La Casa Blanca ha rebajado en los últimos días el tono sobre Groenlandia. Donald Trump ha descartado, al menos por ahora, el uso de la fuerza para hacerse con el control de la isla ártica, después de semanas de declaraciones amenazantes que habían disparado las alarmas en Copenhague y en varias capitales europeas. El giro retórico no elimina, sin embargo, el fondo del mensaje: para Washington, Groenlandia sigue siendo un activo estratégico de primer orden, y la soberanía danesa se sitúa en el terreno de lo negociable.
La moderación del lenguaje no borra el precedente. Por primera vez en décadas, el territorio de un aliado histórico entra de forma explícita en el radar de Estados Unidos. Aunque ahora la opción militar no parezca estar sobre la mesa, en plena escalada retórica Trump no solo no la descartó, sino que hizo varias referencias al uso de la fuerza, demostrando que cuando los intereses estratégicos se imponen, la soberanía de los socios puede convertirse en una ficha más del tablero.
Dinamarca: el aliado ejemplar ante una presión inédita
El caso danés es especialmente sensible por el historial de lealtad acumulado. Dinamarca ha sido uno de los aliados más fiables de Estados Unidos en el marco de la OTAN durante las dos últimas décadas. Ha participado en misiones militares en Afganistán e Irak, donde asumió un coste humano elevado —43 bajas solo en Afganistán, más que Estados Unidos en proporción a su población— y ha mantenido una política exterior alineada con Washington. En paralelo, ha reforzado su compromiso con el gasto en defensa, como exigía Trump, y con las estructuras de la OTAN.
Ese historial convierte el episodio de Groenlandia en algo más parecido a una traición que a una fricción diplomática puntual. Desde la óptica danesa, las amenazas estadounidenses a la isla — bajo soberanía del Reino de Dinamarca, aunque con amplio autogobierno— suponen un cuestionamiento de que esa lealtad tenga algún valor estructural cuando entran en juego intereses estratégicos de primer nivel.
Para Jacob Kirkegaard, investigador danés del think tank Bruegel en Bruselas, en última instancia el episodio de Groenlandia ha sido positivo para la Unión Europea, que ha sabido trasladar el mensaje de que la soberanía de uno de sus Estados miembros no es negociable, y la amenaza de una guerra de aranceles como medida de presión tampoco suponía una opción aceptable. “La UE ha sido más efectiva manteniendo a Trump a raya que el propio sistema político estadounidense”, declara Kirkegaard.
Aún así, el mensaje es claro: ni el cumplimiento sobrado de compromisos militares, ni la alineación diplomática, ni el coste político asumido durante años garantizan que un aliado histórico se libre de la presión directa y las amenazas de anexión si posee un activo considerado clave por Washington. Según Kirkegaard, “Trump es capaz de cualquier cosa si necesita crear una distracción de su política doméstica”. La conclusión a sacar es que “Estados Unidos no es un aliado fiable. Ni la Unión Europea ni Dinamarca pueden confiar en la seguridad proporcionada por ellos” y deben “acelerar hacia la autonomía militar”, según el analista.
Un patrón estadounidense acelerado por Trump
Aunque el estilo de Trump ha llevado esta lógica a primer plano, el problema no nace con su segundo mandato. La política exterior estadounidense arrastra desde hace décadas un patrón reconocible: determinadas alianzas, especialmente en contextos periféricos o asimétricos, han sido tratadas de forma instrumental. Bajo el mandato de Biden, la retirada apresurada de Afganistán en 2021 dejó a decenas de miles de colaboradores locales —intérpretes, personal civil y otros empleados vinculados a las fuerzas estadounidenses— fuera de los programas de evacuación, generando críticas incluso dentro de Estados Unidos sobre el trato dispensado a quienes habían arriesgado su integridad trabajando directamente para el país.
