Muñoz Molina: otra manera de hablarnos del Quijote

Antonio Muñoz Molina - El verano de Cervantes

Seix Barral, Barcelona, 2025.

Sabíamos que Muñoz Molina era un buen lector y un lúcido ensayista sobre arte y literatura, pero este libro nos confirma, además, que conoce al dedillo la obra de Cervantes, no solo el Quijote, un libro ligado estrechamente a su vida, a su lugar de nacimiento, a la Úbeda de los hortelanos que él compartió con su familia. De todo ello se desprende una defensa del mundo campesino, unas vivencias que cada vez aprecia más el autor, sin que falte la utilización del léxico propio de su pueblo (poltrón, camastrón, que ya aparecía en Sefarad, por solo recordar otra obra suya). Aquí están barajadas, junto a la vida y la obra de Cervantes, la del autor: su infancia y madurez, sus alegrías y depresiones, a las que él mismo se ha referido en público. Por tanto, al trufarlo con su autobiografía, va más allá del mero ensayo. Y a este respecto, me ha llamado la atención, aunque resulte anecdótica, la libertad con que intercala, en el capítulo 62, la historia sobre el hombre que en Úbeda creyó ser Curro Jiménez.

Además, en unos casos compara, mientras que, en otros, da cumplida cuenta de la lectura que han hecho del Quijote grandes autores a lo largo de la historia, de la resonancia que el libro de Cervantes ha tenido en su obra, o de las semejanzas que comparten: Montaigne (de quien Muñoz Molina considera que se siente más cerca), Balzac, Mark Twain, Tolstoi, Stendhal, Flaubert, Melville, Henry James, Conrad, T. Mann, Joyce, Faulkner, Nabokov, Max Aub... A los que podríamos sumar los discursos pronunciados por los ganadores de los Premios Cervantes, que ya alcanzan la cifra de 51. También se ocupa de la presencia que ha tenido el libro en el arte, confrontándolo con pintores (Velázquez, Caravaggio o Bruegel) y músicos (Wagner), por citar unos pocos ejemplos.  

El libro se compone de 156 breves capítulos, lo que para los lectores —no hablo de los cervantistas, ni siquiera de otros filólogos—, hace la lectura más grata y amena. El autor nos acompaña y guía en la lectura de la obra de Cervantes, con especial hincapié en el Quijote. Desmenuza la novela, compara las dos partes, la de 1605 y la de 1615, y analiza y valora su distinto significado, la vinculación de escenas, objetos y episodios con la vida del autor, y lleva a cabo una reflexión sobre la literatura, sobre la ficción y sobre el arte de la novela en particular. Así, nos dice: el arte de la novela es contar las cosas como son; o “La gran lección del arte de la novela es la diversidad: también es su sustancia” (pp. 134). Y señala que la gran originalidad de Cervantes estriba en el modo en que las historias se imbrican en la trama principal (pp. 282 y 143).

El libro puede leerse también como un alegato a favor de la claridad, del realismo. Además de comentar numerosos episodios del Quijote, aquellos que le resultan más significativos, pero también alguno que le parece menos logrado, trata de los géneros (p. 94), se pregunta quién cuenta la historia en el Quijote (pp. 219-221), nos habla del espacio (pp. 325-328), de los personajes, o del uso que hace de la parodia (“la parodia le sirve a Cervantes […] para resaltar el contraste entre la realidad y las formas siempre insuficientes de apresarla”, p. 192). Pero también nos recuerda algún libro que Cervantes debió de leer con atención, en los que aprendió lo que no tenía que hacer, como es el caso del Guzmán de Alfarache.

