María Galiana: "El Congreso de los Diputados es teatro del malo"
Elisabeth Larena escribe y dirige su ópera prima, Yo solo quiero irme a Francia, un montaje dramático que se desarrolla en la posguerra española y está centrado en la memoria histórica, las herencias emocionales y las huellas íntimas del franquismo en varias generaciones de mujeres.
Una obra protagonizada por la actriz María Galiana (Sevilla, 1935), con un elenco totalmente femenino, completado por Nieve de Medina, Anna Mayo y María Roja, que podrá verse en el Gran Teatro Pavón del 29 de abril al 24 de mayo. Es precisamente en este emblemático escenario madrileño donde la veterana intérprete conversa con infoLibre.
Esta obra es un grito de libertad femenina en un momento en el que las mujeres estaban muy reprimidas porque no tenían libertad para ser ellas mismas. ¿Es importante poner eso en escena ayer, hoy y siempre?
Sí, por supuesto. Pero ojo, las que querían ser ellas mismas sí que lo eran, pero siempre con una diferencia entre su conducta y su, digamos, papel a representar en la sociedad. El ejemplo de mi madre es muy característico, porque era una mujer sumisa y al mismo tiempo independiente económicamente, porque ella consideraba muy importante ganar dinero, pero no para separarse, ni para nada, sino para no tener esa dependencia permanente del varón. Había nacido en 1905, había estudiado lo que se llamaba entonces secretariado, o algo así, porque era una taquígrafa y mecanógrafa magnífica, y con 20 o 25 años ya trabajaba, y lo hizo hasta los 70. Parece que era muy moderna, pero no, ella trabajaba y tenía su dinero, lo aportaba a la casa, pero luego no tenía esas otras posibilidades de libertad de una mujer que hubiera aprendido a conducir, viajara sola o pensara por sí misma. Eso no, era otro sistema. Y, además, esto depende siempre, sobre todo, del estatus social en el que estés.
La diferencia la marca el dinero.
Las mujeres que tenían posibilidades económicas hacían de su capa un sayo, vivían como reinas, esa es la pura verdad. Las mujeres de mediana situación, podían hacer más o menos de su vida algo, siempre con politiqueo, subterfugios, etcétera. Por último, las mujeres de clase económica débil estaban sometidas totalmente, porque estaba claro que tenían que mantenerlas.
Eso igual no ha cambiado demasiado.
Es que, hoy en día, cuando una mujer se separa y tiene hijos, está a expensas de lo que el juez le diga que tiene que pasarle el marido, y las pasan canutas. Si no han estudiado, si no se han colocado o si no son capaces de poner un pequeño negocio o algo que las mantenga, las mujeres separadas lo pasan muy mal económicamente. Tampoco está la cosa tan fácil.
¿Hemos avanzado, pero no tanto como deberíamos y pudiera parecer?
Hemos evolucionado, eso es verdad. Pero todavía hay leyes que habría que cambiar, como por ejemplo que a igual trabajo ganen el mismo dinero, porque todavía ganan menos las mujeres.
El dolor de la Guerra Civil se ha quedado totalmente enquistado. En España no hemos sabido sacarlo fuera, como lo han sacado en Argentina o en la propia Alemania. Aquí ha sido todo tapar, tapar y tapar
Lo que sí nos hemos quitado es eso que decían las mujeres de 'yo, oír, ver y callar'.
Totalmente, eso sí, gracias a dios. Que tengamos voz es muy importante. También es verdad que la educación masculina era absurda, con eso de que el hombre, por el hecho de ser hombre, no podía sufrir, ni tener miedo o llorar a lágrima viva. No se puede comprender que no se le permitieran debilidades, vaya. Que tengas que desempeñar un rol a la fuerza es lo peor. Yo he tenido tres hijos y dos hijas, y que esos varones, desde pequeñitos, estén convencidos de que tienen que ganar dinero para mantener una casa debe ser horroroso. Lo suyo es que cada uno haga aquello para lo que está mejor dispuesto.
En esta obra es muy importante Francia como símbolo de libertad en un país bajo una dictadura después de una Guerra Civil.
Sí, en ese momento era lo nunca visto todo lo que se contaba de cómo podían estar las mujeres en Francia. Chocaba muchísimo lo que se decía de cómo vivían, o de los divorcios, o de que una mujer fuera, yo qué sé, representante de una ciudad, algo importante políticamente hablando. Diputada, por dios, eso ya era lo último.
¿Tiene recuerdos de aquellos años en los que discurre este montaje?
Yo nací en la guerra. Algunas veces me dicen '¿y tú cómo recuerdas la posguerra?' Y yo digo 'mira, perdona, es que tenía tres años'. No puedo recordar nada, y además era hija única de mis padres, que lo poquito que hubiera me lo daban, por lo que no fui para nada desgraciada.
Las mujeres que tenían posibilidades económicas en la posguerra vivían como reinas, esa es la pura verdad
Habla también Yo solo quiero irme a Francia de los silencios en las familias y los dolores heredados, concretamente después de la Guerra Civil en esa posguerra que comentamos. ¿Todas las familias tienen sus silencios relacionados con aquellos años?
