Valls Boix incita a pasar del FOMO al JOMO: “Estamos agotados de estar sometidos a una metralla de estímulos”

Contrapuesto al FOMO (fear of missing out), que describe el miedo a perderse algo y la ansiedad por no participar en la esfera social, el JOMO (joy of missing out) celebra la desconexión y la inacción. En una sociedad que pide a sus ciudadanos lo máximo mientras los priva de lo mínimo, vivir pasa por decir no. Opuesto al FOMO, el JOMO es la alegría de perderse cosas, la rebelión ante los imperativos del goce total, un canto a la libertad entendida como holganza y holgura. Un escapismo individual que es, a su vez, una oportunidad colectiva para "un proyecto emancipatorio que pasa por la organización política del descanso", en palabras de Juan Evaristo Valls Boix, escritor y profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid que acaba de publicar JOMO. El gusto de perder (Anagrama, 2026).  

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¿Qué es JOMO?

Un libro que trata de ofrecer una reflexión filosófica sobre los memes del FOMO y el JOMO, para observar un cambio de sensibilidad que distancia a la sociedad del imaginario neoliberal, que se caracteriza por la identificación del sujeto con el trabajo. Esa distancia con este imaginario genera una conciencia crítica y supone una reorientación del deseo al reclamo de unas condiciones materiales mínimas para garantizar el descanso y la tranquilidad, es decir, la capacidad de parar y de habitar como una forma de justicia social. Según las estadísticas, si atendemos a la evolución de nuestro imaginario popular, hay un cuestionamiento de una idea de felicidad y de vida buena muy presente en nuestra sociedad en los años 90 y 2000, que ahora se nos ha vuelto sospechosa, vergonzante o irrealizable. 

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¿Estamos todavía en un efecto rebote del FOMO provocado por la pandemia?

Si atendemos a las estadísticas y a los crecientes niveles de depresión, en un imaginario popular que cada vez romantiza o idealiza con más fuerza el descanso, la lentitud, el deseo de parar, creo que realmente hay un cambio. El FOMO, el miedo a perderse algo, en un momento anterior a la pandemia y a todas las políticas de austeridad de los años 2000, era un ideal de vida buena: estar siempre ocupado, tener siempre proyectos y sueños, buscar nuevas metas, realizarse. Digamos que le teníamos muy cogido el gusto a ganar, y no entendíamos que esa obligación de ganar siempre y de mostrarse álgidos y extraordinarios era una forma de alienación.

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¿Cuándo cambia esa tendencia?

Creo que empezamos a ver el malestar que genera una vida que orbita en torno al crecimiento y a la felicidad en todo el ciclo de políticas de austeridad de los años 2010 y, sobre todo, en la pandemia. Lo que pasa en la pandemia es que todo el mundo se detiene, todo para, todo se acaba, excepto la conectividad y el mundo del trabajo. Ahí observamos que una vida centrada en el trabajo, en la superación y realización a través del trabajo, no vale la pena porque todo lo demás queda sacrificado o en segundo lugar. Esto genera un cambio de sensibilidad. De un lado, una serie de movimientos antitrabajo, como la gran dimisión; y de otro, una nueva forma de activismos, por ejemplo, contra el turismo masivo, en favor del derecho a la vivienda, por la justicia climática… que son formas de quedarse, de habitar, es decir, de coger el gusto a perder, a salir de la obligación de ganar. Y, ya digo, un ideal de vida buena que pasa por la tranquilidad, por tener tiempo libre. Me parece que hay un cambio de sensibilidad social y que este afán de buscar la tranquilidad, de poder habitar el arraigo como forma de vida buena, es un modo de, si se quiere, politizar la depresión. Es decir, entender que esa obligación de ganar y esta forma empresarial que adopta el individuo, aunque sea en nombre de la felicidad, trae mucho malestar y es muy perversa. 

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Esa obligación de ganar siempre y de mostrarse álgidos y extraordinarios era una forma de alienación

¿Creemos que somos felices pero vivimos en una depresión generalizada?

Las estadísticas indican, ciertamente, que los niveles de depresión se han disparado. Y más allá del diagnóstico psiquiátrico o psicológico de una depresión severa, yo creo que hay, en un sentido más general y psicosocial, estamos cansados y agotados por estar siempre sometidos a una metralla de estímulos, estar siempre haciendo varias clases a la vez, con varios trabajos, etcétera. Todas estas promesas de felicidad del momento anterior a la pandemia están muy desdibujadas, porque nos parecen muy hipócritas. La cuestión es qué hacer en medio de este cansancio, de esta depresión social generalizada en la que no tenemos fuerzas para seguir formando parte del circuito laboral y comercial y, sin embargo, parece que lo necesitamos, porque no podemos pagar el alquiler, etcétera. Socialmente, creo que hay una conciencia muy grande del malestar y, al mismo tiempo, que se han alejado mucho las promesas de la felicidad, que era una cosa muy de los años 2010, y ahora más bien hay una defensa de una vida buena desde la base, es decir, de garantizar unas condiciones materiales mínimas para que valga la pena habitar en el mundo. Realmente creo que el imaginario de vida buena ha cambiado desde la idea de la felicidad y la excelencia a la de la tranquilidad, por decirlo así. Este libro trata de observar ese cambio de sensibilidad y señalar que hay una oportunidad política. 

