Dinamarca mide la fuerza del ‘efecto Trump’: ¿puede el magnate decidir elecciones con sus amenazas?

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, con el presidente estadounidense, Donald Trump.

El Senado romano se encuentra casi vacío. Son los primeros días del mes de agosto del año 216 a.C. y la República parece estar herida de muerte. El cónsul ha muerto, así como 80 senadores que han dejado sus vidas combatiendo en el sur de Italia a los cartagineses. Pronunciar en esos días el nombre de Aníbal en Roma se convierte en una forma de mentar al diablo. Y hablar de Cannas es sinónimo de tragedia. En ese lugar, los romanos han sufrido su derrota más dura, una que podría terminar con todo lo que habían construido. Y eso que la batalla había comenzado bien. La infantería romana había roto las filas cartaginesas con un ataque que parecía muy efectivo. Sin embargo, Aníbal tenía un plan. El general quería usar esa ofensiva enemiga en su propio beneficio. Los romanos atacaron por el centro, lo que permitió a Aníbal rodearlos y terminar por aniquilar a todo el ejército de Roma, precisamente cuando éste pensaba que estaba hundiendo y, por tanto, venciendo a los cartagineses. 

Cannas es uno de los ejemplos bélicos por antonomasia cuando se trata de hablar de cómo un ataque enemigo puede al final acabar beneficiando a quien lo recibe. Para el gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz, la defensa sólo tiene sentido si hay un objetivo en ella, no hay que defenderse por defenderse, sino que se debe hacer para conseguir algo después. Von Clausewitz también pensaba que la guerra solo era la continuación de la política, pero por otros medios, y que, por tanto, ambas disciplinas estaban fuertemente vinculadas. No se sabe si políticos como el primer ministro canadiense, Mark Carney, o su homóloga danesa, Mette Frederiksen, han leído o no a Von Clausewitz, pero desde luego se están tomando al pie de la letra sus enseñanzas en su enfrentamiento contra Donald Trump.

No solo ellos, la práctica totalidad de los líderes europeos se han terminado por enfrentar a Trump por la guerra que el magnate comenzó contra Irán. Y es una decisión que les puede dar mucha ventaja en clave interna. Porque ahora mismo, revolverse contra el magnate parece garantía de éxito. “Con Trump las campañas se articulan en términos más identitarios y con mayor polarización. De un lado, está el repunte nacionalista y populista que viene con él, y de otro una defensa de la identidad propia frente al movimiento trumpista. Así, el debate se gestiona en 3 ejes: la autonomía estratégica, la dependencia de EEUU y los valores que queremos”, comenta Ruth Ferrero, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.

Frederiksen quiere ser Carney

Pero uno de los casos más claros es el de Frederiksen. La primera ministra danesa pasaba por un momento particularmente negativo en diciembre del año pasado. Las encuestas, que se habían mantenido más o menos estables en 2025, comenzaron a ver un cambio de tendencia. La mandataria socialdemócrata perdía peso mientras la izquierda verde de Socialistisk Folkeparti (SF) avanzaba con fuerza. En algo más de un mes, Frederiksen bajó 3 puntos a la vez que el partido a su izquierda le pisaba los talones, colocándose precisamente a solo 3 puntos de ella. 

La caída no era algo aislado. En las municipales de noviembre, la mandataria ya pudo ver en hechos tangibles que su popularidad no pasaba por un buen momento. Por primera vez en 100 años, los socialdemócratas perdieron la alcaldía de Copenhague, además de quedarse fuera en dos de los 98 ayuntamientos, algo inédito desde 2007. Buena parte del desgaste del liderazgo de Frederiksen hay que buscarlo en sus socios de Gobierno, dos partidos de derecha moderada que han condicionado el discurso de la primera ministra. Muchos de sus votantes tradicionales perciben que la primera ministra ha cedido demasiado y que la formación ha perdido buena parte de su esencia de izquierdas, optando por SF.

