IGUALDAD

Las mujeres (por fin) nos explican cosas o cómo las voces femeninas se hacen hueco en la cultura

Fotograma del corto documental 'Chicas prepago'.

Hace más de diez años, en 2008, la escritora y periodista Rebecca Solnit escribió un artículo al que bautizó con el título Los hombres me explican cosas. No mucho después, empezaría a popularizarse el término mansplainning, que viene precisamente a denunciar –o caricaturizar– el obsesivo empeño masculino por desmenuzar cualquier asunto para explicárselo, generalmente, a las mujeres de su entorno. La tendencia empieza ahora a invertirse: son las mujeres quienes, por fin, empiezan a explicarnos cosas. Concretamente, aquellas vivencias que las atraviesan, las experiencias que las han marcado, las batallas que libran y la violencia estructural que quiebra sus expectativas vitales. Con el paso de los años, la creación cultural trata de seguir esa línea: poner en el centro la voz de las mujeres para que sean ellas, sin intermediarios, quienes hablen.

La productora valenciana Barret Cooperativa se pregunta qué significa parir en el siglo XXI y a partir de ese interrogante nacen sus más recientes proyectos. El último, un podcast sobre violencia obstétrica que pretende ser la antesala de un ambicioso largometraje. En los tres capítulos que ya están disponibles, el oyente acompaña a varias mujeres que denuncian haber sufrido violencia durante sus procesos de parto. La pretensión de sumergirse en el mundo de la maternidad toma forma, en un primer momento, de documental interactivo y con la idea de descifrar el significado de "parto respetado", explica Claudia Reig, codirectora del proyecto. "Conocimos entonces el concepto de violencia obstétrica y quisimos investigar por qué era un fenómeno tan extendido y oculto", dice a preguntas de infoLibre. Tratar de dar respuesta, en esencia, a por qué algo tan impactante como el propio concepto de violencia pierde relevancia cuando le acompaña el apellido obstétrica. 

"Tenemos tan normalizada la violencia que nos cuesta mucho verla", reflexiona Reig. Exponerla sin tapujos ni florituras de la mano de quienes la han vivido, es una forma de hacerla visible. "Poco a poco las mujeres hemos ido poniendo en común nuestras experiencias y eso nos ha permitido darnos cuenta de la realidad a la que estamos expuestas". Arrancar de las garras de lo privado y lo individual fenómenos que son en realidad globales. "Para que interesen los temas que nos afectan a las mujeres hay que hacer mucho ruido", asiente la creadora.

La propia Claudia Reig presta su voz a la narración del podcast. En el primer capítulo, el oyente acompaña a una joven venezolana, Graciela, en su proceso de parto y en sus lúcidas reflexiones posteriores. "Ha sido el primer parto de Graciela", locuta Reig. Y entonces conjuga también la primera persona: "Y también el mío. El primero que grabamos para el documental Parir en el siglo 21". Aquella experiencia llevó a la directora a escarbar en su propia genealogía: "Quise saber cómo parió mi madre. Ella recuerda que la ingresaron demasiado pronto, le pusieron oxitocina y la ataron durante el expulsivo, aunque pidiera varias veces que no lo hicieran. A día de hoy, sigue sin entender por qué la ataron". Entonces, hace más de tres décadas, aquello transitaba en el marco de la normalidad: hoy tiene nombre, violencia obstétrica, y son muchas las mujeres que la reconocen cuando la tienen enfrente.

Las madres como punto de partida, también en la génesis del fanzine Abortos felices (Episkaia, 2021). Esta vez a través de un correo electrónico: el que decidió enviar Elisabeth Falomir a su madre para contarle que había abortado tres veces. En apenas siete páginas, la joven toma la palabra para hablar no tanto de sus tres abortos, sino de sus consecuencias a nivel emocional. Lejos del trauma, Falomir trata de reivindicar la normalidad, incluso la celebración, ligada a la interrupción voluntaria del embarazo. El proyecto surgió, contaba la propia autora para infoLibre el pasado 8M, para dar continuidad a la misiva dirigida a su progenitora y compartir una reflexión opuesta a la que considera hegemónica. "La representación cultural del aborto muestra invariablemente a alguien sometido a una decisión difícil: traumática en el peor caso, un mal menor en el mejor", escribe la autora. Los abortos, lamenta, son posibles casi solamente si cumplen con varias condiciones: discrección y excepcionalidad. "Solo así se podrá pasar por alto que se trata de un proceso aún reprobable". 

