INTERNACIONAL
Trump consolida un poder sin contrapesos en el primer año de su segundo mandato
Tras doce meses del segundo mandato de Donald Trump, el resultado es una demolición controlada de los contrapesos democráticos y del orden internacional. Tras convertirse en su primera legislatura en el primer presidente desde Jimmy Carter en no involucrar a Estados Unidos en ningún conflicto bélico nuevo, Trump ha perfeccionado su perfil de “pacificador comercial”: presume de no iniciar guerras mientras rentabiliza los escombros de las existentes.
En 2025 la paz global, más que una meta, ha sido un producto de mercado que Trump trata de comprar con concesiones territoriales, impunidad para los crímenes de guerra y proyectos inmobiliarios sobre las ruinas de un exterminio. Mientras, en en el plano nacional, consolida su poder con el refuerzo de las estructuras afines y la demolición —a veces literal— de las que le molestan. Sin que haya llegado aún el ecuador de su legislatura, los expertos ya debaten si será capaz de retorcer la ley para presentarse a un tercer mandato en 2028.
La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero para juzgarle en Estados Unidos y el anuncio de su intención de gobernar Venezuela durante la transición política, acompañados de advertencias a Colombia, Cuba e incluso Groenlandia, ponen la guinda a un 2025 en el que Trump ha abandonado por completo el aislacionismo que caracterizó su primera legislatura.
El control interno: ICE, DOGE y la guerra con la prensa libre
El frente interno ha sido el laboratorio de una transformación autoritaria sin precedentes. Bajo la cobertura del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), liderado por el magnate Elon Musk, la administración ha ejecutado un vaciamiento del aparato administrativo del Estado para sustituirlo por una lealtad pretoriana.
El hito más alarmante ha sido la financiación masiva de ICE, que ha recibido una inyección de 170.000 millones de dólares para crear, de facto, una policía federal a su servicio con capacidad de actuar en suelo estadounidense por encima de las autoridades locales. Este despliegue, junto con el de la Guardia Nacional, no solo busca las deportaciones masivas de inmigrantes, sino también establecer un control físico sobre los estados demócratas, bajo la justificación de la “emergencia nacional permanente”.
Esta militarización de la gestión pública ha tenido también su reflejo en el disciplinamiento de la esfera cultural y mediática. 2025 será recordado como el año en que la Casa Blanca domesticó a los gigantes del entretenimiento. La suspensión temporal de programas críticos, como el de Jimmy Kimmel, tras presiones directas y amenazas de revocar licencias de emisión han demostrado su disposición y su capacidad de controlar a la prensa disidente.
Como remate a este control del flujo informativo, Trump ha utilizado los archivos de Jeffrey Epstein como el arma de distracción definitiva. Tras firmar la Epstein Files Transparency Act para proyectar una imagen de transparencia, la administración ha gestionado la liberación de documentos en este mes de diciembre como una herramienta de extorsión selectiva contra sus enemigos.
Sin embargo, la maniobra se le ha vuelto en contra: los registros publicados el 24 de diciembre contienen múltiples referencias a Trump y revelan qie voló en el avión de Epstein “muchas más veces” de las que eran públicas —ocho entre 1993 y 1996—, según un correo interno de la Fiscalía Federal, obligando al Departamento de Justicia a emitir comunicados inéditos defendiendo al presidente frente a lo que han calificado como “afirmaciones sensacionalistas e infundadas” contenidas en los archivos que ellos mismos liberaron.
El “Golfo de América” y Sudamérica como patio trasero
La agresividad territorial de Trump ha tenido a Sudamérica como principal escenario, y alcanzó su cénit ya comenzado el año 2026 con la captura y extradición de Maduro. Durante 2025, la soberanía de las aguas territoriales ya había dejado de existir para EEUU, que ha normalizado el uso de drones para ejecutar ataques contra supuestas narcolanchas en jurisdicciones extranjeras sin previo aviso, en una supuesta guerra contra el fentanilo que servía, en realidad, como pretexto para un control hegemónico del Caribe. La apropiación de las aguas extranjeras y los bombardeos indiscriminados sobre población civil —justificados con la retórica de “guerra contra el narcotráfico”— fueron sido el telón de fondo para despliegues militares sin precedentes cerca del territorio de Venezuela, que han culminado con una operación militar para derrocar a Maduro y juzgarlo en Estados Unidos mientras controla la transición política y abre paso a las empresas estadounidenses al mercado petrolífero de Venezuela.
