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Lo sólido y lo líquido

El año que nevó en Valencia, de Rafael Chirbes.

El año que nevó en ValenciaRafael ChirbesAnagramaBarcelona2017El año que nevó en Valencia

 

En el 2003, Rafael Chirbes publicó en Cuenca, en los inolvidables Cuadernos de la Mangana, editados por el Centro de profesores de la ciudad, un exquisito relato de tono rememorativo sobre el despertar de la conciencia durante el paso de la juventud a los comienzos de la madurez. Ahora, con buen criterio, se reedita en la renacida colección Nuevos cuadernos Anagrama.

La narración no solo tiene interés en sí misma, sino también por su vinculación con “Añoranza de alguna parte”, texto recogido en Mediterráneos (1997), dado el protagonismo de la ciudad de Valencia y la sensación que tiene allí Chirbes de no pertenecer a ningún sitio, y con la novela Paris-Austerlitz (2016), por las referencias a la capital francesa.

Se trata, en realidad, de la evocación que un hombre maduro hace de su niñez, de un episodio ocurrido en Valencia durante el invierno de 1956, cuando su tío Pablo celebró el cumpleaños con una fiesta a la que acudió toda la familia, entre ellos el innominado narrador, entonces un niño de seis o siete años, con su madre, ya viuda, quienes acuden desde el inventado pueblo de Bovra. Pronto, ambos abandonarían Valencia para instalarse en La Coruña. Y a pesar de que como veremos evoque otros episodios de su vida, el corazón del relato es esa celebración familiar, durante la cual tiene la sensación de que va a suceder algo significativo.

El caso es que no consigue precisar las fechas, ni tampoco entender del todo entonces lo que se traían entre manos los mayores. Sí recuerda, en cambio, las sensaciones, la visión de su primera nevada, ciertos olores, la atmósfera de la celebración y los conatos de disputas familiares. Y junto a esa alegría, a las risas de sus parientes, el escándalo —es la palabra que utiliza el narrador— que a veces le producía la conducta de los adultos, a quienes no siempre consigue comprender. Se suma, a ello, la fascinación que siente el niño por sus tíos Juan y Luisa, por las elegantes ropas que usan; o la extrañeza de por qué se hablaba valenciano en el pueblo y castellano en la capital.

No pesa menos la conciencia de que aquella guerra, de la que tanto hablaban sus parientes, no había concluido aún, pues para el chico tenía que ver con el sufrimiento y la irregularidad (pp. 14 y 22). Así, la narración aparece pespunteada por diversos recuerdos: el paso del fielato; las imágenes de las jardineras de los trenes o de la madre cosiendo; la colonia Maderas de Oriente que usaba ella; el olor del Floïd de los hombres; el primer vermut, con su correspondiente rodaja de limón y el palillo con la aceituna, y los primeros bailes (resulta imposible no relacionar la evocación del pasodoble que baila con su madre, con aquella escena semejante en El Sur, la inolvidable película de Erice), los ojos brillantes del pretendiente que ella rechaza; la fascinación por las palabras, por nombres cuyo sentido el niño no acaba de entender; o las extrañas caricias de los mayores, del tío Antonio.

Se trata, por tanto, de la historia del acceso a la madurez, pues no solo se trasladan a Galicia, sino que el joven narrador viaja por primera vez a París, donde trabaja seis meses limpiando oficinas, acude a las sesiones matinales de los cines o visita los museos, el Marmotan con las ninféas de Monet, tal y como hizo el propio autor. Si la estancia en La Coruña hace que olvide Valencia; París, por contra, le parece entonces una ciudad “oscura, húmeda y gris” (p. 18), aunque al fin y a la postre acabe dándose cuenta de que su lugar está junto al Mediterráneo.

La narración esconde dos secretos, pues la madre se casa de nuevo con Leonardo El Canario, quizá esquivando a otro pretendiente; junto con el motivo de la celebración del cumpleaños, en una época en que solo se festejaban los aniversarios de los niños. Se trata, en esencia, de una ficción, aunque el autor se valga de sucesos reales de su propia vida. Al fin y a la postre, este relato se ocupa nada más y nada menos que de aquello que la vida tiene de sólido y de líquido.

P. S. ¿Por qué no editar un tomito semejante con los cuentos que Chirbes no recogió en libro?

*Fernando Valls es profesor de literatura y crítico literario.Fernando Valls

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