El rincón de los lectores

Dos escritoras contra el olvido

Portada de Vivir el tiempo, de Noelia Adánez.

La femineidad es una representación visual que se sitúa en un mercado controlado por hombres, destinada a la mirada masculina y consumida por hombres… el cuerpo es el pilar fundamental de la cultura de consumo, puede retroalimentar la esfera de la producción y generar capital.

El fin del amor. Una sociología de las relaciones negativas (Katz), Eva Illouz

El libro que tengo delante es muy breve, apenas pasa de las cien páginas. No sé por qué ahora se estilan los libros gordos y las películas de dos horas y media por lo menos. El título es bello, poético: Vivir el tiempo (Edicions Bellaterra). Lleva un subtítulo: Mujeres e imaginación literaria. Su autora: Noelia Adánez. En la portada, de fondo rojo intenso, una pluma estilográfica, la nube de tinta que sale del plumín y otra nube donde hay una mujer con un libro abierto en una mano, mientras con la otra acaricia, no sé si en clave de gozo o de preocupación, los labios medio cerrados de una boca que se desdibuja y funde con la mejilla en sombra y los cabellos oscuros que, como en una onda, tienen brechas claras abiertas sobre la frente. Gozo o preocupación en el gesto de la mujer. Ahí se anticipa ya, si queremos verlo así, lo que es la escritura grande. La que no confirma ningún bienestar, sino que lo hará difícil y a ratos imposible. Para dejarnos sólo con el gozo, ya están los tratados de autoayuda, incluida ahí mucha literatura de ficción que convierte el conflicto de las situaciones y los personajes en un chirriante mercadeo con las emociones, esas emociones que tan bien están siendo utilizadas por el fascismo de viejo o nuevo cuño, que tanto da cuando se trata de colarnos capitalismos a destajo en ese desconcierto y esa incertidumbre (tan dignamente tratada, esa incertidumbre, en el libro de Eva Illouz que encabeza estas líneas) en que unas cosas y otras, más o menos iguales, han convertido nuestras vidas.

El libro de Noelia Adánez es un libro contra el olvido. Y mirado, de frente o por la espalda, también una crítica más que razonada —a ratos con una irritación más que justificada— de eso que llamamos canon literario y de la autoridad más que discutible que lo firma y lo alimenta, muchas veces sin el pudor mínimamente exigible a lo que pensamos y decimos. Una niña preguntó a la abuela de los refranes qué era eso del fin del mundo, algo parecido, aunque entonces no lo supiera, a “lo que existe dentro y fuera de la conciencia”. Lo que buscaba era una respuesta que le señalara el camino para escapar del silencio. La mejor respuesta a cualquier pregunta es seguir haciendo preguntas, que no se acaben nunca las preguntas. Ahí, los libros. Y después, el convencimiento de que “los libros no se acabarían nunca”. Pero hay veces en que lo que deseamos se tuerce y no sabemos muy bien por qué y de qué manera podemos devolver a los libros lo que fueron cuando creíamos que sus páginas eran como la balsa de inseguros tablones que nos salva del naufragio. Y es cuando la niña “supo entonces que existen miles de páginas de libros que hace años que nadie lee, y que solo hace falta recuperarlos, ordenarlos, completarlos con los pedazos que alguien les arrancó y devolverlos a las estanterías de las librerías y las bibliotecas”. Y entre esas páginas y su necesario rescate están —y a eso dedica su autora este libro impresionante— las de Concha Alós y Dolores Medio. La primera nacería en 1926 y ganaría el Premio Planeta en 1964, con Las hogueras. La segunda viene de 1911 y con Nosotros, los Rivero, obtendría el Nadal en 1953. Las dos fueron maestras de escuela, en un tiempo en que cursar esa carrera era lo más que les estaba permitido a las mujeres.

“Escribir, por lo que sabemos, no deja de ser una forma de soñar y cuando las que sueñan son las mujeres estamos ante un acto de resistencia”, escribe Noelia Adánez en la introducción. Y un poco más adelante: “Hablar de Dolores Medio o de Concha Alós, las dos autoras en torno a las que organizo la reflexión sobre la literatura de posguerra escrita por mujeres, es también un intento por contribuir a una descolonización del canon y por devolver la voz a estas escritoras injustamente condenadas al silencio”. Las dos fueron eso que Carmen Martín Gaite, también citada en el libro junto a otras escritoras de su generación, llamó “chicas raras”, esas chicas que se salían no sólo de un canon literario que obviamente las ignoraba, sino también del que el franquismo imponía para ellas por el hecho de ser mujeres. “Recordemos —escribe Adánez en el capítulo dedicado a Dolores Medio— toda la herencia decimonónica que sobre nosotras pesa en torno al enigma de la mujer, al eterno femenino, la femineidad y tantos otros lugares de la imaginación destinados a describir a las mujeres como incógnitas”. En sus novelas, la escritora asturiana rompe los moldes de una cotidianeidad curtida en el enclaustramiento de la mujer para sacar al aire libre sus aspiraciones de autonomía, de curtirse en otra cotidianeidad distinta a la que la Sección Femenina ha decidido para las jóvenes cuando la victoria fascista hace estragos en el ámbito doméstico, como si lo doméstico no fuera político. Por eso son ferozmente políticas las novelas de Dolores Medio. Por eso, en su novela Diario de una maestra, “elaborará su propia experiencia como maestra y como republicana”. Por eso, ella y otras mujeres se plantan en la madrileña Puerta del Sol para solidarizarse con las huelgas mineras de 1962. Por eso no pagará la multa que le imponen y pasará un mes en la cárcel de Ventas, de donde saldrá una sus novelas que más me gustan: Celda común, que escribió en 1963, cuya publicación impidió la censura y que fue finalmente publicada en 1996. Por eso, tal vez por todos esos “eso”, Dolores Medio merece que rompamos su invisibilidad para que ocupe el lugar que, como mujer y como escritora, le corresponde en la literatura española contemporánea.