Sin embargo, con el segundo mandato de Trump, la diferencia no es solo de grado, sino también de forma. Su estilo ha transformado una práctica tradicionalmente gestionada con discreción diplomática en una política explícita, pública y personalista, donde la presión deja de ser implícita y se convierte en un mensaje político trasladado de forma agresiva. Bajo su presidencia, la relación con sus aliados ha adoptado una lógica cada vez más transaccional. La amenaza de retirada de apoyo, el cuestionamiento público de compromisos y la presión directa se integran en una estrategia que convierte cualquier alianza en una negociación permanente.
Esta lógica no se limita al plano militar y también se ha proyectado sobre las relaciones comerciales con aliados históricos. El Reino Unido ofrece un ejemplo paradigmático: el Brexit fue presentado por parte de sus promotores como una oportunidad para reforzar una relación privilegiada con Estados Unidos y negociar con Trump acuerdos comerciales más ventajosos. Diez años después, la salida de la Unión Europea no se ha traducido en un trato preferente por parte de Washington, que ha priorizado sus propios intereses y ha mantenido una posición dura en las negociaciones.
Canadá, uno de los socios más cercanos de Estados Unidos, también ha experimentado esta dinámica. La imposición de aranceles bajo el argumento de la “seguridad nacional” evidenció hasta qué punto incluso un aliado histórico puede ser tratado como un actor económico prescindible cuando entra en conflicto con las prioridades internas de Trump. Fuera del plano comercial, Trump también ha incluido a Canadá en su retórica expansionista, refiriéndose al país vecino como el “estado 51” en varias ocasiones, o subiendo a su red social un mapa de en el que Canadá —junto con Venezuela y Groenlandia— aparece como parte del territorio estadounidense.
El plano personal: la lealtad como ‘performance’ política
La dimensión más personalista de esta lógica se ha reflejado también en el trato de Trump a figuras políticas extranjeras que han buscado su respaldo mediante gestos de alineamiento. Hasta en dos ocasiones —la primera el pasado junio y la última esta misma semana— Trump ha publicado pantallazos de conversaciones privadas exponiendo cómo el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, le alababa desmesuradamente con mensajes como “has conseguido lo que ningún otro presidente podría” o “no puedo esperar a verte”.
Recientemente también ha acaparado la atención la decisión de María Corina Machado de regalarle su premio Nobel de la paz a Trump, que lo aceptó encantado. Esta genuflexión, que viene tras la negativa del presidente a incluirla en sus planes de gobierno para Venezuela por “no tener el suficiente apoyo ni liderazgo”, sí parece de momento haber obtenido más resultado, con el presidente desdiciéndose de su postura anterior y abriendo la puerta a que Machado pueda jugar un papel en el Ejecutivo venezolano.
Groenlandia como advertencia para Europa
El episodio de Groenlandia funciona como una señal para el conjunto de Europa. Dinamarca es un aliado fiable y con un historial de cooperación difícilmente cuestionable. Si incluso un país con ese perfil puede ver cómo su soberanía se convierte en objeto de presión estratégica, el mensaje para el resto de aliados es inequívoco. En el marco de Trump, la alianza con Estados Unidos y el cumplimiento de sus directrices no solo no es un escudo ante las amenazas externas, sino que puede llegar a ser la propia fuente de las amenazas.
La rebaja del tono sobre Groenlandia puede aliviar temporalmente la tensión diplomática, pero no elimina la lógica que la ha hecho posible, que apunta a una transformación profunda de lo que significa hoy ser aliado de Estados Unidos.
La Casa Blanca ha rebajado en los últimos días el tono sobre Groenlandia. Donald Trump ha descartado, al menos por ahora, el uso de la fuerza para hacerse con el control de la isla ártica, después de semanas de declaraciones amenazantes que habían disparado las alarmas en Copenhague y en varias capitales europeas. El giro retórico no elimina, sin embargo, el fondo del mensaje: para Washington, Groenlandia sigue siendo un activo estratégico de primer orden, y la soberanía danesa se sitúa en el terreno de lo negociable.