Absolutamente, todas. Grandísimos silencios, además. Ahora ya lo he asumido, pero de joven no me daba cuenta de que en mi familia no se contaba nada de lo que había pasado. Que si el tío fulanito murió en la guerra. Que si el tío menganito se fue a la División Azul, pero él no iba para luchar contra los comunistas, al contrario, lo que pasa es que no pedían antecedentes a nadie, se apuntaban como fuera y se apuntaron todos los que se querían ir de España, y ese tío acabó en Venezuela, cuando él por supuesto sería del Partido Comunista o similar. Otro tío que sí estuvo en la cárcel unos años, pero ya salió con los 25 años de paz de Franco. Yo oía esas cosas, pero no me metía en más nada, ni preguntaba nada, porque además te decían 'no hija, no, de eso mejor no hablar'.
Y con eso ya sabía uno que no podía preguntar nada más.
Claro. Nos reuníamos, sobre todo, en casa de mi abuela, la madre de mi padre, cuyos hermanos eran los que habían vivido todas esas historias. Y, por ejemplo, en Nochebuena, la pobre se ponía muy triste y se le caía una lágrima. Le preguntaban qué le pasaba, y decía que estaba pensando en cosas que pasaron, pero nunca nos contaron.
¿Nos habría venido mejor para solucionar el dolor como sociedad haber hablado de todo eso en su momento dentro de cada familia?
Sí, porque eso se ha quedado totalmente enquistado. En España no hemos sabido sacarlo fuera, como lo han sacado en Argentina o en la propia Alemania. Aquí ha sido todo tapar, tapar y tapar, cuando eso no es bueno para nada, porque no hay aclaración. Al haber sido así, encima, ahora si sale algo a relucir genera resentimiento, todo lo contrario a la paz y al perdón. Ha sido una equivocación histórica importante la manera de taponar, taponar y taponar.
Ahora ya lo he asumido, pero de joven no me daba cuenta de que en mi familia no se contaba nada de lo que había pasado
En esta obra hay en escena cuatro mujeres. El texto pone el foco sobre ellas y las saca del ámbito doméstico y privado en el que estaban durante el franquismo, condenadas al hogar, para mostrar que ellas curaron en la intimidad muchas heridas de sus maridos, sus hermanos, sus hijos... Ellas fueron de alguna forma el sostén silencioso de la España de posguerra.
Eran las que lo sabían todo y las que habían pasado por todo. Las mujeres han sido las fuertes, absolutamente. La madre de mi padre era la fuerte de la familia. A mi abuela materna la conocí menos porque mi madre era la pequeña de ocho hermanos y ya era muy mayor cuando yo era niña. Murió cuando yo tenía diez años, así que la recuerdo muy poco. Pero, en fin, sí, las mujeres eran las fuertes de la familia. Eso se muestra en esta obra, pero de pasada, no es que se haya hurgado especialmente en ese argumento, pero ahí está, y la gente se entera.
¿Sigue siendo el teatro el refugio contra el ruido de este loco mundo?
El teatro es un extraordinario alienante, en el magnífico sentido de la palabra. Es decir, eso que a algunos actores les ha pasado, como Carlos Hipólito o Idilio Cardoso, que hicieron función el mismo día que se murió su padre, es muy significativo de lo que el deber de un actor supone a efectos de su propia personalidad. No pasa nada por estar dos horas fuera del velatorio de tu padre o de dondequiera que sea, has cumplido y, al mismo tiempo, tienes la satisfacción de que los espectadores no se han quedado ese día sin función. A mí eso me parecía siempre una cosa extraordinaria, porque ahí es donde está esa llamada de atención, ese tirón que tiene el teatro para los actores.
¿Estando en el escenario nada más importa?
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Y es maravilloso, porque tú puedes estar muy cansado un día por lo que sea, pero sales al escenario y se te olvida. Eso se nota en los actores ya muy viejos, me acuerdo de Rafaela Aparicio, que decían que estaba un poquito ya trastornadilla, pero que cuando salía se le olvidaba todo.
¿Cuanto más se entera uno de las noticias feas que pasan en el mundo, más teatro del malo le parece que está viendo en la vida real?
Hay mucho teatro del malo. Por ejemplo, el Congreso de los Diputados es teatro del malo, absolutamente, y también las influencers y las redes sociales. Hay muchos casos en los que se ha tirado por los suelos aquello que podía ser interesante, bueno y constructivo. ¿No es una maravilla que tú pienses de una manera y yo de la contraria, y una vez que hemos hablado los dos nos vamos a tomar un café juntos? Esa es la convivencia. Pienso en un buen discurso en el Congres de los Diputados, como el que dio Emilio Castelar en la Primera República y que provocó que se hiciera una ley que aboliera la esclavitud, y no la mamarrachada de ahora de ponerse a parir e insultarse. ¿Dónde estamos? ¿En qué país vivimos? Vamos a hacer teatro del bueno, si es posible.