Fui y volví: el viaje de Julio Llamazares
El viaje de mi padre - Julio Llamazares
Alfaguara, Madrid, 2025.
Un episodio de la vida del padre de Llamazares: cuando contaba 18 años, durante la guerra civil, se enroló en el llamado ejército nacional; junto con el trayecto que repite el hijo ochenta y tantos años después, con las comparaciones consiguientes y las reflexiones sobre lo que pudo sentir su progenitor, más las sensaciones que experimenta el autor. En esencia, creo que de esto trata, con los matices que aduciremos, el libro que hoy analizamos.
Entre los diversos géneros que ha cultivado con fortuna Julio Llamazares (la poesía, la novela, el cuento, la crónica o el artículo de opinión), se encuentra la literatura de viajes, modalidad por la que ha mostrado mucho aprecio, desde el temprano El río del olvido (1990), hasta el que hoy nos ocupa. Figura Llamazares, además, entre los primeros que, tras la muerte de Franco, se ocupó en su literatura de la guerra y de sus consecuencias inmediatas, no solo en su poesía (“Canción de cuna para mi padre”, que volveremos a citar), sino también en su novela Luna de lobos (1985), el cual parece inaugurar un cierto subgénero de narrativa sobre los guerrilleros, como estos preferían llamarse, evitándonos el galicismo maquis, a quienes vuelve a referirse en estas páginas.
Nemesio Alonso Díez, su padre, que acabaría siendo maestro nacional, se enroló como voluntario para poder escoger el destino de telegrafista, evitando la infantería, cuerpo mucho más expuesto a la violencia propia de la guerra. Murió en 1996, con 76 años. Llamazares ha comentado en otra ocasión que cuando su padre recordaba la contienda, echaba pestes de los suyos, como aquel personaje de Alberto Méndez que se pasó al bando republicano, cuando los nacionales estaban a punto de ganar la guerra.
El origen de este libro puede ser doble: la promesa que se había hecho el autor de volver a transitar el camino que siguió su padre en 1938, acompañado por su amigo Saturnino, luego también maestro, y el encargo que le hizo el profesor José Jurado Morales para que recordara la relación que mantuvo con un progenitor que había participado en la contienda, texto recogido en su libro Soldados y padres. De guerra, memoria y poesía (2021).
El viaje de mi padre se compone de dos partes, más un “Preámbulo”, un “Epílogo” y las “Postales de viaje”, recogidas al final. A ello hay que añadir la dedicatoria (a aquellos, de ambos bandos, que perdieron la guerra, a los que pierden las guerras, y a sus hermanos), unos versos de Chicho Sánchez Ferlosio, de la canción “Gallo rojo, gallo negro” (creo que con ecos de Romance de lobos, de Valle-Inclán, aunque dándole otro sentido), la citada “Canción de cuna para mi padre” y un útil mapa del recorrido del autor.
En el “Preámbulo”, Llamazares cuenta que su padre, que apenas viajó durante su vida, cruzó la península casi de punta a punta durante la guerra, viviendo dos de las batallas más cruentas: la de Teruel y las del frente de Levante. El resultado fue trágico, pues de su compañía solo sobrevivieron tres o cuatro docenas de soldados, su compañero Saturnino y él.
El viaje de Llamazares arranca en enero del 2024, en La Mata de la Bérbula, la aldea leonesa de su familia, y concluye, seis meses después y ochocientos kilómetros más allá, en la Sierra de Espadán (Castellón), y pasa por Carrión de los Condes (Palencia), donde el padre se incorporó al Regimiento de Transmisiones, además de por León, Venta de Baños (otrora principal nudo ferroviario del norte), Valladolid, Aranda de Duero, Calatayud, Teruel, Zaragoza, Alcañiz, Morella (con fama de ser uno de los pueblos más bellos de la zona) y el Grao de Castellón, entre otros lugares. Nemesio y Saturnino, siempre juntos, vivieron y viajaron en condiciones penosas, pasaron frío, hambre y miedo, pero también se echaron unas novias en Zaragoza y descubrieron el mar…
El caso es que su padre, a quien la guerra lo marcó para siempre, murió sin que su hijo le prestara demasiada atención cuando recordaba sus vivencias en la contienda, por lo que ahora intenta, arrepentido, reproducir el trayecto paterno, con los datos que le proporciona el anciano Saturnino, y la información que encuentra en diversos libros sobre la guerra, citados a lo largo del texto. Aunque, a veces, no le quede más remedio que imaginar, adivinar, por dónde pasaron, y qué sintieron o pensaron.
