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Rita Indiana devora a los hijos de la revolución

La escritora dominicana Rita Indiana.

Clara Morales

Rita Indiana (1977, Santo Domingo, República Dominicana) bosteza y confiesa que ha dormido poco. Como lo dice la escritora y música dominicana, que reivindica desde hace años su lesbianismo y la cultura underground de la que se empapa, que critica con fiereza al Gobierno de su país y al patriarcado que reserva el poder para los hombres blancos heterosexuales, se asume que su falta de sueño está causada por la fiesta de la noche anterior. Aunque ella misma lo advierte: "Una es muchas personas al mismo tiempo". También muchas escritoras. Quienes la catalogaban en la estantería de la ciencia ficción por su anterior novela, La mucama de Omicunlé, o quienes pensaban que lo suyo era el mestizaje con la cultura popular que puebla Papi, obra de 2011 con la que se dio a conocer en España, ahora quizás se rasquen la coronilla con extrañeza. Hecho en Saturno, recién publicada en el sello Periférica, es una novela que se inserta en el "hiperrealismo caribeño" (son sus palabras) y lidia con cuestiones ya clásicas como el sueño agotado de la revolución socialista o la liberación de la sombra paterna. ¿Cuándo se convirtió la enfant terrible en una autora consagrada?

Indiana (en realidad ese es el segundo nombre de Rita Indiana Hernández Sánchez) es consciente del cambio de tercio. "Esto va en parte para los baby boomersbaby boomers, quizás está escrita de una forma muchísimo más potable para ellos", confiesa entre risas. La mucama de Omicunlé era una febril epopeya de ciencia ficción que sucedía, simultáneamente incluso, en distintas épocas y en la que su protagonista, Alcide, transitaba por el género como el Orlando de Virginia Woolf. Hecho en Saturno sucede a lo largo de unos pocos meses y se centra en un solo personaje, Argenis Luna, hijo de un antiguo revolucionario, hoy mandatario, que viaja a Cuba para desintoxicarse de su adicción a la heroína. "Mucha gente me decía de La mucama, no como algo malo, que se la habían leído tres veces, que tenían que ir para atrás, para adelante…", recuerda, "y aquí quería hacer una novela que se pudiera leer en un viaje en tren, leerla en tres horas y comprenderla a cabalidad sin mucho esfuerzo". El libro nace también de un cierto apego al personaje: Argenis aparecía ya en su anterior novela, y con él quiere completar una trilogía. 

Esta aproximación a una literatura más ortodoxa, más respetable dentro de ciertos cánones, no es solo formal. La escritora abandona —aunque no por completo— los ejes de género y sexualidad para adentrarse en un imaginario que quizás resulte más familiar. El de los pósteres del Che Guevara que amarillean en una clínica cubana donde se rehabilitan turistas de clase alta; el del hijo que sufre el aplastante peso de su padre, un dictador a pequeña escala de quien solo espera algo de amor o reconocimiento; el de una generación desencantada por el supuesto heroísmo revolucionario que lucen los mayores. En Hecho en Saturno se lee: "Ésta es la revolución dominicana, se dijo [Argenis] con una paleta de cordero en la boca, tanta sangre derramada para comer langosta".

Quien dice "dominicana", dice "española". Por ejemplo. Lo resume Indiana: "Muchos países han pasado por ese proceso: proyectos más o menos revolucionarios se van ablandando, participan en un proceso democrático con un partido un poquito más centroizquierda, utilizan el pasado de leyenda como propaganda, ese partido llega al poder y cuando llega, como doctor Jekyll y Mr. Hyde, se convierten en un engendro, en otra cosa completamente distinta de aquello por lo que lucharon. Se acomodan al status quo del poder". Ante esta evidencia, Argenis y sus compañeros de generación tienen difícil encontrar su bando. "Es mucho más difícil ahora definir una posición", continúa la autora. "Al menos en Santo Domingo, había un enemigo tan claro, [Joaquín] Balaguer, una figura tan represiva y violenta, que era muy fácil decidir. A nosotros no nos tocó eso, nos tocó un mundo más confuso, más complejo, donde esas figuras ya se habían insertado en el sistema de lo que es y de lo que hay, y en ese desubique vive Argenis.

Hecho en Saturno no hace referencia al planeta, sino a la pintura de Goya, Saturno devorando a sus hijos. El protagonista es un hombre, los antagonistas son hombres (el padre y su emisario, un doctor cubano), y las mujeres ocupan solo el lugar de amantes o madres. La deriva de las revoluciones latinoamericanas, un tema literario muy explotado en las últimas décadas, ha sido abordada sobre todo por autores hombres. ¿Ha sentido Indiana que se estuviera adentrando en una suerte de terreno masculino o masculinizado? Se lo piensa un segundo. "Es muy fácil entrar en territorio nuevo para muchas escritoras", concluye. "De alguna forma, estuvimos relegadas al campo de lo doméstico, y a medida que eso se va expandiendo, el área de la escritura también se expande". Y espera la siguiente pregunta. 

La escritora dice haberse servido de las experiencias y recuerdos de los hombres de su entorno para construir a su Argenis. ¿Qué ocurre cuando se escribe desde el cuerpo de un hombre? Ah, ahí Rita Indiana se explaya:

—Cuando escribes, eres quien quieras ser. El género que quieras ser, o te inventas un género nuevo. En La mucama hablaba de un medicamento con el que te conviertes en un hombre en horas. Para mí, la literatura es eso: convertirte en quien te dé la gana. En una anciana, en un niño de 18 años. 

¿Y cómo ha sido construir una voz masculina?

—Me gusta la voz masculina, me siento muy cómoda en ella, la mayoría de mis amigos son hombres de diferente denominación… Me interesa hablar de esto porque la masculinidad se entiende como algo no performativo, algo natural. Se entiende que lo femenino es lo que se performa. Y me gusta cuestionar eso. No, la masculinidad es performativa: se aprende a ser varón, se aprende a ser macharrán. Gran parte de lo que es ser un macho es aprendida como un papel de teatro.

Un papel que también representa Indiana en Hecho en Saturno, igual que ha representado el de performer en museos de España y Latinoamérica. O el de cantante con su disco El juidero en 2010 o el single "El castigador" el pasado año —un rol que dice no querer volver a representar, aunque también compone la música para la adaptación al cine de Papi que su compañera, Noelia Quintero, estrena a final de año—. "Una es muchas personas al mismo tiempo", decía. La autora marginal cuando el mundo literario dominicano le vuelve la cara o cuando, siendo la única finalista mujer en el premio de novela Vargas Llosa en 2016, la escritora Ángeles Mastretta le comentó, cómplice: "Esto parece una convención de seguros". La escritora consagrada cuando viene a la Feria del Libro de Madrid invitada por la embajada de su país. La creadora underground interesada por el skate o el metal, y "la doña" que prepara la merienda de sus tres hijos. "De alguna forma, uno es como Batman", dice. "Tengo mi Bruce Wayne y soy también esta otra rebelde que lo seguirá siendo hasta que sea una viejita". 

 

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