Pero, en ese momento, apareció Trump. El magnate recrudeció en ese mes de enero su discurso contra Groenlandia, isla que se integra dentro de Dinamarca, y que el presidente de EEUU ha insistido una y otra vez en que quiere apoderarse de ella. Fue en ese periodo su incendiario discurso en Davos, en el que pedía abiertamente la isla y acusaba a los daneses de ser unos desagradecidos por la ayuda de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial. Frederiksen, lejos de achantarse, se engrandeció. La primera ministra se erigió como la salvaguarda de la integridad territorial de Dinamarca, elevando el tono, mostrando firmeza e incluso preparando una defensa de Groenlandia.

La estrategia dio resultado, los socialdemócratas vieron cómo esas mismas encuestas que les traicionaban, repuntaban con fuerza. En febrero, tras el momento de máxima tensión, la ventaja sobre la izquierda verde pasó de esos 3 puntos a ser de 9, mientras la formación superaba de nuevo la barrera del 20%. En ese momento, Frederiksen decidió pulsar el botón rojo y convocar elecciones 7 meses antes de cuando estaban estipuladas, el 31 de octubre de este año. Pese a que ahora mismo los socialdemócratas se han estabilizado e incluso, según las encuestas, han caído algo, el resultado de Frederiksen se prevé muy positivo.

Todos contra un enemigo exterior

Esta suerte de ‘efecto Trump’ se explica de varias formas. No es, ni mucho menos, uniforme en todos los líderes que deciden enfrentarse al mandatario e, incluso, podríamos decir que es bastante contradictorio. Por ordenar las ideas, parece claro que el efecto depende mucho del tipo de amenaza que recibe el país. Tanto Canadá como Dinamarca, los dos países donde se ha notado con más fuerza la subida de la popularidad de sus gobernantes, coinciden en que Trump ha afirmado en reiteradas ocasiones querer anexionarse parte de su territorio

“Es lo que llamamos el efecto bandera, es decir, que ante una amenaza externa, clara y directa sobre el país, los ciudadanos tienden a aumentar su apoyo al gobierno del Estado”, comenta Joan Miró Artigas, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Pompeu Fabra. No es algo nuevo, esta tendencia se repite de forma muy habitual y existen numerosos ejemplos. Algunos de los más claros son relativamente recientes, como la subida de popularidad del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, tras la invasión rusa; o el caso de George Bush, que igualmente logró aglutinar un enorme apoyo social tras el 11S. 

Sin embargo, este efecto no siempre sucede o, al menos, no es tan uniforme como podría parecer. En el caso de países como Francia o Reino Unido, tanto Emmanuel Macron como Keir Starmer tienen en común una cuestión: ambos son tremendamente impopulares por su gestión interna, lo cual les hace refugiarse en la política internacional. Y para ello Trump es un recurso perfecto. “Desde el principio, Steve Bannon, el gran ideólogo del trumpismo, hacía ver lo importante que era construir una especie de internacional reaccionaria. Eso es, dar su apoyo a fuerzas políticas afines en distintos países para construir un tejido partidario a sus intereses”, comenta Roger Senserrich, politólogo y experto en política de EEUU.

Eso da enormes posibilidades al resto de partidos a oponerse a estos satélites trumpistas. En el caso de Reino Unido, este esquema lo cumple Reform UK, líder en las encuestas y a los que Starmer se puede oponer desde lo internacional. Pero pese a todo, es improbable que pueda cambiar su destino o emular efectos como los de Canadá y Dinamarca usando la carta de Trump. “En Ciencia Política se suele decir que el peso en el votante de la política exterior es limitada. Sí que puede influir en la popularidad del político, pero en general, a la hora de votar no parece que sea un tema que mueva mucho”, explica Miró.

