Trump, China y el nuevo reparto del mundo

Los imperios nunca han empezado con soldados, sino con ambición (y mapas). Alguien quería algo y trazaba una estrategia sobre el papel: elegía puertos, señalaba enclaves y decidía qué terrenos conquistar primero. Después llegaban los comerciantes, las banderas y el lenguaje con el que toda conquista intenta disfrazarse de civilización. La carrera de la inteligencia artificial empieza a parecerse cada vez más a eso.

La épica historia de talento con ecos de garaje, donde un puñado de ingenieros brillantes diseñaban un futuro abierto de par en par se decide hoy en las rondas de inversión y en las conversaciones a puerta cerrada, cerca del despacho oval. Y ahí es donde aparecen los nuevos cartógrafos del imperio. Son los que no compran sólo empresas prometedoras (que también), sino una posición privilegiada en el nuevo orden.

Si hay que ponerle nombre a estos nuevos cartógrafos, los que deciden dónde y en qué orden se expande el negocio en estos tiempos, debemos empezar por los grandes fondos de inversión. Uno de ellos, SoftBank, uno de los mayores inversores de tecnología del mundo, ha ido cambiando su discurso desde la retórica de la disrupción* hacia la muy terrenal conversación sobre infraestructura, tecnología y centros de datos. En la lógica del dinero están también los gigantes tecnológicos, como OpenAI. Este último ya no actúa sólo como laboratorio o fabricante de modelos. Ahora busca capital, socios y despliegue físico para el megaproyecto Stargate (un superordenador de inteligencia artificial que desarrolla junto a Microsoft y Oracle) dentro y fuera de EEUU, como si la expansión de la IA se pareciera cada vez más a una mezcla de obra pública y política exterior.

Un cambio de paisaje importante, porque si una industria necesita esa cantidad ingente de capital, electricidad y protección política quizá sea el momento de dejar de hablar de revolución abierta que persigue el bien común. Llegará el bien común, esperemos que muchos bienes comunes, de la mano de la IA. Pero la realidad es que existe ya una industria contaminante, que necesita de poder para poder seguir alimentando la máquina.

¿Qué más ha entendido Trump? Que aquí hay dinero. Con este panorama, la mayor parte de la inversión mundial está virando de nuevo hacia Silicon Valley (una hegemonía perdida en la última década)

Trump lo ha entendido a la perfección. La inteligencia artificial le ofrece una nueva frontera: grandeza americana, rivalidad con China, industria nacional, hegemonía tecnológica y un puñado de empresas convertidas en guardianes del interés patriótico. En este mercado, el poder político no es un mero observador desde el momento en el que la Casa Blanca decide quién vende, quién escala y quién queda varado en la aduana. 

¿Y qué más ha entendido Trump? Que aquí hay dinero. Con este panorama, la mayor parte de la inversión mundial está virando de nuevo hacia Silicon Valley (una hegemonía perdida en la última década). Y con este cambio llega la gran ventaja estratégica para las empresas estadounidenses, que según un análisis de la OCDE acapararon en 2025 el 75% de todas las inversiones en IA del mundo. Este mismo febrero Anthropic anunció una recaudación de 30.000 millones de dólares y poco después OpenAI hizo pública una ronda de 110.000 millones

China cumple con su cometido como competidor real, pero es también una justificación magnífica. Sirve para discutir aranceles, excepciones regulatorias, controles de exportación… y nuevas alianzas entre el Estado y el capital. En nombre de la competición estratégica cualquier cesión al poder corporativo se puede vender como necesaria en términos de protección de la economía.

Ahí está el verdadero reparto del mundo. Los gobiernos que protegen la ruta hacia al futuro se saben en el bando vencedor. Y sólo hay que seguir el rastro del dinero para entender que esta es la batalla que va a ganar Trump. Quizá la que más le interese, por los beneficios que promete. La pregunta no es quién inventará el próximo modelo, la próxima aplicación de la IA que nos cambiará la vida. La pregunta es quién está comprando ya en los despachos el derecho a decidir para qué servirá y quién quedará fuera del mapa.

Así han funcionado siempre los imperios. Ahora sólo falta que nos expliquen que es por nuestro bien.

* (¡Qué palabra!, si me dieran un euro cada vez que un gigante tecnológico o un periodista a sueldo de la industria la emplea para tratar de epatar a un público cada vez menos permeable a su cháchara, estaría casi en posición de financiar mi propio proyecto de inteligencia artificial).

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