La cuestión es qué hacer en medio de este cansancio, de esta depresión social generalizada donde no tenemos fuerzas para seguir formando parte del circuito laboral y comercial

¿Cuál es la oportunidad política? Eso es pasar de lo individual a lo colectivo.

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Sí, en todo momento estoy hablando en términos colectivos, y por eso en el libro aludo siempre a estadísticas, activismos o meméticas. Siempre estoy hablando de procesos transversales que entienden el malestar no como una cuestión privada o una tara del individuo, sino como un impacto de las estructuras en nuestros cuerpos. Hay una oportunidad política porque el malestar que genera una forma de vida que toma la estructura del capital de crecer, acumular, superarse, ha acabado generando mucho malestar. Y esa desidentificación con las figuras del capital, con la idea del éxito a través del trabajo, es una conciencia crítica. Hoy en día, el cansancio y la depresión, que son los síntomas de que el sistema capitalista no es ni el mejor ni el más racional, nos traen una conciencia crítica, y ahí es donde aparecen toda una serie de demandas sociales de base que pasan por rechazar el trabajo, por vivir haciendo menos, por tener más tiempo libre y menos cosas que hacer o que consumir. Esa es una forma de desobediencia civil que despliega un programa político distinto al liberal, porque vuelve a reivindicar una serie de derechos que como trabajadores habíamos perdido, como el derecho a techo. Por eso, ahí hay una politización posible y un proyecto emancipatorio que pasa por la organización política del descanso.  

Hay una politización posible y un proyecto emancipatorio que pasa por la organización política del descanso

¿El FOMO es un modo de describir el neoliberalismo en términos afectivos?

Exactamente, el FOMO es un índice afectivo de cómo funciona el capitalismo. Eso explica muy bien que, en una sociedad que funciona a partir de la economía de los servicios y del consumo, es indispensable que estemos siempre excitados, con nuestro deseo alto para seguir consumiendo, en la red, trabajando... 

¿Deprimidos somos los consumidores perfectos?

El modo en el que el sistema articula la depresión y le da una respuesta es otra forma de mantenerse alienado. Porque yo hablo en concreto de la hedonía depresiva, que es un término de Mark Fisher, que señala la incapacidad de hacer cualquier cosa que no sea consumir placer. Y ese cansancio contemporáneo, al que nos llevan todos los trabajos que tenemos y la sociedad en la que no paramos, hace que estemos dispuestos a tolerar cualquier cosa con tal de seguir recibiendo de la Matrix un mínimo de placer. La figura del depresivo hoy no es la del que es incapaz de experimentar placer, sino de la que es incapaz de hacer otra cosa que no sea experimentar placer. Es quien está conectado viendo Netflix, pero además pidiendo un Glovo, subiendo unas fotos, matcheando a la red; es el que está conectado a unos mínimos de placer que nos hagan tolerable una vida con tanta explotación. Necesitamos estar en este continuo consumo de estímulos y placeres para mantenernos mínimamente bien, pero eso ya se nos ha hecho evidente en un sentido estructural y justo por eso hay un rechazo a esa forma de vida. 

La figura del depresivo hoy no es la del que es incapaz de experimentar placer, sino la del que es incapaz de hacer otra cosa que no sea experimentar placer

Puede ser una obviedad, pero es que no somos ciudadanos, sino consumidores 24/7, parece que incluso durmiendo.

Esta es la cuestión, y también lo que ocurre con el FOMO. Habitualmente, vemos del FOMO la cara dulce, que es aquella en la que somos una especie de inversores con un capital de tiempo y queremos invertirlo en algo que nos retorne el mayor placer posible, por lo que estamos indecisos: el concierto o el cine, la cena o la salida a la montaña, lo que sea. Por eso, acabamos acumulando por miedo a perder oportunidades. Pero la cara oculta del FOMO, la más perversa, es la del FOMO laboral: si somos falsos autónomos, mensajeros, o trabajamos para Uber, realmente tenemos miedo a perder oportunidades laborales, ya que podemos no llegar a fin de mes o puede ser que no vuelvan a llamarnos.

El FOMO no es solo perderse el concierto de Bad Bunny.