No falta el elogio de esa música particular que es “el rumor del estilo” (p. 136), pero también del silencio (p. 333); ni tampoco el recuerdo de Galdós (“Donde quiera que va el hombre lleva siempre consigo su novela”, p. 144, frase que ya había utilizado en Sefarad); y un cuestionamiento de una cierta erudición, extraviada en sus conclusiones (Alberto Blecua hablaba de la locura de los cervantistas, semejante a la de los lorquistas…). Tampoco falta un cuestionamiento de la vida presente, de las derivas del mundo actual (pp. 262 y 440), ni un cierto autorretrato crítico (p. 344). El “Yo no puedo más”, e inmediatamente antes: “todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otros” (pp. 262, 272 y 274), del Quijote de 1615, como declaración de hartazgo e impotencia, de su derrumbe, creo que lo acerca a su propia situación. En los capítulos finales, Muñoz Molina emprende un viaje que lo lleva a Esquivias, El Toboso, Puerto Lápice y la Cueva de Montesinos, situada en el ayuntamiento de Ossa de Montiel, intentando observar en qué se han convertido esas poblaciones, qué queda de cervantino en aquellos lugares que recorrió Don Quijote.

Se trata, en suma, de un libro utilísimo para aquellos que empiezan a escribir, pues Muñoz Molina recalca cómo deben tratarse los distintos aspectos de la construcción de una novela, ya sea la estructura, las voces narrativas, los personajes, el espacio, el tiempo, o el papel del humor, ya la construcción de los episodios. E incluso vale como ejemplo de cómo imbricar el ensayo y la autobiografía.

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Al final del libro, nos da una bibliografía en la que figuran la mayoría de los grandes libros sobre Cervantes, sobre el Quijote (los de Américo Castro, Anthony Close, Francisco Rico, E.C. Riley…), las ediciones que ha manejado; , y aquellos otros que le dedicaron diversos escritores: Azaña, Thomas Mann, Unamuno, y Ortega y Gasset, por no salir de los clásicos; aunque no comparte la lectura que hacen de él los dos últimos. Echo de menos, sin embargo, las ediciones del Quijote de Martín de Riquer, la primera que yo leí; la de Francisco Rico y sus colaboradores; y la de Alberto Blecua, en la colección Austral, de la que él tan satisfecho se sentía, con razón, y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta los excelentes trabajos que nos dejó. Muñoz Molina, en cambio, maneja otras, creo que menos valiosas. También podría haber consultado con provecho los libros de Francisco Ayala (La invención del Quijote. Indagaciones e invenciones cervantinas, 2020, con prólogo de Carolyn Richmond) y José-Carlos Mainer, sobre el cervantismo de los exiliados republicanos. A pesar de ello, me atrevo a decir que tanto Alberto Blecua como Rico, a quien —por cierto— le corrige una lectura, hubieran disfrutado con este ensayo (p. 438). Al hilo de la lectura, he recordado que algunas de las frases del Quijote que Muñoz Molina cita, solía recitarlas Blecua de memoria, en medio de una conversación, convertidas en sabias sentencias. Para empezar, la emocionante despedida del Persiles, que tanto apreciaba también Javier Marías: “las ansias crecen, el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo eso, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”; o estas otras: “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”; “Pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”.   

Al final sabemos que no pocos veranos los dedicó Muñoz Molina a leer a Cervantes, pues de esos afanes ha surgido este libro, imprescindible para entender mejor no solo el Quijote, sino también al fino lector y gran narrador que es Muñoz Molina. Pues se trata, en suma, de un libro ameno, lleno de observaciones inteligentes; de otra manera de leer a Cervantes, desde la perspectiva y la experiencia del escritor, a la vez que va trazando fragmentos de su autobiografía (como ocurre, por ejemplo, en las páginas finales, en las que vuelve a su origen, a las labores de hortelano, aunque ahora no sea en Úbeda, sino en Ademuz), armonizando realidad y ficción, para mostrarnos también cómo un pasado remoto puede haber perdurado en un presente no tan lejano. Y cierra el libro con una confesión que vale como la poética actual de un narrador de dilatada trayectoria: “He tardado toda la vida en aprender a sumergirme en lo real y lo concreto de las cosas”. Quizá sea este su estilo tardío, del que hablaba Edward Said.

*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.

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