Falomir reivindica a través de su propia historia la necesidad de que las mujeres puedan disfrutar de su derecho al aborto libre, accesible y gratuito, sin cláusulas ni requisitos previos. Pero también sin miradas compasivas, sin silencios inquisitivos. Y que cada aborto pueda ser "motivo de júbilo y celebración".

"Nos estamos haciendo fuertes"

"Nuestro proyecto trata precisamente de dar voz a las mujeres y que sean ellas quienes cuenten su propia experiencia". Vuelve a tomar la palabra Claudia Reig. Son varias voces las que se entrelazan en el podcast: distintos acentos, distintos ritmos y frecuencias, pero todas voces de mujeres. "Cada vez estamos más unidas y nos sentimos más seguras para ir avanzando en ese sentido, ya no tenemos tanto miedo a ser visibles", celebra la directora.

Algo así buscaba también Isabel Sáez cuando decidió rodar su corto documental Chicas prepago. El cartel que ilustra el proyecto audiovisual es una suerte de declaración de intenciones: "Una historia en primera persona", reza el subtítulo. Con un pero: los testimonios son reales, pero están interpretados por actrices. El documental ficciona las vivencias de trabajadoras sexuales, historias reales que llegaron a la cineasta a través de su trabajo de investigación en torno a la sexualidad desde una perspectiva feminista. "Las chicas querían hablarme a mí con una grabadora, pero no salir en pantalla", reconoce Sáez al otro lado del teléfono. Ese ha sido el último muro infranqueable hasta el momento. Más aún cuando se trata de un asunto tan complejo, el de la prostitución, todavía polémico dentro de los círculos feministas. 

"Cada vez se habla más de esto, pero para ellas no es fácil: la decisión de hablar tiene consecuencias permanentes para su vida". Precisamente por su complejidad y su inesquivable polémica, la cineasta tuvo que enfrentarse a un proceso permanente de duda desde la misma concepción del proyecto. Uno de los dilemas que tuvo que enfrentar fue el de qué relatos exponer y su impacto sobre las mujeres en contextos de prostitución que no se vieran reflejadas. Es decir, qué implicaciones tiene hablar de trabajo sexual para las víctimas de explotación sexual. "Soy consciente de que otras muchas lo viven de otra manera y que sus circunstancias vitales son diferentes", reconoce la artista, quien apuesta precisamente por construir espacios seguros para que todas las voces puedan proyectar sus propias realidades. 

Ese otro prisma también va conquistando su espacio en el ámbito cultural. Un ejemplo es La revuelta de las putas (Ediciones B, 2021). Esta vez no es una autodenominada trabajadora sexual la que habla, sino una víctima de trata: Amelia Tiganus. En el libro, la activista abolicionista consagra el viejo lema "lo personal es político", principio básico del feminismo, para contar su desgarradora experiencia como víctima de explotación sexual. "Comprendí que mi historia personal era una cuestión profundamente política, era la historia de las mujeres que el patriarcado pone a disposición de los hombres como mujeres públicas", dice la autora. 

Por convicción o por imposición, la cultura empieza a ser espejo para las mujeres. Para las prostitutas, las madres, las víctimas de violencia o las que abortan sin remordimientos. Si ha llegado el momento de celebrar que las mujeres nos expliquen cosas, no lo tiene tan claro Isabel Sáez, consciente de las resistencias. "Vamos a ser positivas", dice tras una pausa, "nos estamos haciendo fuertes con nuestra pelea, aunque cuesta".

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