jeziorny el haber trabajado intensamente en los archivos nacionales británicos para recopilar toda la información que en Londres se recibía procedente de cuatro fuentes: a) diplomáticas y consulares en España y de fuera de España; b) del Almirantazgo, recopilando los informes emanados de los buques que navegaban por el Mediterráneo; c) las suministradas por el Ministerio de Asuntos Exteriores yugoslavo (muchas de las cuales fueron exageradas), y d) las obtenidas por el Ministerio de la Guerra (War Office). A ellas habría que añadir las recibidas de los servicios de inteligencia ligados al Foreign Office (MI6) y, naturalmente, la habitual desencriptación de comunicaciones telegráficas.

Proliferaban todo tipo de «informaciones», incluso las más disparatadas. Así, por ejemplo, el cónsul general nazi en Barcelona, Otto Köcher, informó el 16 de septiembre a la Wilhelmstrasse que hacía más o menos una semana que, según una fuente que caracterizó de fiable, habían desembarcado en un pequeño puerto español 37 aviones soviéticos, de los cuales siete ya estaban ensamblados. ¿Qué pensarían de esta «noticia» los genios logísticos del Ministerio de Aviación de Göring? Con los mismos habrían llegado, además, treinta pilotos disfrazados de funcionarios de la Cruz Roja Internacional. No cabe criticar al diplomático alemán que, en una situación confusa y difícil, se hiciera eco de las noticias más o menos fiables que llegaban a sus manos, pero es deber del historiador cribarlas. Sin embargo, lo que Köcher transmitió era completamente absurdo.

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