Como si fuera un viaje en avión a la Cochinchina, los fans de Olivia Rodrigo que quisieran una entrada junto al pasillo en las gradas del Palau Sant Jordi han tenido que pagar 17 euros más de recargo que los que se sentarán justo a su lado. Un suplemento que sumar a unas cantidades que originalmente ya de por sí oscilaban entre 73,50 y 147,50 euros (en esta ocasión, con los gastos de gestión incluidos), pero que nada más abrir la venta se dispararon por la entrada en juego de los “precios dinámicos” de Ticketmaster, que elevan los importes en función de la demanda y hacen que los compradores rápidamente vean en pantalla cifras mucho más altas que las anunciadas oficialmente.
Los tickets se agotaron tan rápido para los dos primeros shows anunciados que la estadounidense terminará dando cuatro en el coliseo barcelonés en mayo del próximo año, a razón de 18.000 seguidores por noche. Eso sí, en el momento de escribir estas líneas todavía quedan entradas de pista para los dos conciertos añadidos, aunque con una pequeñita salvedad: según la información que aparece en la web de la promotora Live Nation, estos boletos deberían costar 124,50 euros, pero están ahora mismo disponibles por 385,50 euros en Ticketmaster. En un canal oficial, no en reventa, por obra y gracia de los mencionados “precios dinámicos”, enmascarados para que queden mejor bajo el concepto de “entradas platinum”.
A medida que la industria de la música en vivo alcanza nuevos récords de recaudación, el proceso de compra cada vez se vuelve más farragoso y no más cómodo para el potencial asistente
Porque la manera que ideó la compañía para luchar contra la reventa es, precisamente, elevar los precios oficiales de algunas entradas, argumentando que, si la gente las compra por más dinero por otras vías, el artista y el organizador están perdiendo un dinero que acaba en manos de terceros. Especulación en origen, en definitiva, al modo del turismo, pero aplicado a un evento cultural, con todas las implicaciones que eso conlleva. La guinda de este maremágnum, en el que el fan se ve envuelto en plena ansiedad por conseguir comprar sus entradas (lo que le llevan a decir a todo que sí casi sin mirar), son los dos euros por “cuota de servicio” que hay que sumar al precio final de venta y que la compañía viene cobrando desde hace un tiempo de manera añadida a los ya criticados gastos de gestión.
Lo que uno cree que va a pagar por una entrada para un gran concierto puede terminar siendo mucho más. Y, si no pasa por el aro, ya aparecerá alguien que sí lo haga para no padecer el FOMO de perderse el enésimo evento imperdible de la temporada. "A medida que la industria de la música en vivo alcanza nuevos récords de recaudación, el proceso de compra cada vez se vuelve más farragoso y no más cómodo para el potencial asistente", apunta a infoLibre el cronista musical de la Agencia EFE, Javier Herrero, para quien, además, "parece claro que existe una inercia muy potente que a día de hoy compensa la compra y la sobreestimula pese a los inconvenientes", entre los que señala los "precios cada vez más altos" y el "estrés" de conseguir unas entradas que en muchos casos se pagan a plazos (algo impensable apenas antes de la pandemia, que en principio ya dependería de cada cual, pero que algunos festivales ya ofrecen directamente como forma de cobro fraccionado).
Hay asistentes que valoran mucho esas ventajas a la hora de ir a un concierto. Ocurre lo mismo en otros sectores, como puede pasar con un viajero cuando paga más por ir en el vagón del silencio de un tren
"Los términos tan abstractos escogidos para nombrar cada una de esas cuotas extraordinarias que se añaden al precio nominal no ayudan para nada a entender lo que se está pagando y, por tanto, a justificarlas", apostilla Herrero. Fuentes de Ticketmaster explican a infoLibre que es "habitual" que las localidades de pasillo en grandes eventos sean "más caras" al considerarse premium: "Son entradas que ofrecen a los asistentes una mayor comodidad al facilitar más espacio para las piernas, y un acceso más fácil para entrar y salir sin molestar a otros, así como una rápida salida del recinto al finalizar. Hay asistentes que valoran mucho esas ventajas a la hora de ir a un concierto. Ocurre lo mismo en otros sectores, como puede pasar con un viajero cuando paga más por ir en el vagón del silencio de un tren".
Sobre esa cuota de servicio adicional de dos euros, la empresa ticketera (que no es la única que la impone) argumenta que es un importe que se aplica a "algunos eventos, debido a su complejidad u otro tipo de características asociadas, en los que los gastos de gestión por sí solos no son suficientes para cubrir los costes en que incurre Ticketmaster en la venta de entradas". "Independientemente de si se compran una o cuatro entradas, el importe de la cuota de servicio siempre es el mismo, y es el único beneficio que recibe Ticketmaster íntegramente del total del precio de la entrada", señala la corporación, que también apunta: "En los eventos de alta demanda, la complejidad de la venta también es mayor y, en consecuencia, también lo son los costes asociados a la gestión de entradas".