No solo es Trump, es la agenda

En ese contexto, el punto decisivo para poder sacar ventaja de esos ataques trumpistas es marcar la agenda. Y el caso danés vuelve a ser paradigmático. “Cuando Frederiksen convoca las elecciones lo que quiere e intenta es que en la campaña y en el debate pesen menos cuestiones internas, como la economía o la inflación, y sean protagonistas otras que le favorezcan más, como son la defensa, soberanía, seguridad y la relación con EEUU. La cuestión es hasta qué punto eso va a ser determinante a la hora de ejercer el derecho a voto, porque hay muchos problemas internos que siguen ahí. Es decir, Trump puede influir en la elección en algún eje, pero no las decide”, comenta Ferrero.

Eso es algo que también puede valerle a Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno está basando buena parte de su forma de actuar en las últimas semanas en recuperar el ímpetu del ‘No a la guerra’. “Su estrategia está claramente conectada con el modelo canadiense y danés. Él se levanta como líder del área progresista luchando por Gaza, contra las tecnológicas… es una buena hoja de ruta colocarse como némesis de Trump. Y creo que lo vamos a seguir viendo durante el proceso electoral, ya que tratará de arrinconar a las fuerzas trumpistas como Vox y dejando sin espacio al PP en un debate internacional en el que no se ha posicionado con claridad”, señala José Luis Manfredi, profesor de periodismo y relaciones internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.

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Pero… porqué este fenómeno sucede con Trump y no con otro tipo de líderes políticos. Muchos presidentes de EEUU se han inmiscuido en los asuntos de otros países con anterioridad, pero el magnate tiene algunos matices distintivos. “Trump supone un cambio cualitativo muy grande para las élites europeas, no habían visto antes a un aliado invadiendo un país sin un discurso legitimador. Antes, aunque fuera hipócritamente, otros líderes de EEUU han basado sus intervenciones en llevar la democracia o algo similar. A Trump no le hace falta eso, directamente usa un lenguaje de la fuerza. Ni siquiera se para a argumentar o a explicar sus acciones, solo las ejecuta”, insiste Miró, que también ve un motivo en que el magnate está atacando a quienes, en teoría, son sus aliados, algo que también pesa en Europa para tener esa imagen tan negativa de él.

Eso sí, aún con estas evidencias, el ‘efecto Trump’ deja algunas dudas. Una de las más importantes es su causalidad. Es difícil aislar en unas elecciones un motivo concreto que haya llevado a la victoria. Y concluir que ese motivo sea el enfrentamiento con el magnate es casi imposible. Más que eso un resultado electoral viene de la suma de muchos efectos que se superponen. Un buen ejemplo es Canadá. “Sí es cierto que Trump pudo influir, pero igual Carney hubiera ganado igualmente las elecciones sin las amenazas del presidente de EEUU. Su oponente era un muy mal candidato, profundamente trumpista y que cometió muchos errores. Y él, ya de base, siendo el gobernador del Banco de Inglaterra y con una gran capacidad de oratoria, era muy bueno. A eso le sumas la retirada de Trudeau, que era el que acumulaba el desgaste y una gestión positiva y te puede dar la explicación de la victoria sin tener que acudir a Trump”, subraya Senserrich.

Por no hablar de otros casos, como por ejemplo, recuerda el politólogo, en las legislativas argentinas, donde lejos de perjudicar, el magnate se convierte en todo un activo electoral, en este caso para revitalizar al partido de Javier Milei. “Sin embargo, en Europa pasa diferente. Al reforzar la identidad europea con sus ataques, perjudica a esos partidos afines. En cada país hay unas tendencias de debate interno y Trump es un ingrediente más que influye. La cuestión es cómo esas fuerzas políticas son capaces de meter esos marcos de debate dentro de las campañas. Si esta está focalizada en temas internos como vivienda o economía, el impulso que puede dar a los que se posicionan en contra del trumpismo se puede diluir. Ahora, si se consigue enmarcar bien y que sea relevante en el debate, sí lo veremos”, zanja Ferrero.

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