“Nos quedamos”: los vecinos de otro edificio de Madrid dicen "basta" a una empresa que quiere desalojarlos

Uno de los carteles deplegado en el patio interior del edificio de Valverde, 42 en Madrid.

El problema de la vivienda se dimensiona mejor al escuchar los relatos de la gente. Un burofax para dejar su piso, una tasa extra, una subida inasumible, un mercado de vivienda al que no se puede acceder aún teniendo trabajo, un hijo que no se puede independizar… Y lo peor es que las dinámicas especulativas se repiten una y otra vez. Problemas para encontrar casa, pagar el alquiler, desahucios, búsquedas interminables en portales inmobiliarios, incertidumbre o una peregrinación constante de piso en piso. Esas son algunas de las cosas que les ha tocado vivir, esta vez, a los vecinos del edificio Valverde 42, situado en Malasaña, dentro del distrito centro de Madrid.

Algunos tendrían que irse ya en febrero, pero los habitantes de nueve de los pisos han pronunciado un “nos quedamos” e intentan que se renueven sus contratos o al menos que se prorroguen por un tiempo razonable. “Los vecinos siempre hemos tenido relación entre nosotros, incluso teníamos un grupo de WhatsApp para pedir cosas prestadas, y cuando recibimos la noticia comenzamos organizarnos”, relata Carlos Rubio.

También les ha tocado otro clásico en estas situaciones, la presencia de un grupo de desokupación que patrulla su portal desde que la empresa Vencar Capital adquirió en noviembre el inmueble en el que residen y les pidió que se marchasen. “Desde hace un mes, un empleado de Desokupa puebla la que antes era la garita del portero, en teoría para evitar que «pase algo» en los pisos vacíos”, explica Sara Barquinero, otra vecina afectada. “De momento es majo”, apostilla con cierta sorna.

Adiós al Bar Josefita o cómo se desdibujan los barrios

Pero además de con los vecinos, el ímpetu de la especulación inmobiliaria está arrasando también con muchos negocios de barrio. Este mismo jueves, la librería Tipos Infames, que llevaba 15 años en funcionamiento, anunciaba el cierre: “Lamentablemente, la gentrificación, como a tantos comercios de proximidad, nos ha pasado factura”, señalaban. Eso mismo le ha pasado al Bar Josefita, que regenta Sol Pérez-Fragero y se aloja en el bajo del edificio de Valverde en cuestión.

“No queda nada de la ciudad que me abrazó cuando llegué y que ahora no reconozco. Yo vivo sorteando maletas 'trolley' todo el día”

Ella narra, enfadada, cómo va desapareciendo el Madrid al que llegó hace dos décadas: “No queda nada de la ciudad que me abrazó cuando llegué y que ahora no reconozco. Yo vivo sorteando maletas trolley todo el día”, lamenta. Tipos Infames y Bar Josefita comparten barrio y, pese a ser negocios muy distintos, también habían colaborado. Durante el confinamiento por la pandemia de 2020, Sol compartía en las redes recetas de cocina con sus clientes y sorteaba, de paso, una cesta de libros que habían confeccionado sus vecinos libreros. De esta forma, se creó una comunidad que hablaba de libros y cocina mientras todo volvía a la normalidad. “Estoy destrozada desde que me enteré de que cierran, aunque ahora también empieza mi peregrinación fuera del centro de la ciudad”, cuenta.

Un bar de confianza en el que dejarle un recado a un amigo, una librería en la que sentarse a leer o una panadería que te fía: ese es el tejido de barrio que Sol ha visto descomponerse en el centro de la ciudad durante estos años. Su negocio, que da empleo a nueve personas y es plenamente rentable, se enfrenta al cierre porque los nuevos propietarios del edificio han decidido que cuanto antes se marche, mejor. “Me quedan dos años de contrato, pero me ofrecieron dinero para negociar mi salida”, cuenta. Y aunque no lo ha cogido, ya se ha buscado un local para comprar en Carabanchel “con los ahorros de su vida”, porque ningún negocio sobrevive a la incertidumbre de no saber si podrá mantener su ubicación a corto y medio plazo. De hecho, tiene otro negocio en el que, lamenta, le terminará pasando lo mismo cuando sus caseros, ya “mayores”, fallezcan. “Necesitaba un lugar al que poder ir y donde llevarme a mis trabajadores cuando se me termine el contrato en el otro local”, concluye.

Aunque asume la derrota, la propietaria del Bar Josefita ha decidido unir fuerzas con los vecinos. “Había tirado la toalla. En parte yo me quiero ir, porque el barrio ya no es nuestro, pero hablé con los vecinos y les dije que consideraba que tenía que salir con ellos a denunciarlo”, concluye.

Los vecinos se plantan: “Nos quedamos”

“Nos enteramos cuando la venta ya se había realizado y nos comunicaron que no se renovaría ninguno de los contratos”, explica Sara Barquinero. Todos coinciden en que su anterior casero, fallecido recientemente, había tenido un comportamiento siempre correcto y alquilaba los pisos a unos precios “razonables”. Hasta que el mercado irrumpió en sus vidas y la rentabilidad pasó por encima del bienestar de los vecinos. “El edificio se vendió en 5,3 millones de euros y creemos que la intención de la compañía es revenderlo cuanto antes, ya que viene gente a verlo constantemente y se pasean por aquí contando lo que harían en tal o cual zona”, explica la afectada.

Y así es como los vecinos han dicho "basta": “Hay gente que lleva 20 años, y a otros —que finalizan su contrato en febrero— no les han dado ni siquiera más tiempo para buscar una alternativa”, cuenta Rubio. Ellos, junto con el Sindicato de Inquilinas y la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), han convocado para este sábado una protesta en la que desplegarán pancartas para protestar.

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La oferta que han recibido de Vencar Capital es una “indemnización para aquellos inquilinos que opten por abandonar la vivienda antes del vencimiento legal de sus contratos”, recoge un correo al que ha tenido acceso infoLibre. “El importe de la indemnización disminuirá proporcionalmente cada mes que transcurra”, advierten, ya que lo que se les abonaría es el equivalente a los meses de alquiler que les queden hasta el fin de su contrato.

En Madrid los edificios que son propiedad de una única persona o entidad son un caramelo muy tentador para la especulación. En mayo del año pasado el Ayuntamiento aprobó el Plan Reside, con el fin de “garantizar una oferta turística ordenada y legal”. Una de las regulaciones que introduce es que no se otorguen licencias para viviendas turísticas dispersas en edificios residenciales del centro histórico, o lo que es lo mismo, si una empresa quiere poner pisos turísticos, debe ser propietaria de todo el edificio. Pues bien, lejos de proteger a los inquilinos de los malestares del turismo, ha provocado que muchas personas reciban un burofax instándolas a abandonar sus pisos. Ha ocurrido en la calle de Galileo, 22; en San Ildefonso, 20 o en Tribulete, 7. Y ahora en Villaverde, 42. 

Pero los inquilinos y las agrupaciones sindicales se han rebelado contra una regulación en materia inmobiliaria que parece dejarlo casi todo a la buena voluntad de los caseros. “Nos quedamos” es el eslogan y la decisión que han tomado la mayoría de habitantes del bloque. “Hemos intentado negociar con la empresa para que nos permitan, al menos, quedarnos hasta que finalice el último contrato (en 2028), pero no hubo manera”, explica Rubio. Quizá con la “presión social”, apunta Barquinero, haya más suerte.

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