Mientras tanto, sus vecinos inmediatos, México y Canadá, también han experimentado en 2025 lo que significa vivir junto a una potencia que ha recuperado la retórica que mira a sus territorios adyacentes como casi propios . El decreto para renombrar el Golfo de México como el “Golfo de América” fue el prólogo de una ofensiva económica que arrancó en abril con la imposición de aranceles universales del 25%. Esta medida ha puesto contra las cuerdas, entre otros, al gobierno mexicano de Claudia Sheinbaum, a quien Trump también ha extorsionado permanentemente con la amenaza de incursiones militares para combatir el narcotráfico.
Todo ello coronado por un gesto simbólico de una agresividad terminológica inaudita: el renombramiento del Departamento de Defensa como Departamento de Guerra el pasado septiembre, una declaración de intenciones —sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial— que liquida décadas de retórica defensiva. Pero la ofensiva de Trump no se ha quedado en la semántica. A la provocación del lenguaje le ha seguido la contundencia de los hechos con la reanudación de los ensayos nucleares en el desierto de Nevada, rompiendo una moratoria de más de tres décadas.
La diplomacia de la amenaza
Más allá de Sudamérica, el frente internacional de Trump 2025 tuvo uno de sus episodios más importantes hace apenas unos días. A finales de año, Trump recibió a Zelensky en Mar-a-Lago en una cumbre de tres horas sin resultados tangibles, precedida de una inesperada llamada con Putin —similar a la que anunció en octubre— descrita por Trump como “productiva”. En unas negociaciones marcadas por la constante amenaza de Trump de retirar completamente el apoyo estadounidense, el presidente impulsó una hoja de ruta que plantea la cesión de soberanía sobre las zonas ocupadas y presiona a Kiev para aceptar compromisos territoriales a cambio de unas garantías de seguridad temporales que dejan a Ucrania fuera de la protección de la OTAN.
En Oriente Próximo, Trump ha mantenido su apoyo incondicional a Israel, pero ha tenido también que mantener un delicado equilibrio cuando el conflicto ha involucrado a Catar, otro de sus aliados estratégicos. El punto de máxima tensión fue el ataque israelí en Doha del pasado 9 de septiembre, que se saldó con seis muertos y puso en jaque la relación de Washington con el emirato. La resolución de la crisis fue de nuevo puramente transaccional: el pasado septiembre, Trump forzó una histórica llamada de disculpas de Netanyahu al homólogo catarí para salvar la mediación regional. Solo dos días después, el 1 de octubre, el presidente selló el triángulo firmando una orden ejecutiva —sin debate parlamentario— por la que EEEUU se compromete a defender militarmente a Qatar ante cualquier agresión externa.
Como guinda de esta defensa férrea de la impunidad, el pasado 18 de noviembre Trump recibió con honores en la Casa Blanca al príncipe saudí Mohamed Bin Salman. En un ejercicio de cinismo diplomático, el presidente exoneró oficialmente al saudí por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi —directamente ordenado por Bin Salman según la propia inteligencia estadounidense— , despachando el crimen como un asunto sin importancia. “Son cosas que pasan. De todas formas a mucha gente no le caía bien”, sentenció Trump sobre el periodista asesinado y descuartizado en una embajada saudí, yendo aún más lejos que el propio Bin Salman, que sí condenó el hecho y lo calificó de “enorme error” y “muy doloroso”.
El Nobel que no llega y el “Premio FIFA” de consolación
La obsesión del presidente por el reconocimiento internacional ha dado lugar a situaciones que rozan el esperpento. Trump ha pasado 2025 persiguiendo el Premio Nobel de la Paz, vendiendo como éxitos históricos acuerdos que no son más que particiones territoriales forzosas. En Gaza, su apoyo a Israel se convirtió en febrero en una propuesta inmobiliaria: la reconstrucción de la Franja como un resort de lujo gestionado por capital emiratí y estadounidense —acompañada de un esperpéntico vídeo generado por IA—, una limpieza por la vía del ladrillo que ignora la soberanía palestina y capitaliza la ocupación ilegal de Israel. Lo mismo ha ocurrido en el Sáhara Occidental, donde el respaldo total al plan de soberanía de Marruecos ha cerrado de momento la puerta a cualquier solución negociada, premiando de nuevo al ocupante más fuerte.
Sin embargo, su diplomacia del chantaje ha encontrado límites. El intento fallido de mediar entre Tailandia y Camboya en un conflicto fronterizo terminó en fracaso cuando ambos países prefirieron la mediación china ante la agresividad de las amenazas comerciales de Washington.
Ante la falta de un Nobel que se le resiste, Trump se ha tenido que conformar con el “Premio FIFA de la Paz”, una distinción inventada a medida por su aliado Gianni Infantino para alimentar su ego antes del Mundial 2026 que acogerá junto a México y Canadá. Es el cierre perfecto para un año donde la política mundial se ha convertido en un circo transaccional: si no puedes conseguir el reconocimiento de la historia, siempre puedes comprar el de una organización deportiva bajo sospecha.