Eso también está ahí y es sintomático, pues solo a través de este continuo estrés encontramos alguna especie de equilibrio, pero me importa señalar este otro FOMO laboral, en el que acabamos aceptando cualquier posibilidad de trabajo, aunque no sea buena, porque nos mueve el miedo a perder, el miedo a no llegar a pagar el alquiler, etcétera. La base del libro son estas ambivalencias entre malestar y bienestar, y cómo en la conciencia de esta perversión, que está en el rechazo y en perder, hay una forma de libertad y de vida buena que habíamos olvidado. La libertad de no estar concernido, la libertad de poder no hacer, de resistir o de objetar. Esta reorientación del deseo es la clave, más allá del caso particular de cada uno.

Este cambio de deseo no es político en sí mismo, pero puede ser la fuerza para reclamar que tener nuestro tiempo a nuestra a disposición no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho para todos y todas

¿Cómo se pasa del FOMO al JOMO si nuestro tiempo está colonizado por el neoliberalismo?

Totalmente cierto. Trato de hacer un ejercicio de escucha y señalo que la sociedad está haciendo ese tránsito, o que buena parte de la sociedad está pasando del FOMO al JOMO, es decir, de revalorizar la pérdida como una oportunidad, una vida más tranquila y otro escenario social. Sí es cierto que el JOMO, o el placer de la renuncia, tiene algo muy privilegiado, presente en el FOMO laboral, ya que quien puede permitirse dejar de trabajar es un privilegiado, aunque también comporta un riesgo. Me interesa que buena parte de la sociedad está tomando ese riesgo. Siempre que se hace una manifestación, una huelga, ese riesgo está en juego y se hace asumible colectivamente. Por otro lado, aunque renunciar sea, en efecto, muy privilegiado en muchos contextos, lo que me interesa es que ahora empieza a ser deseable. Mientras que antes nadie quería renunciar ni dejar pasar una oportunidad, porque eso era un síntoma de fracaso y de infravaloración social, ahora le cogemos el gusto a esto de perder, descansar, desaparecer, desconectarnos, no comparecer, dejar de trabajar. Esa revalorización puede convertirse en una demanda política paraarticular y reivindicar derechos, así como las condiciones materiales mínimas para que, efectivamente, perder no sea un privilegio. Este cambio de deseo no es político en sí mismo, no es que de repente vaya a cambiar la sociedad, pero puede ser la fuerza para reclamar que el descanso, la desconexión o el poder no hacer nada y tener nuestro tiempo a nuestra disposición no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho para todos y todas.

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Cuando fracasamos y no nos identificamos con lo que perdemos, siempre se abre la oportunidad para una alternativa. El fracaso es un desvío intencionado, un desacato de nuestro supuesto destino o de la imagen que supuestamente tenemos que dar. Y es cierto que es muy doloroso, pero cuando reconocemos que esa imagen no somos nosotros, es decir, cuando nos desidentificamos con lo perdido, se abre un espacio en blanco, una posibilidad de inventar y de articular. Eso es lo valioso del fracaso, que también nos dice que nuestras vidas no son una carrera, ni un proyecto, ni una empresa, sino son más bien un bosque en el que nos perdemos. Porque aprender a vivir consiste en aprender a perder, justamente.

¿Nos vendría bien una desescalada de conexión digital? Las redes sociales parecen el campo de batalla propicio para el FOMO.

Sí. Nuestro sistema social y laboral está perfectamente mediado por las redes sociales, a través de las que amamos, vivimos, subsistimos, trabajamos... El problema es que las redes sociales funcionan como productoras de estrés, algo que se ve muy bien en el clickbait: lo importante de las redes de comunicación, independientemente de las informaciones o las consignas que hagan circular, es generar enganche, es decir, excitar el deseo, ya sea por entusiasmo, frustración, miedo, odio, etcétera. Hay algo en la conexión que es muy tóxico: al mismo tiempo nos mantiene enganchados y revolucionados, y eso genera mucho malestar, pero también es una vía de escape para ese malestar. Todas las oleadas de puro odio que aparecen en los comentarios de cualquier publicación son una forma de descargar toda esa energía con la que estamos sobreactivadas o revolucionadas, y es justo después de esta mierdificación de internet cuando aparece un deseo de desconexión. El problema es que tenemos que recurrir a ellas para trabajar o estar con las personas que queremos, pero en este sentido las leyes por los derechos de desconexión laboral son un avance. 

Contrapuesto al FOMO (fear of missing out), que describe el miedo a perderse algo y la ansiedad por no participar en la esfera social, el JOMO (joy of missing out) celebra la desconexión y la inacción. En una sociedad que pide a sus ciudadanos lo máximo mientras los priva de lo mínimo, vivir pasa por decir no. Opuesto al FOMO, el JOMO es la alegría de perderse cosas, la rebelión ante los imperativos del goce total, un canto a la libertad entendida como holganza y holgura. Un escapismo individual que es, a su vez, una oportunidad colectiva para "un proyecto emancipatorio que pasa por la organización política del descanso", en palabras de Juan Evaristo Valls Boix, escritor y profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid que acaba de publicar JOMO. El gusto de perder (Anagrama, 2026).  

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