En el apartado que dedica a Concha Alós, deja clara Noelia Adánez la “filiación republicana” de la escritora. “Por tanto, pertenece al bando de los perdedores o vencidos. Ninguno de los dos adjetivos deja espacio al equívoco. Los vencidos y las vencidas lo serán siempre, no solo en los años inmediatamente posteriores a la guerra, en la medida en que carguen con esta condición en su memoria”. Y ya refiriéndose a las dos escritoras, añade: “Sus respectivas narrativas constituyen, entre otras cosas, un trabajo de elaboración de la memoria de los vencidos y vencidas con el fin de hacerse cargo de la misma, de darle una salida. Frente al dictado franquista de olvidar, ambas escriben para recordar”. Había nacido Concha Alós en Valencia, pero pronto su familia se trasladó a Castellón y sería ahí donde ambientaría Los cien pájaros y El caballo rojo, una novela, esta última, sobre la guerra a la que dio paso el golpe de Estado fascista de 1936. Por cierto, en un excelente trabajo sobre el papel de la censura en las novelas de Concha Alós, reseña la profesora Lucía Montejo que una de las exigencias censoras en El caballo rojo fue “sustituir la palabra fascista por nacionales”. Curioso que hoy todavía encontramos la palabra nacionales para designar al bando fascista cuando se habla o escribe de la guerra. Igualmente, cuenta Montejo, había en esa novela, según la censura, “menciones poco respetables de Queipo de Llano y Yagüe”. Tengan ustedes en cuenta que estamos hablando del año 1966.

En 1962 ganó Concha Alós el Premio Planeta con Los enanos, pero se lo anularon porque, según opiniones que la autora no comparte en todos sus detalles, esa novela estaba comprometida con Plaza y Janés. Dos años después, le sería reconocido ese mismo premio por Las hogueras. Como Dolores Medio, fue maestra de escuela y dejó su oficio para dedicarse a la literatura. Su escritura entra dentro de lo que se llama tremendismo, por la fuerte carga física que adquieren muchas de sus descripciones. También se la considera dentro de esa corriente —en boga entonces— del existencialismo. Pero en sus novelas, en las de Concha Alós, estamos “ante un existencialismo de fuerte contenido político”. Destaca Noelia Adánez la importancia de “lo orgánico y corpóreo” en sus novelas. “Los personajes de sus historias arrastran la huella del frío, del hambre, del dolor físico y de toda suerte de privaciones. Sus novelas se llenan de referencias a lo fisiológico, a la sangre, al deseo, al aullido y a lo abyecto”. En ese sentido, añado yo, si ustedes leen Los enanos verán todo eso retratado como nadie lo hizo antes, y no sé si alguien hasta ahora. Cuando murió en Barcelona, en el año 2011, poca gente se enteró y casi nada salió de esa muerte en los medios. Quedan las palabras del escritor Biel Mesquida: “Su muerte marca el final de una época”.

Lo de hoy mismo y lo que felizmente viene de mucho antes y sigue aquí

Lo de hoy mismo y lo que felizmente viene de mucho antes y sigue aquí

Acabo —enormemente agradecido a la autora— con lo que escribe Noelia Adánez en este libro cuya ajustada brevedad nos descubre la grandeza inmensa de lo pequeño: “Las dos se dedicarán a escribir para vivir. Sus narrativas contribuyen a elaborar la memoria de los vencidos y las vencidas en la guerra, a diseccionar las sociedades de su tiempo, a componer modelos de mujer desde la resistencia y el compromiso y a luchar contra la desmovilización y el olvido. Y, sin embargo, su obra respectiva ha sido olvidada”. Ojalá ustedes acepten la invitación de este libro rabiosamente hermoso para ayudar, cuanto sea posible, en esa recuperación que la obra de Dolores Medio y Concha Alós se merecen.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es Claudio, mira(Piel de Zapa).

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