Igual que The Cure han estado batallando contra esta gente, muchos otros podrían hacer lo mismo y evitar todo este abuso con sus seguidores, poniéndose en manos de compañías que tengan unos principios más éticos
Y continúa: "La complejidad operativa es significativamente mayor, pues estos eventos de alta demanda requieren muchos más recursos humanos y capacidad tecnológica, incluidos grandes equipos de atención al cliente, plataformas reforzadas, gestión compleja del inventario y controles de compra más estrictos. También hay mayor exposición a riesgos de abuso y fraude, ya que la demanda sin precedentes amplifica la actividad de bots, los intentos de reventa especulativa y otros comportamientos de 'malos actores', lo que exige medidas reforzadas de seguridad, verificación de identidad y supervisión que incrementan significativamente la presión sobre los costes operativos".
Asimismo, la compañía multinacional recuerda que el precio de las entradas "lo determina el organizador del evento" mucho antes de que se pongan a la venta, ya que es él el que "asume el riesgo empresarial de la producción". En cuanto a los gastos de gestión, que oscilan entre el 10% y el 15% del precio oficial de la entrada, la empresa boletera indica que también es el organizador el que decide "a cuánto ascienden y si se deben o no incluir". "El promotor y el recinto del evento también reciben parte de estos gastos", puntualiza.
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El detalle que es importante resaltar en este punto es que la empresa que organiza el espectáculo de Olivia Rodrigo en Barcelona, y otros miles en todo el planeta (55.000 en 2025), es Live Nation, gigante del entretenimiento propietario a su vez de Ticketmaster. Un jurado federal de Nueva York determinó en abril que ambas compañías habían "operado ilegalmente como monopolio y habían cobrado precios excesivos a los fans". Incluso el regulador británico de la competencia abrió una investigación en 2024, ante el clamor generalizado, sobre los precios dinámicos en la venta de entradas para el regreso de Oasis, que ha derivado en una exigencia de mayor transparencia con las cantidades en ocasiones futuras.
"Son auténticos mercenarios, usureros de la cultura", afirma a infoLibre la periodista musical Esther Al-Athamna, quien ve en este tipo de recargos acumulativos "una forma más de sangrar a los fans". Porque, a su juicio, las ticketeras "deben cobrar por su servicio, pero de una forma lógica y coherente" a lo que proporcionan, "sin todo este tipo de historias". "No digo que tengan que ser gratuitas, están poniendo un software que no se crea de la nada a disposición de alguien que lo necesita para vender entradas, y tienen trabajadores que están en nómina, ingenieros técnicos que diseñan toda la operativa, incluso gente que está en la puerta de los recintos validando los tickets. Pero hay una trampa gordísima en cómo pagar ese servicio, cuando los gastos de gestión son de 20 euros para una entrada de 200, mientras que para un evento más pequeño, haciendo el mismo trabajo, los gastos son de tres, cinco o seis euros", plantea.
Y señala, primero, a los fans como principales culpables de haber llegado a esta situación por "seguir comprando entradas infladas de esa manera, permitiendo que nos roben en nuestras narices", sin olvidarse de los promotores que "deciden ser cómplices de este tipo de prácticas" en lugar de trabajar con otras empresas del sector que "funcionan de otra manera". Y tampoco se olvida de los artistas: "Tienen mucho que decir en esto, porque al final son ellos los que deciden con qué promotores o con qué ticketeras trabajar. Igual que The Cure han estado batallando contra esta gente, muchos otros podrían hacer lo mismo y evitar todo este abuso con sus seguidores, poniéndose en manos de compañías que tengan unos principios más éticos y cuiden mejor el bolsillo de sus fans".
Como si fuera un viaje en avión a la Cochinchina, los fans de Olivia Rodrigo que quisieran una entrada junto al pasillo en las gradas del Palau Sant Jordi han tenido que pagar 17 euros más de recargo que los que se sentarán justo a su lado. Un suplemento que sumar a unas cantidades que originalmente ya de por sí oscilaban entre 73,50 y 147,50 euros (en esta ocasión, con los gastos de gestión incluidos), pero que nada más abrir la venta se dispararon por la entrada en juego de los “precios dinámicos” de Ticketmaster, que elevan los importes en función de la demanda y hacen que los compradores rápidamente vean en pantalla cifras mucho más altas que las anunciadas oficialmente.