Para Llamazares, el viaje pasa por la observación de la realidad: la conversación con las gentes, el paisaje (para el autor, un estado de ánimo, pero al que le sobran recuerdos y le falta presente), el conocimiento de la historia, de los vestigios que quedan del pasado. Si bien, en esta ocasión, a las características propias del viaje, se añade también el empeño por repetir el trayecto que hizo el padre durante la guerra civil, con el ejército vencedor, hasta donde ello le resulta posible, recorriendo ahora una España muy diferente y –por fortuna- en paz, frente a la carnicería que supuso la guerra. Así las cosas, Llamazares constata la polémica que sigue generando la pervivencia de los recuerdos de la contienda en varios lugares que recorre (pp. 108, 115, 122, 145 y 161).
En este caso, estamos ante un periplo por una determinada geografía, pero también frente a un recorrido a través de la memoria, tanto la personal como la colectiva, según precisa el autor en la entrevista que le hace Suso Mourelo (L y más, núm. 78, otoño del 2025, pp. 4 y 5). No se trata, sin embargo, del testimonio de un único tiempo, sino de dos: el reconstruido del padre y el del hijo, vivido, aunque más de ochenta años después. Y aunque el autor transita en coche, las estaciones, los apeaderos y los trenes son una referencia frecuente, ya que por ellas debieron de pasar los soldados del ejército de Franco; todo lo cual le vale para constatar la casi desaparición del ferrocarril convencional del país. Y ello le sirve, además, para denunciar un signo de estos tiempos, sobre el que de inmediato volveremos: “mientras unos trenes y territorios desaparecen, otros viajan a velocidad de vértigo” (p. 100).
No solo nos encontramos aquí de nuevo con los recuerdos del paso por el Duero, ya utilizados en otro libro del autor, sino también con algunos de los motivos que trata en sus artículos: la grandeza que tuvieron algunos de estos lugares y la decadencia actual; la idea de que España está llena de pueblos y ciudades despobladas, en la que el tiempo parece haberse detenido por falta de actividad, de vida; la convicción de que unas regiones viven y se desarrollan a costa de otras (es la tesis clásica, discutida, de Samir Amin, Sobre el desarrollo desigual de las formaciones sociales, 1976, que leímos con fervor en la Universidad), motivo por el que existen dos Españas cada vez más alejadas y más insolidarias: la de los ricos y la de los pobres.
A pesar de que no se trata de un libro sobre la guerra, no faltan las batallas, la referencia a altos cargos militares que comandan las tropas, incluso la mención a las estrategias bélicas. A este respecto, quiero llamar la atención sobre las páginas que le dedica a la batalla de Teruel, de la que se había ocupado Max Aub en la memorable novela Campo de sangre (1945), junto con la referencia a los pozos de Caudé, de ochenta y tres metros de profundidad, donde asesinaron a cientos de republicanos; a los muertos por congelación, a quienes –según un testimonio- se les quedaba en el rostro una sonrisa, a algunos habían tenido que amputarles las piernas; a las colectivizaciones anarquistas en Aragón, que en ciertos pueblos del Matarraña -me consta- recuerdan todavía con horror, a la vez que presumen de tener el mejor aceite, el mejor jamón y las mejores aceitunas negras arrugadas; y lo que nos aclara sobre “la escuela de guerrilleros” (pp. 242 y 243)...
A su vez recuerda la vinculación de personajes históricos o legendarios, de escritores clásicos y contemporáneos, con el territorio que recorre, tales como El Cid Campeador, el gran Miguel Torga, Antonio Gamoneda, Jorge Manrique, su tío Gómez Manrique (poeta y dramaturgo), el poeta latino Marcial, Adam Zagajewski, Jardiel Poncela (una de las justificaciones que dio para decantarse por Franco fue que los republicanos habían profanado la tumba de su madre en Quinto), el general carlista Cabrera; la canción, de J.B. Clément, “El tiempo de las cerezas”, convertida en el himno de la Comuna de París de 1871; o el Max Aub del Campo de los almendros, en la provincia de Castellón.
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El libro está escrito en el tono adecuado, ese que exige la historia que se cuenta, con un estilo sencillo y preciso, sin que falten comentarios irónicos, humorísticos. Se percata, cómo no, de que entre el Matarraña y el Maestrazgo, se habla una lengua híbrida a caballo entre el castellano, el catalán/valenciano y el aragonés. El chapurriau, lengua a la que se refiere el autor, es el peculiar catalán que hablan los aragoneses de la Franja (p. 247). Y un detalle que me ha llamado la atención: cómo Llamazares regala sus libros a aquellos paisanos que lo ayudan en sus pesquisas.
El viaje de mi padre, que es también el del autor, relata un recorrido histórico y sentimental, a medio camino entre la reflexión y la observación de las gentes y los paisajes con los que se cruza (“el paisaje nos sobrevive a todos”, recuerda, p. 102); junto con el recuerdo de la Historia, siempre presente; el cual concluye con una exaltación de la paz, pues “en la guerra no hay poesía”, guerra y paz son palabras omnipresentes en la narración, y la satisfacción de Julio Llamazares por el empeño cumplido.
*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.